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¿Cómo librarse de los prejuicios? Algunas claves para “desaprender” el odio

03/12/2019 - 08:01 h

Actualidad. Entender por qué el ser humano actúa en tantas ocasiones de manera intolerante es clave para diseñar estrategias más eficaces y realmente transformadoras.

El pasado mes de octubre se estrenó la nueva serie documental producida por Steven Spielberg, “Why We Hate” (“¿Por qué odiamos?”). La serie, de seis capítulos, pretende entender por qué los seres humanos odiamos, y lo hace desde distintas disciplinas, que incluyen la psicología, la antropología, la sociología y la ciencia cognitiva, entre otras. Igualmente importante, esta serie explora qué puede hacer el ser humano para contener y luchar contra esta emoción llamada odio.

Más allá del interés que pueda suscitar esta serie documental, acierta al partir de la idea de que es imprescindible realizar una aproximación a la lucha contra la intolerancia y el odio desde multitud de disciplinas. Entender por qué el ser humano actúa en tantas ocasiones de manera intolerante es clave para diseñar estrategias más eficaces y realmente transformadoras. Así, son muchas las disciplinas que aportan nuevos datos y perspectivas, cada una de ellas insuficiente por sí misma, pero, al mismo tiempo, imprescindible para una comprensión lo más completa posible de este fenómeno. Si bien es inevitable que cada disciplina ponga el foco en su área de interés, es importante no perder de vista esta multiplicidad de explicaciones, causas, y razones para entender el porqué de esta emoción universal.

 

La psicología y el estudio del prejuicio

Gordon Allport, destacado psicólogo estadounidense, publicó en 1954 “La naturaleza del prejuicio”, a día de hoy considerado un clásico del estudio del estereotipo y el prejuicio y que supuso un cambio fundamental en las ideas de la época en torno a los prejuicios. En su obra, Allport pone el foco en los procesos cognitivos presentes en la formación de estereotipos y prejuicios. Es decir, se centra en entender el funcionamiento de la mente. Tal y como señala el manual Psicología del Prejuicio y la Discriminación en su repaso por las distintas aproximaciones y teorías, a partir de los años 80 toma fuerza la visión del prejuicio como el resultado inevitable y cotidiano de procesos mentales normales, y es la concepción que, en psicología social, llega hasta nuestros días.

En un paso más allá, algunos investigadores se han centrado estos últimos años en las partes del cerebro y los mecanismos neuronales del estereotipo y el prejuicio. Este campo pone el foco en qué partes del cerebro se activan (como la amígdala, el córtex, etc.) ante determinados estímulos, en muchas ocasiones sin ser conscientes de ello.

Por otra parte, las denominadas teorías evolutivas ponen el foco en el hecho de que genéticamente el ser humano está preparado para reaccionar de una determinada manera ante lo que percibe como una amenaza para defenderse de grupos externos, algo aprendido hace millones de años y que le lleva a rechazar aquél que percibe como miembro de un grupo externo al propio.

Al hablar de mecanismos automáticos, o de genética, podría concluirse que los prejuicios son, por tanto, algo inherente al ser humano y, en consecuencia, aceptable. Nada más alejado de la realidad. Es imprescindible recalcar que todas estas aproximaciones desde la psicología confirman también que nada de ello es inamovible.  El hecho de que, por ser mecanismos automáticos, los prejuicios sean inevitables, no implica que esta manera de pensar no pueda cambiarse. Al contrario, el ser humano tiene la posibilidad de modificar no solo comportamientos, sino también mecanismos aprendidos, incluso los automáticos.

 

Sobre los prejuicios y la autorregulación: la importancia de ponernos ante el espejo

Es más difícil desintegrar un átomo que un prejuicio”, afirmaba Albert Einstein. Y no le faltaba razón. De hecho, es difícil desmontar algo de lo que en ocasiones ni siquiera tenemos consciencia o que se produce de manera automática. Esto es lo que ocurre con los sesgos o prejuicios implícitos: se activan de manera automática, sin que la persona -incluso la que tiene unos principios igualitarios- sea consciente de ello. El Proyecto Implicit visibiliza los sesgos implícitos que tiene el ser humano, a través de tests de asociación implícita que realizan los participantes, en los que se mide el tiempo que tarda el participante en asociar imágenes y/o palabras. Por ejemplo, asociar las palabras “femenino” y “masculino” con otras relacionadas con las ciencias exactas y las ciencias sociales. O, asociar imágenes de rostros negros y blancos con palabras positivas y negativas.

¿Qué hacer, entonces? Muchos estudios demuestran que es posible controlar y reducir estos sesgos  implícitos y limitar su influencia mediante lo que se conoce como autorregulación de los prejuicios. El primer paso es que exista una motivación para autorregularse, bien sea interna (por los principios o creencias personales), o externa (por ejemplo, derivada de las normas sociales o del miedo al rechazo de otros). En el momento en que se activa un prejuicio, se produce un choque entre el pensamiento o conducta de esa persona, y los estándares que tiene (bien personales, sociales, o ambos).  Solo cuando la persona se da cuenta de ese choque o discrepancia puede intentar autorregular y corregir sus sesgos automáticos.

El problema es que no existen métodos o estrategias de autorregulación que sean infalibles. Algunos son incluso contraproducentes, como por ejemplo estrategias dirigidas a la supresión de pensamientos determinados sobre estereotipos, pues se ha demostrado que producen un efecto rebote.

En cambio, varios estudios indican que cuando una persona toma consciencia de la discrepancia entre sus valores personales (igualitarios) y sus reacciones (pensamientos, emociones, o conductas que se producen por la activación no deseada de un prejuicio) tenderá a realizar un “esfuerzo compensatorio”. Es decir, cuando la persona tiene una reacción provocada por la activación automática de un prejuicio, y se da cuenta de que no es la reacción que de ella misma esperaría, esto le provoca una experiencia de fracaso. Esta sensación de fracaso o culpa hace que la persona almacene esa experiencia como una “señal” para alertar al cerebro de que se va a activar un prejuicio. También hay indicios de que ese sentimiento fracaso que siente la persona por no haber conseguido su meta (el comportamiento al que aspira, el que cree correcto) hace que se activen sistemas internos que inhiben la activación automática del prejuicio.

No obstante, no hay resultados concluyentes, en especial con respecto a cómo conseguir “desautomatizar” esta activación de prejuicios, por lo que es necesaria más investigación en estos campos. También hay investigaciones que señalan que los prejuicios o estereotipos implícitos no se deben solo a procesos cognitivos internos, sino que la cultura juega un papel muy relevante. Lo que queda claro es que, como primer paso, es importante tomar conciencia de nuestros propios prejuicios. Sin esta primera premisa, no habría reducción de los prejuicios implícitos posible.

 

Nuestro cerebro, programado también para la cooperación

Tal y como se señalaba al inicio, no hay una pieza del puzle que sirva para explicar por sí sola el origen y funcionamiento de los prejuicios, como no hay tampoco una pieza que sirva por sí sola para luchar contra la intolerancia y el odio. Todas las disciplinas pueden y deben contribuir de distintas maneras a construir una sociedad abierta e igualitaria.

Lo que sí parece claro es que comprender de dónde viene el prejuicio, la intolerancia y el odio es ya, per se, un paso fundamental en la lucha contra ello. Sin entender su naturaleza, difícilmente podrán diseñarse estrategias y campañas que tengan un impacto real y transformador. En la misma línea, tomar conciencia de nuestros propios prejuicios (así como de nuestros privilegios) y confrontarlos es imprescindible para avanzar en la lucha contra el odio.

Steven Spielberg, hablando del documental “Why We Hate”, dice que los seres humanos “podemos desaprender el odio tan rápido como lo adquirimos. Independientemente de si la velocidad y la facilidad es la misma para este necesario proceso de desaprendizaje, no podemos perder nunca de vista la capacidad del ser humano de cambiar y decidir. El cerebro humano es flexible, plástico, y cambiante. Es cierto que tenemos mecanismos automáticos de los que a menudo no somos conscientes, pero nuestro cerebro también está “programado” para la cooperación y para la empatía con otras personas.

 

Artículo escrito por Laia Tarragona Fenosa

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