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Julieta Lara: “Venimos de contextos muy fértiles, pero nos morimos de hambre y nos vemos impulsadas a migrar”

Julieta Lara es artista visual, de origen guatemalteco, madre y diversa funcional. El origen y el contexto del que viene son las semillas que le impulsan a hablar de la soberanía alimentaria y de lo que representa el extractivismo, tanto desde la colonia como hasta la neo colonia. Con ella conversamos sobre alimentación en el marco de las dos actividades del Espai Avinyó en las que participó.

 

El pasado mes de octubre participaste en la actividad sobre alimentación sostenible acerca del documental El coste de la fruta, organizado por el Espai Avinyó. Términos cómo ‘alimentación sostenible’ o ‘soberanía alimentaria’ aparecieron a lo largo de la sesión. ¿Cuál es tu planteamiento o los debates/reflexiones que te llevan a estos conceptos?
 
Como principio número uno, se trata de la corresponsabilidad que tenemos como comensales. Se trata de ser más conscientes de lo que la Tierra nos da en cada época del año, en cada temporada, porque la madre naturaleza es bien sabia, y nos da las vitaminas y los alimentos que necesitamos para estar bien en cada época. Por lo tanto, comer de temporada y lo más cercano que se pueda.  
 
La soberanía alimentaria tendría que romper con muchas de esas lógicas estéticas ridículas a las que están sometidos los agricultores locales. Tendríamos que montar obradores en los que trabajemos los excedentes, sin que se tire nada. Es realmente doloroso que haya gente muriéndose de hambre cuando hay toneladas de comida que van a la basura. 
 
Aunque tendremos que construir estas vías, porque todo lo que se supone verde está dentro de un capitalismo verde al cual no todas tenemos acceso. A veces no podemos participar de las cooperativas de alimentación porque no podemos pagar los precios. ¿Cómo podemos ir rompiendo esta lógica? Para construir una soberanía alimentaria tendremos que romper con cadenas capitalistas y crear un acercamiento entre payeses productores, personas que estamos trabajando en la alimentación para ver cómo podemos hacer un reaprovechamiento fortuito de todo lo que se hace. 
 
Como comensales, ser conscientes, re educarnos a través de charlas, de talleres, para saber cómo alimentarnos tanto para nuestra salud como para el planeta. Si no nos sometemos entre todas y creamos un plan de soberanía alimentaria nos vamos a ver ante una crisis de hambre, cuando irónicamente estamos tirando toneladas de comida.
 
¿Qué tienen que cumplir los circuitos de producción, distribución y consumo de productos para ser considerados bajo el sello ‘Alimentación sostenible’?
 
Para comenzar, tendría que parar el expolio. Si no paramos el expolio en las comunidades, sino empezamos a abrir nuestros ojos y a ver la corresponsabilidad que tenemos como consumidores, esto no frenará. Para que aquí tengamos aguacate o chocolate, o subproductos con aceite de palma, hay mucha gente que está siendo asesinada. 
 
En segundo lugar, tendrían que haber políticas de reparación con la tierra y con las comunidades ancestrales que siempre han estado al cuidado de sus recursos. Nadie va a saber mejor que éstas cómo volver a sanar la tierra y sanarnos con ella. El cuerpo de la tierra ha estado siendo violentado porque el capitalismo es un sistema de muerte. Si no rompemos este sistema, si no creamos algo diferente, es imposible que las cosas cambien.
 
En tercer lugar, propondría que quede más claro quién está sembrando lo que nos estamos comiendo, dónde lo está sembrando y cultivando y bajo qué condiciones laborales. ¿Qué impacto está teniendo en el contexto en el que se siembra y se cosecha? Porque aunque tu comida esté sembrada por personas adultas, bien pagadas, si se está arrasando con la selva virgen esto no es sostenible. Igual que tampoco es sostenible generar CO2, cuando los alimentos tengan que viajar desde la mal llamada Guatemala (Iximulew para nosotros), hacia Argentina para recibir el sello de ‘alimentación sostenible’ y que luego vengan para aquí. 
 
Y por último, hay que analizar la siembra local y de temporada y preguntarse: ¿De dónde vienen estos alimentos? ¿Se está produciendo monocultivo? Por ejemplo, si bien es cierto que existe el aguacate local, es natural de México, de Centroamérica y de parte de Suramérica. Allí tenemos seis meses de lluvia, por lo tanto, el aguacate absorbe toda esa agua. 
 
Cuando la traemos a contextos locales y veo que se está sembrando en Andalucía, que de por sí es una tierra desertificada, ¿en qué condiciones se está sembrando?. Se está gastando una cantidad inmensa de agua, a la vez que se está chupando el subsuelo. Es pan para hoy y hambre para mañana. Es seguir con ese sistema de muerte, es no pensar en un futuro cercano, es quererlo consumir todo de una vez, porque esa es la demanda, entonces no es lógico ni ecológico tampoco. 
 
¿Cómo se puede influir de manera positiva en la sostenibilidad alimentaria y sus lógicas ecológicas sin perder de vista la necesidad de alternativas económicas que pongan en el centro la dignidad de las personas?
 
Hoy en día hay una desertificación de juventud en la tierra. Los abuelos payeses se quejan de que sus hijos están abandonando la tierra. ¿Cómo rompemos con estas lógicas y que los payeses no vean a las personas migrantes como migrantes o como fuerza de trabajo, sino como una posible fuerza común? Creando movimientos simbióticos en los cuales se mezclen los saberes de las personas locales con las cosmovisiones de las personas migrantes, en connotación con romper las lógicas del monocultivo.
Siento que las personas que hemos migrado y que somos resultado del expolio, tenemos derecho a conocer la tierra, a cuidarla, a aprender a alimentarnos con ella, a sanarnos con ella y aprender a ritualizarla incluso con los elementos que tenemos acá.
 
'El coste de la fruta' es un documental que nos muestra el lado más amargo de la recolección de fruta en el Baix Segre, con grupos de temporeros migrantes en busca de techo y trabajo, pero también un pequeño campesinado al borde de la supervivencia. ¿Cómo son las condiciones de trabajo para las personas migrantes? ¿Cuál es la realidad que se esconde detrás de cada fruta, de cada verdura y hortaliza que está sobre nuestras mesas? 
 
Partiendo de que venimos del expolio, de que nos toca migrar porque sino nos morimos de hambre en nuestros contextos, muchos de nosotros venimos a cultivar la tierra aquí. Las condiciones son malísimas, viven en condiciones infrahumanas, en chabolas, muchas veces violentadas y violadas por el patrón, mal pagadas, pasando frío, malviviendo, mal alimentadas.
 
Nuestras verduras vienen regadas muchas veces con lágrimas de dolor y de frustración. Las fresas vienen regadas por las lágrimas de nuestras compañeras marroquíes, violentadas, invisibilizadas, violadas por sus patrones. Existen demasiados paralelismos con la época colonial: los mismos cuerpos violentados. Estas frutas y verduras están, de alguna manera, envenenadas porque están sembradas con mucho sufrimiento.
 
Incluso en el consumo local tenemos que estar pendientes de cómo se están haciendo las cosas. Tratar de dar visibilidad porque muchas veces esas voces están silenciadas o si aparecen es a través de una noticia amarillista y luego desaparece. Tenemos que hablarlo y cuestionarlo constantemente: ¿Cómo se está haciendo? ¿Cómo está siendo el vínculo con las personas? ¿En qué se traduce en lo que estamos comiendo? 
 
Hay que recuperar el cuidado hacia la tierra y hacia las personas, tanto en nuestros contextos como aquí. Hasta que no hagamos todos esos caminos, no podemos hablar de alimentación sostenible. Si no se cumplen con unos requisitos de cuidado para la Madre Tierra y para las personas que lo están sembrando aquí, no se está cumpliendo con la soberanía alimentaria. Tiene que haber un cambio profundo desde el pensamiento hasta las acciones.
 
¿Cómo funcionan las lógicas y continuidades que establece el hecho de que los cuerpos y vidas de personas del sur global sean expulsadas/asesinadas de sus tierras por empresas multinacionales españolas (el caso de Guatemala) y luego acaben trabajando en el campo español y catalán (en condiciones infrahumanas)? 
 
Nos expulsa el expolio en nuestros contextos. Somos expulsadas de nuestra tierra, muertas de hambre, y luego nos toca jugarnos la vida en el camino para llegar a un estado racista y patriarcal que nos violenta con las leyes de extranjería. De por sí, migrar es un reto enorme. Muchas mueren por el camino o terminan controladas por mafias que se hacen dueñas de sus vidas. 
 
Nuestras compañeras son expulsadas, asesinadas en nuestros mismos contextos cuando tratan de defender los recursos. Siguen los brazos coloniales aquí y allà, traducidos en empresas, sobre todo las mineras, que no viven sin nuestros recursos. Nos vemos saqueadas, asesinadas, criminalizadas allá y luego, pues irónicamente, seguimos trabajando acá en contextos y en situaciones que no son mejores ni para nuestros cuerpos ni para el cuerpo de la Madre Tierra.
 
En el marco de la II Feria de Economía Solidaria Migrante y Diversa del 26 de junio, se propuso un espacio de intercambio de experiencias para reflexionar sobre los límites y retos de un sistema alimentario sostenible y justo que tenga en cuenta las realidades, problemáticas específicas y los esfuerzos que se realizan desde la economía social y solidaria, liderada por colectivos de personas migradas y racializadas de la ciudad. ¿Cómo valoras esta actividad?
 
Me pareció una propuesta muy interesante, porque ya venía viendo que dentro de la Agenda 2030 se estaba abordando la soberanía alimentaria, y aunque me provoque mucha contradicción que esté dentro de esta agenda, para mí era como la oportunidad fortuita para tener voz y poder hablar de un tema que está bastante silenciado.
 
Participaste con el proyecto La Ambulante Kantina Migrante. ¿De qué se trata? 
 
‘La Ambulante’ es un proyecto de autogestión, desde donde a través de hamburguesas veganas de temporada, voy adaptando las salsas a los ingredientes locales para poderles ofrecer a mis compañeras un abrazo de añoranza de las abuelas. Un abrazo cálido acá y al mismo tiempo, que no tenga repercusión en nuestras comunidades para que no genere contradicción. Finalmente, colectivizamos el proyecto como Kantina Migrante, junto con las compañeras de la red de cuidados antiracistas, una organización que se montó durante la pandemia, para asegurarse que todas las familias migrantas tuviéramos una cajita con víveres.
 
Acabas de empezar a trabajar en la cocina del Casal de Barri la Prosperitat en el proyecto Rudas resistencia alimentaria. ¿De qué se trata? ¿En qué medida consideras que se puede aplicar una perspectiva crítica y sostenible al hecho de trabajar en la cocina de un equipamiento comunitario de la periferia de Barcelona?
 
Se trata de un espacio del Ayuntamiento, cuya gestión salió a concurso. El proyecto fue escrito por la compañera Lina, de la red de cuidados antirracistas, que fue aprobado por la Assemblea d'aturats/des, para ser desarrollado de manera colectiva con compañeras que que vienen resistiendo desde los alimentos. Y contra todo pronóstico, lo ganamos. 
 
Se trata de un proyecto de resistencia alimentaria para poder hablar del expolio. Podemos denunciar lo que está sucediendo a través de los ingredientes, y al mismo tiempo repercutir de una manera positiva, directa en nuestras comunidades, sin especular. Nos reencontramos con nuestros saberes a través de la cocina. Para nosotras es una herramienta con la cual reivindicar nuestra dignidad y poder tener un trabajo digno de acuerdo a nuestros ritmos y nuestras necesidades. Trata de soberanía alimentaria a grandes rasgos, porque sabemos que no podemos imponer a la gente cómo tiene que alimentarse, pero podemos ir encontrando pequeñas grietas en las cuales podemos incidir positivamente en nuestra comunidad.
 
Nos preguntamos: ¿Cómo podemos crear una carta con productos saludables y de temporada sin tener que pasar por el filtro del capitalismo verde? ¿Cómo podemos generar propuestas que sean aptas para el barrio? ¿Cómo podemos incidir beneficiosamente en nuestra comunidad? 
Creemos que la resistencia no solo está detrás de los fogones, es también lúdica y educativa, ir desaprendiendo y aprendiendo todas juntas. Tenemos talleres de recetas de aprovechamiento, recetas de platos originarios nuestros, pero adaptados a ingredientes de acá para conseguir el sabor desde aquí, sin necesidad de estar acarreando nuestros productos.
 
Para nosotros es muy importante estar en Nou Barris, porque la mayoría somos de origen centroamericano o sudamericano y este proyecto tiene sentido en el barrio, en la periferia, rodeada de nuestras compañeras migrantes.
Estamos en medio de un sistema racista, capitalista, patriarcal, capacitista, adultocéntrico y queremos construir algo que vaya rompiendo con todos esos engranajes y esas lógicas. Somos conscientes que no va a ser soplar y hacer botellas, que es un constante ensayo para adelante y para atrás. Sabemos que no tenemos todas las puertas abiertas, nunca las hemos tenido. No pasa nada, ya las iremos saboreando con creatividad y con amor y paciencia.
Julieta Lara (esquerra) i Lina Vanesa López Ortiz (dreta) a la cuina del Casal de Barri la Prosperitat

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