BCNvsODI | Ajuntament de Barcelona
Drets de Ciutadania i Diversitat

Ana Valenzuela Sanz

20/11/2019 - 08:02 h

Entrevistas. “La información y la formación son la respuesta a la transfobia en los centros educativos”

Ana Valenzuela Sanz nació en Barcelona en 1970. Formada como técnica en Igualdad y Género en la UAB, actualmente es madre de dos hijos cis y una niña trans*. Inició su activismo por los derechos de la infancia y la adolescencia trans* a raíz de descubrir la verdadera identidad de su hija. Hoy por hoy, dedica la mayor parte de su tiempo al activismo, siempre con el objetivo de ayudar en la reivindicación, concienciación e información social, tanto para la consecución de los derechos de la infancia y adolescencia trans* como para la eliminación de cualquier forma de discriminación y exclusión social a la que este colectivo de personas se ve sometido. Es presidenta de Chrysallis Catalunya, vicepresidenta de Chrysallis AFMT estatal, y responsable de la Xarxa SAI, en Santa Coloma de Gramenet. La entrevistamos hoy con motivo del Día Universal del Niño y del Día Internacional Memoria Trans*.

 

¿De dónde crees que surge la vulnerabilización que viven las personas trans*?

Las identidades trans* desestabilizan las categorías binarias, es decir, deconstruyen los discursos dominantes y normalizadores del cisheteropatriarcado (varón/hombre/masculino – hembra/mujer/femenino). Por lo tanto, estas identidades son una amenaza para este sistema. En respuesta, la sociedad -que es mayormente cisheteropatriarcal y que, en consecuencia, tiene muchas dificultades para entender la diversidad que existe realmente- responde no reconociendo estas identidades.

Cuando la sociedad aparta a un colectivo -porque no comprende que la identidad es algo propio de cada persona, y que no se nos puede decir quiénes somos- está vulnerando los derechos humanos de estas personas, así como poniéndolas en riesgo de exclusión social.

 

¿Nuestra sociedad es, por tanto, una sociedad transfóbica? ¿Por qué?

Considero que sí; y, sobre todo, considero que es así porque la sociedad está muy desinformada al respecto. Hoy en día, la sociedad continúa instalada en los falsos mitos y la estigmatización, resultado de la discriminación que estas personas han sufrido históricamente. Actualmente, como familiares de personas trans* y asociadas de Chrysallis, nos preguntan mucho, por ejemplo, que cómo puede ser que una persona con 4 años o 5 años ya sepa cuál es su identidad, cuando está demostrado que a partir de los 3 años una persona es plenamente consciente de su identidad.

Como te decía, esto se debe a la gran desinformación que existe al respecto. Por un lado, porque se tiende a creer que la identidad de una persona depende de la forma de jugar (con muñecas o con camiones), la forma de vestir (llevar vestido o llevar pantalones) o el corte de pelo que se prefiere. Pero lo cierto es que la identidad, a la única pregunta que responde es a la de “¿quién soy yo?”. Y esto, a pesar de que, evidentemente, en el momento en el que se asigna el sexo al nacer, quiénes rodean a la persona comienzan a crearse unas expectativas y actuar en base a unos estereotipos y roles de género establecidos (elegir un nombre “de chico o de chica”, comprar ropa “rosa o azul” etc.).

Por otro lado, porque siempre se cuestiona a la infancia y a la juventud, sobre todo en lo relativo a su credibilidad sobre su identidad. Si manifiestan que no se sienten identificadas con el sexo que les ha sido asignado en edades muy tempranas, “es porque son muy pequeños/as” y que “cómo pueden saberlo ya”, etc. Y si lo hacen en la pubertad, es porque “no saben bien lo qué quieren”, “es solo una etapa, ya se les pasará”, etc.

Pero no, no se trata de un juego: la identidad no es un capricho. Nadie puede influir en nuestra identidad, por mucho que quiera. En el momento en el que la persona crece, lo primero que hace es empezar a enviar señales a quiénes le envuelven, constantemente: “soy una niña”, “no quiero este tipo de ropa o peinado”; ya que así es como se identifica. Por tanto, las familias no podemos influir en la identidad de nuestras criaturas, es imposible.

 

Teniendo en cuenta que hoy estamos conmemorando el Día Universal del Niño y el Día Internacional de la Memoria Trans*, ¿qué repercusiones puede tener para un chico o una chica trans* vivir en una sociedad transfóbica?

Pues puede tener muchas repercusiones, porque, mientras no se reconozcan los derechos de la infancia y de la adolescencia trans* -exactamente igual que los derechos de la infancia y adolescencia cis– estas personas seguirán sin ver sus derechos humanos materializados. Y esto influye muy notablemente en todos los ámbitos de su desarrollo.

 

¿Se podría decir que la atención que reciben las personas menores trans* y los derechos que disfrutan en el Estado español son diferentes a los de la juventud e infancia cis?

Sin duda alguna: a nivel estatal queda casi todo por hacer. De hecho, a día de hoy, está en manos del Estado reconocer la identidad sexual de las personas trans*, tal y como quedó estipulado en la Ley 3/2007, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas. Sin embargo, esto no se aplica de igual manera a menores quienes, solo desde el 2018 y por medio de una instrucción que el Ministerio de Justicia publicó para facilitar el cambio de nombre (no de sexo) en menores trans* (es decir este cambio no está recogido en ninguna ley), pueden cambiar su nombre registral. A raíz de una sentencia del Tribunal Constitucional del pasado verano, que declara inconstitucional  la Ley 3/2007 en la medida en que no legitima a la personas menores de edad maduras, podrán cambiar su nombre y sexo si son declaradas como “personas menores que acrediten tener madurez suficiente y una situación estable de transexualidad”. De nuevo, vemos como se “patologiza” lo no binario.

Por lo tanto, el único avance en los derechos fundamentales de las personas trans* que ha facilitado el Estado es permitir que estas puedan modificar su nombre y sexo en el DNI siempre y cuando sean mayores de edad, presenten un informe de disforia de género, acrediten dos años de hormonación y tengan la nacionalidad española.

Lo sorprendente es que hasta el Consejo de Europa adoptó, en abril de 2015, una resolución que insta a los Estados a garantizar que las personas transexuales, incluidas las menores, no fueran consideradas como enfermas mentales. Pero seguimos encalladas. Por ello, desde las asociaciones de personas LGTBI llevamos años luchando para cambiar esto y, de hecho, propusimos una ley estatal de derechos LGTBI en 2017 que lleva en periodo de enmiendas desde entonces.

 

¿Varía la capacidad de una persona joven trans* de vivir libremente su identidad según la ciudad en la que viva?

Por desgracia sí, y mucho. Aquí en Catalunya hemos avanzado mucho, aunque aún quede un largo camino por recorrer; primero, por el signo político de los partidos que gobiernan, especialmente en el Ayuntamiento de Barcelona, a través de iniciativas como el Centro LGTBI de Barcelona; y, segundo, porque desde el Departament de Treball, Afers Socials i Famílies, también recibimos mucho apoyo. El Servei d’Atenció Integral LGBTI (SAI) es otro gran ejemplo de esta apuesta política.

Sin embargo, como los protocolos para asegurar la protección de la infancia y juventud trans* (en las administraciones públicas, los centros educativos, los centros sanitarios, etc.) dependen de cada comunidad autónoma, nos encontramos con muchas diferencias dentro del Estado español; hay comunidades autónomas en las que sí se contemplan medidas –por ejemplo, se ofrece asistencia y asesoramiento desde los poderes públicos, para acompañar a estas personas y prevenir la transfobia– y otras comunidades en las que no se está haciendo nada.

 

¿Y en el ámbito educativo, concretamente, cómo les pueden afectar estas diferencias?

Como indicaba en la respuesta anterior, en Cataluña tenemos un protocolo, que hay que revisar y ampliar, evidentemente, pero que es de obligado cumplimiento para todos los centros educativos e, inclusive, universidades, de acogida del alumnado transgénero. Esto supone que la persona que asiste a estos centros tiene derecho a que se dirijan a ella por su nombre y género sentido, acceder a los espacios segregados (lavabos, vestuarios…) y/o llevar la ropa que desee (especialmente en caso de que haya un uniforme escolar diferente para uno y otro sexo), etc.

Sin embargo, cuando en las escuelas no se cuenta con estos protocolos, las personas menores pueden llegar a tener problemas muy graves e incluso, muchas dificultades para realizar su tránsito social (momento en el cual la persona pasa a ser reconocida socialmente de acuerdo con su identidad sexual), al no sentirse reconocidas. Es más, es tal la desprotección que pueden sufrir estas personas, que incluso puede suceder que acaben siendo víctimas de acoso escolar transfóbico (un tipo específico de violencia, común en el contexto escolar, que se dirige hacia personas por identidad de género, percibida o real), ante la falta de información y formación al respecto, evidenciada de forma general entre el profesorado, a todos los niveles.

 

¿Qué implicaciones tiene este acoso sobre la socialización y la aceptación de la propia identidad, en estos y estas menores trans*?

Evidentemente, el acoso tiene implicaciones muy negativas. Sin embargo, al menos desde la experiencia de Chrysallis, el número de casos de acoso en los que hayamos tenido que interponer una denuncia no es significativo. En nuestro caso, lo que nos hemos encontrado es que, si reaccionas rápidamente, utilizas la mediación con el centro y las familias afectadas y, sobre todo, ofreces información y formación para atajar esta discriminación, la comunidad educativa responde positivamente y el acoso cesa.

También es cierto que nosotras somos una asociación que no dejamos a ninguna familia sola. Estamos muy atentas ante el mínimo signo de alarma, para frenar el problema cuando aún es incipiente, de una manera muy asertiva; y siempre dejando muy claro que los comentarios que atentan contra la identidad de una persona no son cosas nimias ni “de criaturas”. La transfobia no se ha de tolerar, ni la de baja ni la de gran intensidad. Y la educación, así como las relaciones institucionales eficientes, son herramientas clave para atajarla.

 

¿Os habéis encontrado alguna vez un caso de ciberacoso por transfobia en centros escolares?

Sí, especialmente entre adolescentes, y ha consistido principalmente en la recepción de mensajes no deseables, enviados por compañeros y compañeras, a la persona menor trans* a través de mensajería instantánea (WhatsApp). Sin embargo, hago hincapié de nuevo en que, dado que la mayoría de estas menores estaban acompañadas por sus familias, se ha podido detectar la situación en la mayoría de los casos, lo que nos ha permitido reaccionar y solucionar la situación con las afectadas y el centro escolar sin grandes barreras.

 

¿Es importante, por lo tanto, el papel que juega el profesorado en la experiencia que tiene el alumnado a la hora de asimilar con normalidad las transexualidades en las aulas? ¿Por qué?

El papel del profesorado es fundamental. El problema es que falta mucha información y formación. Al fin y al cabo, en las carreras de docencia no se trabaja el tema de la diversidad sexual, ya no solo de la identidad de género, sino de la diversidad en general. Tampoco a día de hoy se incluye de manera obligatoria en el currículo, ni se forma al profesorado sobre cómo implementar los protocolos existentes en la temática (si es que existen). De hecho, gran parte de nuestro trabajo como asociación es ir a los centros educativos a ofrecer formaciones al respecto, para mostrar a la comunidad educativa como implementar estas normativas.

Por lo tanto, si el profesorado no recibe formación al respecto -y el tema no se trabaja en las aulas- es muy difícil hacer prevención al respecto, conseguir que el alumnado tenga información acerca de la diversidad sexual (y la viva con normalidad), saber acoger a una persona transgénero en clase, asegurarle un entorno seguro, o tener las aptitudes necesarias para detectar y frenar un caso de transfobia. Además, es un tema complejo, al estar muy estigmatizado a nivel social y, por tanto, tratarse todavía sin normalidad. Prueba de ello es que los centros en los que hemos impartido formaciones, nos han pedido que extendiéramos y ampliáramos nuestros talleres para poder trabajar la temática un poco más en profundidad con el alumnado (al no tener el profesorado, herramientas para hacerlo).

En general, de hecho, la respuesta del profesorado es tardía, y, además, suelen aducir a que es “la persona trans* la que ha de dar tiempo a que el entorno se habitúe”, y “que es normal que al principio el alumnado no lo entiendan”, etc. Y nosotras decimos que no: basta ya de cargar la responsabilidad del tránsito social de una persona trans* únicamente sobre sus hombros. La responsabilidad es de toda la sociedad. Quién tiene el problema no es la persona trans* sino la persona que ignora la diversidad sexual existente.

 

¿Crees que Internet juega un papel importante a la hora de facilitar información y espacios para compartir e intercambiar vivencias, etc. a las personas trans* y sus familias?

Creo que Internet, y las redes sociales en general, juegan un papel muy importante e incluso positivo a la hora de visibilizar los derechos de las personas trans*. No obstante, es crucial saber cómo filtrar la información, especialmente en el caso de menores trans*. Nosotras hemos podido descubrir grandes referentes para nuestros hijos e hijas, como es el caso de algunas YouTubers, entre estas la cómica Elsa Ruíz o los hermanos Ocón Zayas “Twins brothers”. Sin embargo, también hay mucho contenido que puede ser malinterpretado o suponer una influencia negativa para menores trans*, de igual manera que los hay para menores cis. Por ejemplo, de personas que ni siquiera son trans* y/o que alimentan falsos mitos. En definitiva, creo que es una herramienta útil y positiva, si el uso que se hace de ella es adecuado y el contenido que se visita, fiable.

 

¿Crees que esta exposición de activas trans* en las redes, les empodera o vulnerabiliza?

En mi opinión, si estas personas toman la decisión de exponerse, es porque saben cuáles son los riesgos. El ciberacoso existe y se da contra todo tipo de colectivos, y aunque las personas trans* saben que –por la discriminación histórica que han sufrido– probablemente compartir sus opiniones en las redes las puede llevar a recibir mensajes de odio, no por ello han de esconderse. Tienen derecho a ocupar los espacios virtuales al igual que cualquier otra persona, de lo contrario, las estaríamos estigmatizando aún más.

Esto no implica que no haya que perseguir a las personas que cometen delitos de odio.  Sin embargo, lo que vemos a día de hoy es que la ley se está utilizando para cualquier cosa menos para señalar y sancionar a aquellos que incitan al odio contra colectivos como el trans*. En cualquier caso, creo que estos activistas deben seguir defendiendo sus opiniones de manera pública, y no ocultarse por miedo a ser víctimas de contenidos de odio. Y es lo que están haciendo, son personas muy valientes.

 

¿Dirías que este acoso está alimentado en algunos casos por el discurso de odio que comparten algunos individuos y organizaciones en la calle y en las redes sociales?

Desde luego que sí. Últimamente, con la emergencia de la extrema derecha, estamos viendo como se está extendiendo un discurso LGTBfóbico que quiere volver a imponer lo heteronormativo. Y, desgraciadamente, aunque se trata de un discurso falaz, basado en muchas ocasiones en información totalmente falsa, dada su simpleza es un discurso que cala y se viraliza.

Al fin y al cabo, no hay nada más difícil que desaprender para volver a aprender. Para entender la diversidad sexual existente, primero hemos de deconstruirnos, pues el cisheteropatriarcado nos ha educado en el binarismo. De hecho, las personas que apoyan ese tipo de discurso, antes de poder entender esta diversidad, deberían aceptar la deconstrucción de todo un constructo social que lleva milenios defendiendo como natural la heteronorma. Y esto es muy difícil. Por ello, somos conscientes de que siempre habrá grupos de la sociedad que se resistirán a aceptar esta diversidad.

Sin embargo, una cosa es ser consciente de estas resistencias, y otra, no hacerles frente. Sobre todo, porque si no se frena a estas fuerzas ultraconservadoras, al final van a acabar poniendo en riesgo no el avance de los derechos de las personas, sino todo lo que se ha conseguido hasta ahora. Porque lo que estos grupos proponen supone, sin duda alguna, un retroceso en los derechos humanos y fundamentales de todas las personas.

 

Finalmente, ¿te gustaría destacar el trabajo de alguna asociación que esté trabajando por los derechos de las personas trans* en Catalunya?

En primer lugar, me gustaría destacar el trabajo de Trànsit, un servicio de atención a la salud sexual y reproductiva del Institut Català de la Salut, así como el trabajo de asociaciones de personas trans* adultas, como es el caso de Generem!, asociación que trabaja por dar a conocer las realidades de las diferentes identidades y expresiones de género de las personas; o de ACATHI, que trabaja para que las personas migradas se empoderen, conozcan sus derechos y eviten la autovictimización. A mi entender, organizaciones que realizan un trabajo excepcional por los derechos de las personas trans*.

 

Entrevista realizada por Almudena Díaz Pagés

 

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