"Ciudad reencontrada", de Marina Garcés: pregón de La Mercè 2017

23/09/2017 11:24

Mercè. Lee el texto íntegro del pregón de la Fiesta Mayor de Barcelona, a cargo de la filósofa Marina Garcés.

Lee aquí "Ciudad reencontrada", el pregón de La Mercè 2017, escrito y pronunciado por la filósofa Marina Garcés en el Saló de Cent, en la apertura de la fiesta mayor, el 22 de septiembre de 2017.

Amigos, amigas, invitados que venís de Islandia, barceloneses residentes, barcelonesas de paso, recién llegados, migrantes con papeles y sin papeles, jóvenes y no tan jóvenes de Barcelona que os habéis marchado; trabajadores públicos que hacéis funcionar esta casa, tanto si sois políticos, funcionarios, becarios o precarios; gente amada, parientes, amigos y conocidos y, sobre todo, todos los que no me conocéis ni sabéis por qué estoy haciendo el pregón de La Mercè, ¡feliz fiesta mayor!

Da impresión estar aquí, en el Saló de Cent, para tomar la palabra y dirigirme a mi ciudad. Si no recuerdo mal, la última y única vez que he estado aquí fue, hace muchos años, para una boda. No era yo quien se casaba sino unos amigos, y estaba sentaba en los bancos donde ahora estáis algunos de vosotros, admirando el decorado. Ahora no lo podré mirar mucho si no quiero perder el hilo. Vuelvo al mismo lugar, pues, bajo el signo de la fiesta, para celebrar también esta vez el momento de juntar nuestras vidas, el deseo de estar juntos. En este caso, ya no el deseo íntimo de dos personas que se aman, sino el del conjunto de los habitantes de esta ciudad de encontrarse en torno a la música y del fuego, del baile y de la palabra, de las tradiciones populares, de las artes y de todas las celebraciones que están por inventar.

Tomar la palabra, en estos momentos, no es fácil. Primero, cuando acepté hacer el pregón, me temía una lluvia de insultos. A mí no me dan miedo, pero me entristecen y hacen más pobre la vida colectiva. Ahora, lo que nos encontramos es que se prohíbe, se reprime y se criminaliza la expresión pública de la palabra. Vivimos una situación de excepcionalidad institucional y política, precisamente como consecuencia de esta prohibición de expresarnos libremente en un referéndum. Si he dicho que sí al reto poco cómodo de hacer este pregón es, precisamente, porque incluso en un momento como este, confío en la palabra libre. La palabra libre no es decir cualquier cosa, sino podernos dirigir y compartir la palabra contra toda forma de dominio y de coacción. Esta palabra libre es, para mí, el corazón de la filosofía, lo que le da sentido dentro y fuera de las aulas. Pero la palabra libre es también la condición fundamental de la vida colectiva en todas sus dimensiones: cultural, ética, política y, también, festiva. Estos días, mientras escribía y reescribía este pregón, he estado recibiendo muestras de apoyo como si me fuera a la guerra. Tomar la palabra puede ser una lucha, pero no es ir a la guerra. La palabra libre siempre es una fiesta, aunque tenga que luchar para conseguirla. Y hoy, a pesar de todo, estamos de fiesta.

En los pueblos pequeños y en los barrios, las fiestas mayores marcan el calendario cíclico del reencuentro público. Si Navidad es el momento del reencuentro privado, de «volver a casa» como decía el anuncio, las fiestas mayores en nuestra cultura son el momento de volver a la plaza y a las calles para poner al día nuestras vidas y saber qué ha sido de cada uno de nosotros. Yo lo viví en la Selva de Mar, el pueblo de mi infancia y primera juventud. Cuando llega la fiesta mayor, a primeros de agosto, vuelven al pueblo quienes se habían ido, se siente con más fuerza la ausencia de los muertos, se celebran los primeros pasos de los más pequeños cuando ya pueden bailar en primera fila de la escenario, se reencuentran antiguos amores, se siente envidia de los jóvenes que salen a bailar y a festejar y acompaña la tristeza de los mayores y enfermos cuando se pierden, por falta de fuerzas, su primer baile. También es el momento en que se hacen evidentes los divorcios y cambios de pareja, las peleas personales y los conflictos políticos, los disgustos, las soledades y los mundos rotos. Siempre sabemos que hay alguien que, por alguna razón, no volverá. Pero incluso las ausencias cuentan. Este año, para nosotros en Barcelona, ​​es un año de ausencias especialmente dolorosas.

En las ciudades grandes, las fiestas mayores se han convertido en grandes festivales, en eventos de masas donde cada vez es más difícil encontrarnos. Quedas con los amigos, y seguro que al cabo de un rato ya los has perdido entre la multitud. El consumo y el ocio cultural dominan la fiesta y disuelven el reencuentro. Siento que este año, sin embargo, las Fiestas de La Mercè tendrán un carácter diferente, un sabor dulce y amargo que no sentíamos desde hace muchos años, décadas quizá, en que esta ciudad había llegado a olvidar el terrorismo y la guerra. Este año habíamos recordado con dolor los 30 años de Hipercor, como si fuera un pasado lejano. Pero estos días, la violencia global ha irrumpido en Barcelona. Durante estas Fiestas de La Mercè, todos llevaremos en nosotros una ausencia igualmente dolorosa: la de las personas que no volverán nunca más a Barcelona ni a sus fiestas, no porque no quieran sino porque el 17 de agosto perdieron la vida en la Rambla, en la Diagonal y el paseo de Cambrils. Y junto con ellos, también, la de unos jóvenes de Ripoll que tampoco estarán y sobre quienes siempre tendremos la duda de si realmente querían morir matando, como lo hicieron. Para todos ellos y para todos los que resultaron heridos para siempre con sus muertos, y también para todos los que mueren a causa de la violencia cada día más allá de nuestras malditas fronteras, hagamos de esta Mercè un reencuentro con la ciudad, con sus calles y plazas y sobre todo un reencuentro entre nosotros. Mirándonos a los ojos no solo para emocionarnos un momento, sino para romper la indiferencia que normalmente nos separa y la hostilidad que cada vez más a menudo nos enfrenta.

II

Con cada vida segada, con cada pilón de hormigón, con cada control policial, la ciudad es menos ciudad. Porque precisamente, ¿de qué está hecha una ciudad? Del ir y venir libre de la gente. Cuando decimos ciudad pensamos en su trama urbana, en sus edificios y monumentos, en sus equipamientos, en su skyline, en su marca… Pero ninguna de estas cosas no es nada sin la gente que va y viene, que llega y que se va, que arraiga y que vuela de manera anónima y siempre nueva. ¿Qué es una ciudad? Un lugar donde llegar y reiniciar la vida entre desconocidos. Una ciudad no es, pues, una mercancía ni un espacio de consumo, ni una empresa ni una marca. De Barcelona se ha hecho precisamente eso: un producto, una mercancía y una marca. Algunos incluso se enorgullecen y se enriquecen con ella. Pero dejémoslo claro de entrada: Barcelona no es su marca. La marca Barcelona ni nos hace mejores ni nos representa. Hace muchos años que lo denunciamos quienes desde muchos colectivos de la ciudad nos hemos organizado y hemos resistido la marca Barcelona. La marca expropia y saca rendimiento de los espacios de vida, físicos y simbólicos, urbanos y afectivos. La marca convierte la ciudad en un espacio para la circulación (de bienes, de capitales y de personas) donde cada vez se hace más difícil y más caro poder llegar, arraigar y construir una vida.

Si yo estoy aquí hoy, compartiendo la palabra con todos aquellos con los que convivo, es porque mis antepasados, por diferentes caminos, pudieron llegar a Barcelona buscando una vida vivible. Desde Sigüenza, desde Tremp, desde el Alt Empordà, desde Portugal, desde Badalona los caminos de alguna gente que no se buscaba ni sabían nada los unos de los otros se cruzaron en Barcelona.

Si yo estoy aquí, con vosotros, es porque mis abuelos, no solo habían podido llegar sino que en un determinado momento quisieron volver de sus respectivos exilios después de la guerra, para seguir defendiendo, con el miedo de los vencidos, sus ideas, sus formas de vida y su lengua. Mi abuela materna, de 98 años, está hoy aquí con nosotros. El presente lo olvida tan rápido como llega, pero no deja de recordar nunca el último tren que salió de París cuando entraban los alemanes y con el que ella volvió del exilio, embarazada de su primer hijo.

Si yo estoy aquí, y me emociona estar ahora hablando entre estas paredes, es también porque tanto mi madre como mi padre, ambos, hicieron de sus profesiones un compromiso con Barcelona. Me enseñaron que hay una manera honesta de hacer ciudad. Si algo he aprendido de mis padres es la honestidad. La honestidad y el pensamiento independiente, que son inseparables. Mi madre, que murió hace 15 años, trabajaba aquí, en el Ayuntamiento, haciendo de enlace entre Barcelona y la América Latina rebelde que tanto amaba. Hizo del municipalismo una apuesta personal y aprendí, con ella, que no era de ningún partido político, que el municipalismo no es ganar elecciones y gestionar un ayuntamiento sino tejer relaciones cara a cara, ciudad a ciudad, horizontalmente y desde el compromiso. Mi padre, que hoy también está aquí, me ha enseñado que hay una manera de hacer arquitectura que no engaña ni juega al artificio, que no impone su capricho emblemático y mercantilista, una arquitectura, ya sea popular o culta, antigua o nueva, que sabe escuchar lo mejor de lo que la ciudad ha ido recibiendo del paso de los años y del paso de la gente. De ambos he aprendido, pues, que una ciudad no es el juguete ni el proyecto de sus políticos ni de sus empresarios, de sus gestores ni de sus visionarios, sino el tejido delicado de muchas manos, de muchas vidas y de mucha gente que no necesita estar en primera fila ni entrar en la batalla por el poder. A esta ciudad es a la que me siento fiel y en la que vuelvo cada semana desde hace muchos años.

Porque si yo estoy aquí, finalmente, es porque cada semana vuelvo de la ciudad donde trabajo y doy clase, que es Zaragoza. Desde hace catorce años, con alguna interrupción para criar a mis hijos, soy profesora en la Universidad de Zaragoza. Por tanto, vivo pero no trabajo en Barcelona. Vivo, pero no trabajo en Cataluña. Soy una barcelonesa que se gana la vida en Aragón, siguiendo el camino inverso, río arriba, de tantos aragoneses. El tapón generacional, los recortes y los cambios en el sistema universitario me llevaron a buscar una opción laboral más digna lejos de aquí. Pero no me he querido trasladar nunca, tener casa ni habitación propia lejos de aquí. Voy y vengo, primero en autobús, ahora en AVE y paso noches en hoteles. Mi hogar está aquí y a menudo me pregunto por qué, sobre todo cuando se hace tarde a la vuelta y la noche me pesa.

¿Por qué vuelvo? ¿Por qué sigo volviendo? Yo nunca he estado enamorada de Barcelona, ​​como nos intentaron vender hace unos años a los barceloneses. No me he creído esta autocomplacencia de los ciudadanos enamorados de su ciudad y, por tanto, de ellos mismos, un sentimiento que en Barcelona se ha convertido en marketing, diseño e ideología.
¿Qué me vincula, pues, de manera tan fuerte a esta ciudad? Es de esto de lo que os quiero hablar. Quizás porque no lo tengo claro y preparar este pregón me ha ayudado a pensarlo. Y creo que compartirlo nos ayudará a pensar, tal vez, qué hacemos aquí cada uno de nosotros, qué nos vincula y qué nos compromete con los demás.

III

Hay muchas Barcelonas, pero la Barcelona a la que me gusta volver es, en primer lugar, una ciudad a la que no le gusta el poder. Ni la exhibición de poder, ni el abuso de poder, ni la proximidad con el poder. Una ciudad que sabe que la mejor soberanía es estar lejos de los que mandan: reyes, emperadores, potentados, financieros, dueños, patrones… Cuanto más lejos, mejor. “Que se vayan todos”, como decían en Argentina durante la crisis del 2001. La Barcelona que me gusta es una princesa que no quiere reino ni marido. Una mujer libre, como lo quisieron ser las Mujeres Libres, las mujeres anarquistas de los años treinta.

En Barcelona, ​​en general, no nos gusta que nos manden, ni los de fuera ni los de aquí. Es una virtud muy catalana que, pase lo que pase, no debemos perder nunca. Porque no nos gusta que nos manden, tenemos tendencia a reaccionar con contundencia a los abusos de poder, como hemos visto esta última semana. A escala global, hay que recordar la importancia que han tenido en Barcelona el Movimiento contra la Guerra, del Movimiento Antiglobalización o las recientes protestas de “Volem acollir” contra el cierre de fronteras a los refugiados. A escala local, la larga lucha contra la especulación inmobiliaria y la precariedad económica hace décadas que opone su resistencia y abre espacios de vida en la ciudad.

Desde el mismo espíritu antiautoritario, Barcelona también ha hecho de sus calles el lugar de encuentro de toda la Cataluña que, independentista o no, se insubordina y se organiza contra la prohibición de poder ejercer el derecho de los catalanes a la autodeterminación. Yo tengo alergia a cualquier nacionalismo, propio o de los demás. Trabajo en una ciudad española y la gente de esta península (ni de ninguna parte) no serán nunca mis enemigos. Siempre he pensado que el mapa de los estados, todos, con sus colores y líneas rectas, nos engaña. Sus colores amables son el resultado de una geografía de guerra. No hay estado que no exista sin una frontera y un ejército. A mí me gustan más los mapas geográficos, donde vemos la forma real de los valles, las montañas y los ríos, que no se detienen en ninguna frontera. Como estoy explicando hoy, creo en un mundo común, hecho del ir y venir libre de la gente. Pero ante un Estado que convierte una pregunta legítima en una acción ilegal, ahora mismo solo queda espacio para una respuesta colectiva contundente que transforme, de raíz y sin complejos, este Estado. No se trata, solo, de poder votar. Se trata de poder decírnoslo todo, para poder cuestionar radicalmente las bases y las condiciones de nuestra convivencia, no solo nacional sino también política y social. La Barcelona que me gusta es la que no tiene miedo de los grandes cambios y que por eso mismo tampoco acepta planes ya escritos para hacerlos.

La Barcelona a la que me gusta volver es, en segundo lugar, una ciudad donde hay un sentido de la vida en común. En Barcelona de todo se hace negocio, somos tenderos y comerciantes, pero estoy convencida de que en Barcelona la privatización de la vida todavía tiene un límite. Encuentra resistencia. Actualmente lo estamos viendo en la resistencia de los barrios a los efectos del turismo masivo. No es turismofobia, como se ha dicho. Es resistencia al capitalismo salvaje y sus efectos devastadores. Y yo debo decir, contra todos los intentos de culpabilización y de criminalización, que estoy orgullosa, de estas resistencias. Cuando comenzó la crisis y comenzaron a irse los jóvenes de toda España, recuerdo que circuló una carta de una chica de Madrid que decía: «Yo quiero vivir aquí.» Lo tenemos que seguir diciendo, ante la expulsión aparentemente inevitable de tanta gente que ya no se puede pagar la vida en Barcelona, ​​queremos vivir aquí y la única manera de hacerlo es luchar juntos. Juntas podemos, como decía la gran pancarta que colgó del Banco Okupado de la plaza de Cataluña.

Vivir juntos no quiere decir vivir a la defensiva ni solo entre nosotros, como si fuéramos el pueblo de Astérix. Toda Europa está ahora atrincherada y a la defensiva y Barcelona no puede caer en esa trampa. Tampoco ahora, con el argumento de la seguridad contra el terrorismo. Como decía antes, una ciudad está hecha del ir y venir libre de la gente. De hecho, el nosotros barcelonés es una ficción construida a partir de todos los pueblos, acentos y paisajes que llevamos con nosotros los que vivimos aquí. Hay ciudades de un solo paisaje y de una sola lengua. Barcelona, ​​en cambio, es de mar y de montaña, tiene cerca las playas y los ríos, es seca y húmeda, es urbana y de pueblo, cosmopolita y provinciana. Barcelona habla catalán y castellano en todos sus acentos posibles, y cada vez más lenguas que poco a poco tenemos que ir aprendiendo a recibir y escuchar. He visto a mis hijos aprender a hablar y respirar en esta diversidad fonética, de tonos y de expresiones. Os aseguro que es lo más rico que tenemos.

Decía que hay muchas Barcelonas, pero la Barcelona a la que me gusta volver es, finalmente, una ciudad donde hay vida política fuera de los partidos políticos. En Barcelona, ​​históricamente, hay una cultura y unas formas de organización colectivas que no pasan ni dependen del sistema de partidos. Quienes me han invitado a realizar el pregón saben muy bien que no me gustan los partidos políticos. Creo en el sistema público, pero no en el sistema de partidos. Creo en la política, pero no en el tacticismo ni el politiqueo. Nos queda mucho por hacer y por imaginar aún, si lo que queremos es transformar la política. Por si algún periodista al que le toque trabajar hoy todavía lo duda y está investigando para tener una exclusiva mañana, no estoy en ningún partido político, ni orgánicamente ni a su sombra. Si quisiera estarlo, lo haría abiertamente. Conozco y confío en gente que está en las nuevas formaciones políticas y la CUP, porque hace muchos años que compartimos luchas en los movimientos sociales. Pero llevando más allá la frase más importante del 15M, podríamos decir que políticamente «a mí ni a mis amigos me representan».

Mi nosotros, aquel que creo que en Barcelona tiene una potencia política especial, es un nosotros sin nombre hecho de todos nuestros nombres, autoorganizado, que actúa en muchos ámbitos de la vida social (barrios, escuelas, entidades sociales, ateneos, grupos de afinidad, asambleas, cooperativas, etc.) y que sólo de vez en cuando aparece a la luz pública para realizar grandes movilizaciones. Parece que no esté y siempre está. Es concreto pero anónimo. No estoy haciendo romanticismo espontaneísta. Estoy hablando de lo más real: del compromiso diario de mucha gente, sin la cual no habría ni sociedad civil ni democracia, las dos grandes palabras fetiche que le gusta invocar al poder para no quedarse demasiado solo ni demasiado desnudo. Desde este punto de vista, Barcelona, ​​en continuidad con el resto de Cataluña, es un hervor de gente que actúa al margen del poder, o atravesándolo. Lo que digo puede sonar ingenuo, pero os aseguro que no lo es. Sin esta politización de la vida cotidiana, no hay ciudad ni país.

Mucha gente de mi generación descubrimos esta Barcelona, ​​la del nosotros sin nombre hecho de todos nuestros nombres, hace veintidós años, el 28 de octubre de 1996 durante el desalojo del Cine Princesa. Ese día, para muchos de nosotros, la ciudad olímpica, sus relatos de éxito y los silencios, negocios y torturas sobre los que se había construido, se agrietaron y aparecieron otras presencias y otras maneras de hacer ciudad. Muchos no habíamos puesto los pies en una casa okupada, otros sí. Pero la llamada de aquella noche a la Via Laietana funcionó como un catalizador de mundos que se encontraron y activaron, hasta hoy. Esta es la Barcelona a la que me gusta volver, este es el calendario que hoy quiero recordar.

IV
Esta ciudad a la que no le gusta el poder, que tiene un sentido de la vida en común y que sabe organizarse políticamente sin depender de los partidos, es la ciudad a la que me gusta volver, que me vincula y compromete. Donde encuentro un nosotros que me amplía los horizontes y una vida que no es solo una vida privada. Cuando vuelvo, llego a una casa que no es solo mi casa ni de los míos.

Me gustaría poder decir que esta ciudad a la que vuelvo es una ciudad donde la cultura es el verdadero medio, el ecosistema vivo donde se desarrolla y se impulsa la vida colectiva, pero no lo puedo decir porque siento que no es así. En Barcelona, ​​como en tantas otras ciudades del mundo, lo que llamamos cultura se ha convertido en un producto festivalizado, vinculado al consumo y al turismo. Pero la cultura es otra cosa, es la posibilidad de relacionar, con sentido, los saberes y la vida, lo que sabemos y lo que queremos. No necesitamos ser un Manhattan mediterrráneo ni hacer que se encuentren, en un parque temático, todas las culturas del mundo, como pretendió el Forum Universal de las Culturas en el 2004. Si queremos ser una ciudad de cultura, es mucho más importante que la educación funcione y abra caminos no solo para entrar en el mercado laboral sino para aprender, juntos, a vivir. La cultura es precisamente eso: aprender juntas a vivir.

Me gustaría poder decir que esta ciudad a la que vuelvo es una ciudad donde la igualdad es la base de la libertad, y tampoco puedo decirlo, porque cada día es más evidente que no es así. La desigualdad crece a una velocidad que da miedo y la exclusión y la violencia arraigan y se normalizan en nuestros barrios. Han cambiado muchas cosas. La gente que sufre, hoy, tiene muchos rostros, historias muy diversas y muchos colores de piel. Los hay que llegan de la guerra, bélica, de género, política o ambiental. Los hay que descubren o reencuentran la pobreza tras una generación de vivir bien. Nuestra nueva pobreza convive con la miseria global. La pobreza y la miseria no tienen fronteras, por mucho que Europa y sus políticas migratorias piensen que sí. Las ciudades no pueden resolverlo todo, pero grandes o pequeñas son el lugar donde todos los problemas se visibilizan y se encuentran. Estos problemas no son el obstáculo ni el daño colateral de nuestro éxito global. Son nuestra realidad compartida y así debemos hacernos cargo de estos.

Me gustaría poder decir, también, que Barcelona es una ciudad que sabe qué quiere ser, que tiene una idea de sí misma por alocada que sea, y me parece que tampoco es así. Hemos pasado, en pocos años, de ser una ciudad postindustrial medio abandonada a ser un escaparate global del consumo turístico. Sabemos que no queremos acabar como Venecia, pero ¿que queremos ser? En un momento dado teníamos que ser el epicentro de una región metropolitana, mediterránea y sudeuropea que atravesaba y desbordaba los estados, ahora se plantea el reto de ser la capital de una república catalana que aún no ha nacido y que a estas ahora no sabemos con qué forma y complicidades lo hará. Puestos a imaginar, yo me la imagino como una república junto al conjunto de las repúblicas ibéricas, libres de estado.

Los cambios que ha vivido Barcelona en poco tiempo son inmensos. Si miramos atrás veremos pasar una película a cámara rápida, llena de aciertos y de desaciertos. Pero si miramos adelante, ¿qué vemos? Os lo pregunto a cada uno de vosotros. No os pregunto qué pasará con las principales noticias que dictan ahora mismo la actualidad, no lo podemos saber. Os pregunto cómo os imagináis que viviréis, que viviremos cada uno de nosotros y con los demás, en un futuro no muy lejano. ¿Os imagináis haciendo lo mismo que hacíais? ¿Podréis pagar el piso donde vivís? ¿Iréis con el mismo coche o ya habremos dejado, por fin, el coche particular? ¿Amaréis igual? ¿Cómo educaréis a vuestros hijos si los tenéis? ¿Seguiréis viviendo aquí? Yo espero seguir volviendo, pero tengo que decir que me cuesta imaginar la vida que podemos hacer juntos. El presente que estamos viviendo es tenso y difícil. En todas partes. El futuro del mundo es oscuro ahora mismo. Pero la vida se ilumina cada día si aprendemos a imaginar. Imaginar no es manejar la fantasía de cualquier manera sino generar ideas y sensaciones que abran el mapa de lo que es posible. ¿Cómo reaprender, hoy, a imaginar juntos la ciudad y por lo tanto el mundo que queremos?

Como decía antes, he aprendido de mis padres y también de muchos amigos y compañeros que han llegado después a no confiar en los visionarios, ni en los planificadores, ni en las tácticas del sistema de partidos, ni en los vendedores de ideas de vuelo breve. Y de la filosofía (que he hablado poco en este pregón porque ya es de lo que hablo siempre) he aprendido a confiar en una posibilidad que tenemos todos: la posibilidad de pensar radicalmente cómo queremos vivir. De poderlo pensar, de verdad, al menos una vez. Solo hay que plantearse una pregunta: de todo lo que tenemos, vivimos, deseamos… ¿qué nos importa realmente? Es una pregunta que nos lleva a buscar lo esencial. No las esencias, sino lo verdaderamente importante. Es una pregunta terapéutica y revolucionaria que borra, de una vez, muchas preocupaciones, muchas trampas, muchas excusas y muchas complicaciones, íntimas y colectivas. Es el primer paso hacia una imaginación realmente libre. Las buenas soluciones, como saben los artesanos, siempre son las más simples. Planteaos esta pregunta ahora mismo, por un momento, o mañana, otra vez. Hacedlo durante las fiestas, mientras bailáis y quedáis con vuestros amigos y los perdéis entre la multitud. Planteáosla también en los difíciles días que vienen. De todo lo que vivo, ¿qué es lo que realmente me importa? Planteaos la pregunta y no solo os encontraréis a vosotros mismos, reencontraréis la ciudad, porque reencontraréis a los demás. La ciudad donde deseáis vivir, el mundo donde queremos estar juntas y celebrar, año tras año, que nos podemos reencontrar. Quizás el presente está nublado, pero como me enseñó a decir hace pocos días un menorquín: ¡a más mar, más vela!

Hoy comienza el otoño. Hoy comienzan las Fiestas de La Mercè. Hoy dicen que hay menos coches en la ciudad. Y cada día vuelven a comenzar nuestras vidas, mientras nada lo impida. Con los que están y con los que no, con los que este año han vuelto, con quienes desean hacerlo y con quienes ya no podrán hacerlo nunca más, ¡pasad todos y todas, ahora sí, una buena Mercè!

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