Pasado, presente y futuro de la Barcelona comunitaria

Gestión comunitaria. La ciudad dispone de un potente hombro comunitario gracias a la histórica implicación de los vecinos y vecinas. Ahora, recién formados continúan y amplían esta tradición.

El Teatro Arnau todavía está medio en ruinas, pero ya empieza a coger forma para convertirse en uno de los primeros teatros comunitarios de la ciudad. En la Casa Orlandai, el bar echa humo casi a todas horas, porque la cantidad de actividades que ofrece el centro atrae a amantes de las exposiciones, de la música, del dibujo o de las economías transformadoras que, antes o después, disfrutan de un café en compañía. El Borsí, el “viejo sueño de las vecinas del Gòtic”, ya se prepara para ser un punto neurálgico de la cultura comunitaria del centro de la ciudad…

Y así podríamos nombrar a decenas de equipamientos de propiedad pública que, como bienes comunes que son, pueden ser y son gestionados por entidades ciudadanas. El perfil de cada uno responde a su origen, a la reivindicación de los colectivos de base, al espacio singular donde se encuentra, a la fuerza del entorno y a la apuesta municipal para potenciar los bienes comunes.

Espacios y proyectos reivindicados por el vecindario

El potencial autoorganizativo de la sociedad barcelonesa no es nuevo. Cuenta con una larga tradición, desde la creación de los casinos, los centros o los ateneos populares y burgueses de finales del siglo XIX (que llegaron a ser más de 1700 en 1936) hasta las luchas vecinales, que reivindicaban derechos básicos como la salud, la vivienda digna o la educación de calidad para todos desde los años cincuenta hasta los setenta en los barrios más empobrecidos de la ciudad.

Los ochenta vieron nacer los primeros centros cívicos de la ciudad, equipamientos reivindicados por vecinos y vecinas pero en un principio gestionados directamente por el Ayuntamiento. Sin embargo, los grupos vecinales no tardaron a movilizarse no solo para conseguir espacios, sino también para gestionarlos. Y uno de los primeros, el ateneo popular 9 Barris, gracias al éxito de una reivindicación contra una fábrica de asfalto que no querían en medio del barrio, se convirtió en un espacio público y también en un proyecto comunitario.

La Casa Orlandai es otro ejemplo de espacio reclamado por el vecindario que, con los años, se ha convertido en un modelo de proyecto de gestión cívica y comunitaria. Una de las personas que impulsó la plataforma de entidades del barrio que consiguió el equipamiento, Enric Capdevila, explica que desde el principio la voluntad de la plataforma era gestionarlo. “Y ya pretendíamos hacerlo con una perspectiva comunitaria: cultura de proximidad, arraigo al barrio y con objetivos de transformación social,” dice.

Cogestión, gestión cívica, gestión comunitaria

Todos estos años de creación y diseño de equipamientos culturales de base han dado muchos modelos y, como asegura Tona Calvo, responsable de los Equipamientos de Proximidad de la Dirección de Acción Comunitaria del Ayuntamiento de Barcelona, “no es fácil hacer un mapa y aún menos clasificarlos por el tipo de gestión”.

La diferencia sobre el papel entre un centro cívico y un casal de barrio sería que el primero tiene una vocación de proximidad pero también de ciudad, con especializaciones (danza, circo, textil, etcétera); los casales, en cambio, son solo de proximidad, con una relación más directa con el entorno, mayoritariamente gestionados por entidades de primer o segundo nivel de los barrios donde están.

Con respecto a la gestión, en la práctica no hay líneas estancas entre los diferentes modelos: cogestión (ahora mismo casi desaparecido), concurso abierto a empresas, gestión cívica o ciudadana por parte de las entidades y personas de los barrios organizadas en plataformas. El modelo de gestión del equipamiento no acondiciona su papel como motor de vida comunitaria.

Los equipamientos como bienes comunes

“La pulsión de la acción comunitaria tiene que ser un elemento consustancial de todos los equipamientos”, dice Dani Granados, director de Cultura Viva del ICUB. “Ahora mismo estamos trabajando en procesos con una mirada transversal desde varias áreas del Ayuntamiento, como Participación, Cultura, Derechos Sociales y Acción Comunitaria, para caminar hacia una visión de lo público como un bien común, que es uno de los objetivos del mandato pasado y de este”. Esta es la apuesta del Gobierno municipal, ya sea para los equipamientos futuros como para los existentes.

Y continúa: “El elemento diferenciador, si es que se tiene que definir la gestión como bien común, sería la capacidad de interactuar de forma adecuada con las especificidades de cada territorio. El tejido social y cultural de distritos como Sarrià-Sant Gervasi no es el mismo que el de Ciutat Vella, con unas necesidades colectivas diferentes”, concluye Granados.

El balance comunitario, herramienta compartida

Para continuar en esta dirección más comunitaria, las entidades (organizadas en dos redes: la Plataforma de Gestión Ciudadana y la Red de Espacios Comunitarios) y el Ayuntamiento se han dotado recientemente de la herramienta del Balance Comunitario, basado en el Balance Social de la XES y que, según explica Capdevila, sirve para evaluar elementos como el grado de arraigo al territorio (por ejemplo, qué redes o proyectos impulsa conjuntamente en el territorio); el impacto y el retorno social (apoderamiento de la ciudadanía, fomento del asociacionismo, la actividad de la base social…); la democracia y la participación (procesos de decisión, diversidad de la base social, apertura al barrio y transparencia), y el cuidado de las personas, los procesos y el entorno (indicadores de sostenibilidad ambiental, economía feminista y de los cuidados, de horquilla salarial y de otros).

La herramienta no tiene, en ningún caso, vocación de control ni de estandarizar, pero sí de ir modelando una correlación de competencias y funcionalidades que sirvan para configurar lo que es público como bien común.

En construcción… el Arnau Itinerant y el Borsí

Dos de los proyectos que están en marcha y que podrían considerarse dos pruebas piloto de la visión publicocomunitaria son el Arnau Itinerant, en el Paral·lel; y el Borsí per al Barri, en el Gòtic.

Layla Dworkin, de la Cooperativa Laberint Cultura y miembro de la asamblea de Arnau Itinerant, explica que “se llama así porque todavía no tenemos un espacio físico, se tiene que rehabilitar el edificio que se consiguió salvar para el barrio porque estaba en muy mal estado”.

“A pesar de ello, ya hemos empezado el proyecto comunitario”, continúa Dworkin, “y sumamos dos temporadas de programación de actividades que vamos llevando a cabo por las salas que nos dejan. No es ideal, pero lo vivimos como una oportunidad, porque nos permite crear una red con las entidades y con los colectivos que no conocíamos o profundizar en los vínculos con las otras”.

“La gobernanza está en constante revisión”, continúa, “pero ahora mismo todas las decisiones se toman en asamblea, que está abierta a la participación de cualquier persona o entidad del barrio”.

Un ejemplo de cómo se diseña una programación “comunitaria” puede ser Creuem el Paral·lel, un programa de microacciones que Arnau Itinerant ofrece a todo el vecindario. Lo han creado conjuntamente con Transductores y Todo Raval, entidades con larga experiencia en el ámbito comunitario, y responde a la necesidad de valorar la diversidad cultural del barrio y las diferentes expresiones artísticas que ofrece: talleres, actuaciones de circo y musicales, actividades sobre la memoria de espacios LGTBI, los feminismos y la comunidad gitana, entre otras realidades extraídas de su propio entorno. Transformación social a pie de barrio.

El encaje de la gestión compartida

El Borsí es un edificio emblemático justo en medio del barrio Gòtic y, según Teresa Roca, miembro de la plataforma ciudadana El Borsí pel Barri, “no podíamos pasar por delante sin pensar que era una auténtica pena que se perdiera su uso para el barrio. Hay un fuerte vínculo emocional de muchas de las personas de la plataforma. Es una de las razones por las que nos agrupamos para reivindicarlo”.

Las otras razones, apunta Teresa, son “la necesidad de equipamientos de proximidad para los vecinos y vecinas de este barrio, por una parte muy presionado por el turismo y sin espacios de encuentro y, por otra parte, lleno de equipamientos pero de ciudad, poco flexibles para la participación de las personas que vivimos cerca.

El Borsí es una interesante prueba piloto porque se convertirá en espacio compartido con una biblioteca, una ampliación del equipamiento que hay en la Rambla, Andreu Nin, y un proyecto por el que han empezado a trabajar conjuntamente la plataforma vecinal, el Ayuntamiento y el Consorcio de Bibliotecas, con un resultado que, según Teresa, es muy satisfactorio. “Al principio”, admite, “parecía que sería difícil el encaje, pero pronto se puso de manifiesto que sería posible y deseable. Después de más de un año de reuniones y de creación participada, se ha visto que podemos trabajar juntas”.

Roca explica que no todo será común: la parte de biblioteca y la de centro sociocultural de gestión comunitaria tendrán cada una un espacio que podrán abrir y cerrar independientemente, pero también dispondrán de un espacio compartido donde, como ya se está haciendo ahora, las decisiones de gestión se tomarán en unas sesiones plenarias con participación de las dos partes.

En definitiva, los proyectos de Arnau Itinerant y El Borsí, aunque están en proceso, permitirán abordar nuevos equipamientos culturales con la perspectiva publicocomunitaria por la que se apuesta fuerte desde el consistorio: proximidad, arraigo, oportunidades para todo el mundo y transformación social.  “Con sabor a barrio y olor a fresco”, como dice el poema de Arnau Itinerant:

Puestos a desear, quiero un Arnau sublevado, creativo y genuino. Un teatro radicalmente popular, de las ideas y también de la evasión.

Quiero un modelo de cultura de base y de conquista de la dignidad laboral de las artistas.

Con sabor a barrio y olor a fresco.

Sílvia Cortés (Arnau Itinerant)