Marta

36 años
Sant Martí, Barcelona

He tenido que recuperar información escrita para situarme otra vez en aquellos meses de los dos años en los que viví un auténtico calvario. Por suerte, el tiempo va borrando recuerdos desagradables y ahora, después de cinco años de tranquilidad, cuando incluso puedo decir que he bajado la guardia, os explico con tranquilidad la experiencia porque, afortunadamente, acabó bien.

Todo empezó cuando percibí que algo no iba bien en la relación sentimental de una amiga íntima. Pequeños hechos, situaciones, palabras de ella... se me empezó a pasar por la cabeza que podía estar sufriendo un maltrato, pero no me atreví ni a verbalizarlo. Todo se desencadenó cuando fuimos de vacaciones esta amiga y yo, solas, para celebrar nuestro vigesimotercer cumpleaños, lejos, al otro lado del Atlántico y ella llamaba de manera compulsiva a su pareja, entre dos y tres veces al día, desde los locutorios. A partir de aquí, pusimos la alerta, yo y todo el grupo de amigas más cercanas. Dos meses después, empezamos a verbalizar la situación y le recomendamos que pidiera ayuda profesional. Ella rechazó la propuesta, no se veía como una mujer maltratada.

 

En esos días no podíamos imaginar todo lo que vendría después. Tras la ya evidente presión, el control, los insultos, el desprecio, los empujones... llegaron los golpes. A partir de aquí empezó un periplo de visitas al médico para hacer atestados de lesiones, visitas al psicólogo del CAP, baja laboral... más golpes, amenazas, secuestro en su propia casa... otra vez al médico.

 

Ella intentaba salir, pero no podía. Era totalmente una sensación de montaña rusa. Parecía que quería salir adelante, pero volvía con él. Luego lo justificaba, y después volvía a huir y se refugiaba en casa de las amigas, y así una y otra vez. Para los que estábamos más cerca, esta montaña rusa era una tortura. Primero te sentías perdida, todo era nuevo, y no sabías cómo ayudarla. El sentido común ayuda, pero la situación llega a ser tan surrealista que el sentido común se te queda corto. Pedí ayuda al teléfono de atención a la mujer maltratada y se convirtieron en mis asesores y apoyo emocional, hablaba con ellos prácticamente a diario.

 

Después, cuando ya estás metido hasta el fondo en este mundo, la desesperación, la frustración, la tristeza y la decepción están a la orden del día. Cuando vas a tomar un café con tu amiga y te explica todo lo que le ha llegado a hacer su pareja, intentas controlar las emociones y, con todo el tacto del mundo, le haces ver que ella no se merece ese trato, que tiene que huir, que puede volver a empezar, que la quieres, que la ayudarás y que puede acabar muy mal (llega un día en el que le hablas de la muerte), y cuando acabas de tomar el café, pagas y tu amiga te dice que vuelve a casa con él. Y ves cómo se marcha, caminando hacia su prisión, hacia el infierno que ella considera su casa, y no puedes hacer nada. Es una sensación muy desagradable, que te hace tener muchas tentaciones de tirar la toalla. Pero aguantas.

 

Todo acabó cuando después de otro episodio violento, que viví en primera persona, fuimos juntas a denunciar. Ella, ya agotada, puso la denuncia y esta vez sí que declaró contra él. Otra amiga y yo estábamos de testigos y también declaramos. Sinceramente, no creo que ella lo hiciera del todo convencida, pero las circunstancias no le dejaron otro camino. Esta vez sí, el maltratador fue a la cárcel y mi amiga tuvo suficiente tiempo de tranquilidad para hacer un buen trabajo psicológico y salir definitivamente de esta pesadilla.

 

Fue una experiencia muy dura, que posteriormente me supuso un distanciamiento de mi amiga. Ella en el fondo estaba agradecida, pero le resultaba más cómodo quedar con gente que no conociera su historia que con las amigas de siempre, con quienes no podía esconder nada. Supongo que necesitamos ese tiempo. Yo lo entendí, y ella también entendió mis malas caras en según qué momentos del proceso. Sin embargo, con el tiempo, las cosas han vuelto a su lugar y ahora volvemos a ser dos amigas que se quieren y se ayudan, y podemos hablar del tema, aunque no lo hacemos prácticamente nunca porque fueron episodios muy duros.

 

Ahora pienso que vale la pena haber estado a su lado y no haber tirado la toalla, pero quien realmente tiene que salir del pozo es la propia víctima. Tú solo le puedes poner una escalerita o una cuerda para hacérselo un poco más fácil, pero quien tiene que realizar la acción es ella. Así que muchos ánimos y mucha paciencia a todos quienes estén pasando por un proceso similar. Aunque parezca mentira, las cosas pueden volver a su lugar.

¿Alguna mujer próxima a ti ha sufrido violencia machista? ¿Cómo la has ayudado? ¿Cuál ha sido tu papel?

Si alguna vecina tuya, amiga, compañera de trabajo... ha sufrido violencia machista, envíanos tu testimonio explicando tu papel. ¿Qué hiciste para apoyarla? ¿Qué sentimientos y qué retos se te despertaron? ¿Crees que valió la pena? ¿Cómo reaccionó ella?

Envía tu testimonio junto con tu nombre (o seudónimo), tu edad y el distrito donde vives a:

bcnantimasclista@bcn.cat

Muchas gracias. Sin duda, tu experiencia puede ayudar a otras mujeres a plantar cara a la violencia machista.