Orígenes medievales

Jaime I pone la primera piedra

El primer lugar de reunión conocido de los consejeros de la ciudad es el convento de Santa Caterina, también llamado de los dominicanos o predicadores, y donde se empezaron a guardar los privilegios de la ciudad en grandes cajas de madera.

Así pues, el origen del Archivo Municipal de Barcelona es indisociable de la creación progresiva del régimen jurídico del municipio de Barcelona, a lo largo del siglo XIII.

La piedra de este nuevo Gobierno municipal autónomo la puso el rey Jaime I (1249), consolidado por sus sucesores, que renunciaron a las prerrogativas reales a favor del municipio.

1336. El primer índice

Se hizo un índice de los privilegios y de otros documentos para conocerlos y tener constancia de ellos.

1369. Cajas abandonadas

Por una serie de conflictos entre los dominicanos de Santa Caterina, que se ocupaban de la Inquisición, y los consejeros de la ciudad, estos últimos decidieron no reunirse más en el convento de Santa Caterina y construir la Casa de la Ciudad.

Mientras duró la construcción de la Casa del Consejo y hasta más adelante se mantuvo cierta dispersión documental. Las cajas con los documentos municipales se trasladaron al convento de los Framenors de Sant Francesc, donde permanecerían con un cierto abandono durante los siglos posteriores.

Los primeros intentos de organización

Durante los siglos XVI-XVIII aparecieron nuevas series documentales y se llevaron a cabo acciones para ordenar la documentación de las oficinas municipales.

1583. Algunes coses assenyalades (algunas cosas señaladas)

Pere Joan Comes (1562-1621), canónigo, archivero y cronista barcelonés, compiló el Llibre d'algunes coses assenyalades, en el que transcribió un gran número de documentos municipales de los años 1423-1579. La obra no se publicó hasta el año 1887.

1610. Rúbrica de privilegios reales

El notario Esteve Gilabert Bruniquer (1561-1641), por encargo de los consejeros, formó la rúbrica de los privilegios reales, útil para consultar la dispersa documentación de concesiones reales.

1614. Rúbricas de Bruniquer

Bruniquer redactó el Cerimonial dels magnífics Consellers i regiment de la Ciutat, conocido también como las Rúbriques de Bruniquer, que fueron publicadas en 1912-1916.

Constituyeron una recopilación de la documentación municipal de Barcelona, clasificadas por capítulos temáticos: protocolos, elecciones, embajadas, comercio, defensa, abastecimiento, obras públicas, sanidad, etcétera.

De 1779 a 1792. Memorias históricas

Se editaron las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona, de Antoni Capmany de Montpalau (1742-1813), en las que el autor incluyó numerosos documentos que había consultado en el Archivo Municipal de la ciudad.

Un periplo por diferentes lugares

A raíz de la inestabilidad política de los primeros decenios del siglo XIX y después de las revueltas y de los decretos desamortizadores, las cajas del Archivo Municipal se depositaron en el convento de monjas de Sant Joan de Jerusalem, desde donde posteriormente serían trasladadas e ingresadas en el Archivo de la Corona de Aragón.

1834. Primera ordenación del archivo

En el marco de los exitosos intentos de poner orden y dignificar las instalaciones del archivo durante el principio del siglo XIX, se creó la Comisión de Restauración del Archivo Municipal integrada por los concejales Pau Soler i Trens, el marqués de Llió, Josep Maria de Llinàs, y Andreu Avel·lí Pi i Arimon, la cual hizo una primera ordenación provisional del Archivo Municipal de Barcelona.

1842. Pérdida de las series más antiguas

A causa del bombardeo de Barcelona, se hundió el techo incendiado del Saló de Cent, lo que provocó la pérdida de las series documentales más antiguas de la Mesa de Cambio, correspondiente al siglo XV.

1848. Los primeros archiveros

El Archivo Municipal se trasladó al piso más alto del edificio nuevo de las Casas Consistoriales, donde se distribuyó entre seis salas. El Consistorio encomendó entonces una reordenación más completa, promovida por el síndico Domènec Garriga, que se confió al erudito Ramon Muns Serinyà y al archivero municipal Antoni Brunet. Tras su muerte, lo sucedió en el cargo Lluís Gaspar i Velasco hasta 1896.

Estos y otros archiveros, como Josep Puiggarí i Llobet y después Alfons Damians i Manté, atendieron a los cada vez más numerosos consultores.