Pellofa

Este no es un instrumento musical ni sonoro, pero suena —¡y tanto que suena!—, y, si no, preguntad a cualquier barcelonés y comenzad el dicho: «Barcelona és bona...»; y os responderá: «si la bossa sona. Tant si sona com si no sona...». Venga, ¡terminadlo vosotros!¡No podéis ni imaginaros lo internacionalmente conocido que es este dicho!

Los que hayan tenido la oportunidad de ir a Túnez, probablemente habrán ido a contemplar, en medio del desierto, el lago salado Chott el Djerid. Con toda seguridad, se habrán detenido para hacer algunas fotografías del espectacular lago, seco la mayor parte del año y con unas impactantes extensiones de sal. Y, con toda seguridad también, las personas que están en los puestos para turistas les habrán abordado al grito de «Barcelona és bona si la bossa sona... tant si sona com si no sona, Barcelona és bona!» (Barcelona es buena si la bolsa suena… ¡tanto si suena como si no suena, Barcelona es buena!), en un muy buen catalán, para que les comprasen algún recuerdo. ¡Incluso en el Magreb lo conocen!

Pues sí, hablamos de los calerons*. Pero está claro que no son unos calerons normales. No podría ser de otra manera. En este caso, a pesar de ser monedas, suenan poco, pero muy poco. Os hablaremos de un tipo de monedas de latón u otros metales que normalmente eran acuñadas por una sola cara y que, de hecho, solo eran utilizadas en los capitolios de las catedrales y otras iglesias con coro, para el pago interno de sus canónigos y sirvientes.

Posteriormente, se cambiarían por moneda de curso legal. Fueron utilizadas principalmente en Cataluña y en el sur de Francia entre los siglos XV y XIX. Así son las pellofes. Este es el nombre que recibe este tipo de moneda. 

De curso limitado y de un valor puramente nominal previamente pactado, era utilizada para acreditar la asistencia de los capitulares en los actos corales de las catedrales y las colegiatas. Antiguamente —fuera por el número considerable de clérigos, fuera por la variedad de fundaciones destinadas a remunerar los actos capitulares—, se consideró más práctico crear una moneda de curso limitado al personal de cada capitolio o colegiata, que se distribuía entre los asistentes en los respectivos actos, dotados de especial remuneración. De este modo, se hizo una emisión de esta moneda particular de un valor convencional, diferente para cada una de las funciones corales. A final de mes, el tesorero cambiaba la moneda convencional por su equivalente en moneda de uso general, y recuperaba así el numerario particular para distribuirlo otra vez durante el mes siguiente. Hay lugares en los que, por este motivo, a la moneda capitular se la denominaba «tans de cor». Ello incluía la necesidad de tener en el coro el cargo de Apuntador —cuya misión era la de anotar las faltas de cada día—, y el de Contador de distribuciones, cuyo oficio consistía en descontar de la nómina de cada capitular la cantidad equivalente a sus ausencias y repartirla entre los presentes a cada acto.

En el Museo Etnológico de Barcelona hay una buena colección de pellofes con veintidós acuñaciones diferentes—, que en el año 1940 pasan a formar parte de las colecciones del futuro Museo de Industrias y Artes Populares, y de las cuales desconocemos el origen.  Probablemente son de Barcelona y fueron recogidas por Agustí Duran i Sanpere, primer director del Museo y del Archivo Municipal de Historia, quien tenía una gran visión de lo que había que preservar en un momento en el que, debido a la Guerra Civil, se recogían todo tipo de objetos hechos de metal para aprovecharlos en la fabricación de material de guerra. Tal era la tarea de salvaguarda que hicieron algunas personas en aquel difícil momento. Nunca les podremos agradecer suficientemente lo que hicieron.

*Forma coloquial de denominar las monedas sueltas, dinero. 

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