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Drets de Ciutadania i Diversitat

Enrique Javier Díez Gutiérrez

30/10/2019 - 08:15 h

Entrevistas. “Para combatir la política de las emociones de la ideología neoliberal, debemos fortalecer la autonomía del pensamiento y de la crítica”

Enrique Javier Díez Gutiérrez es ensayista y profesor Titular de la Facultad de Educación en la Universidad de León. Doctor en Ciencias de la Educación y especialista en organización educativa, ha escrito varios libros sobre el impacto de la globalización en la educación. Actualmente desarrolla su labor docente e investigadora en el campo de la educación intercultural, el género y la política educativa, además de colaborar con diversos medios de comunicación. Le entrevistamos con motivo del Día Internacional por la Erradicación de la Pobreza, para explorar la relación entre neoliberalismo, racismo y aporofobia.

 

Ante la conmemoración del Día Internacional por la Erradicación de la Pobreza, nos gustaría preguntarte acerca de uno de los principales discursos que recogemos en esta web: el discurso de odio aporófobo. ¿Qué es para ti la aporofobia y qué lugar crees que ocupa en nuestra sociedad?

La aporofobia es una manifestación del capitalismo neoliberal dominante que consiste en reflejar odio o rechazo hacia la persona pobre, a la que se responsabiliza y culpabiliza de su situación. Como sociedad, deberíamos estar analizando las causas y señalando a las personas responsables de este modelo que expulsa y excluye a una parte significativa de la población: en España hay 13 millones de personas pobres, un desempleo estructural superior al 15% y crecientes niveles de precariedad y de trabajadores pobres en todos los sectores y grupos sociales. En la Unión Europea hay 120 millones de personas pobres y la distribución de la riqueza en el mundo cada vez se concentra en menos manos.

Pero, en vez de ello, la ideología neoliberal alienta el rechazo al pobre convirtiendo a las propias víctimas en culpables y responsables de su situación, porque “no se han esforzado lo suficiente para triunfar”.  Esta ideología de la competición y el “éxito” no solo sirve para impedir la posibilidad de dar soluciones colectivas a problemas sociales, sino que sirve también para desplazar el conflicto social hacia un conflicto personal, interiorizando el fracaso por no haber conseguido determinados “éxitos”. Estos aspectos de la ideología neoliberal erosionan los vínculos sociales de solidaridad y reciprocidad social, generando la desconfianza, o incluso el resentimiento o el odio hacia los pobres, “que son perezosos”; hacia los refugiados, “que son una carga”, o hacia los inmigrantes, “que quitan el trabajo”.

Así pues, no se desprecia al extranjero por serlo. Como ya se ha dicho muchas veces, a los príncipes de Arabia Saudí se les pone una alfombra roja cuando llegan a sus mansiones en Marbella. Ni tampoco se llama inmigrante a cualquier extranjero: a los futbolistas, al igual que a la reina Sofía –que es griega–, les denominamos “extranjeros”. Inmigrante se reserva para las personas empobrecidas por el sistema. Es un racismo de clase social.

 

En línea con la anterior pregunta, ¿podrías explicar cómo se relacionan, desde tu punto de vista, los discursos aporófobo y neoliberal?

La ideología neoliberal implica la transformación de nuestras relaciones y prácticas sociales en cálculos e intercambios. Por eso, en un modelo de competencia generalizada y del “sálvese quien pueda”, el otro se aprende a percibir, ante todo, como un obstáculo o una amenaza: como el enemigo. Se afianza el “principio de crueldad ligado a la disminución de la empatía”: el otro es desechable y prescindible, y nuestros destinos no tienen nada en común.

En este contexto, el modelo transmite que los servicios públicos promueven la irresponsabilidad, la falta del aguijón indispensable de la competencia individual. El subsidio del paro y las ayudas sociales, se afirma, mantienen a la gente dependiente del Estado, desmoralizan y destruyen las virtudes de la sociedad civil, desincentivando el esfuerzo. Para este modelo no hay más que una solución: la supresión del Estado del bienestar, obligando a las personas a asumir sus responsabilidades y tomar las riendas de su destino.

Se sucede así, en definitiva, un vuelco de la concepción, dejando de concebir a las personas empobrecidas como un producto de su entorno socioeconómico; y pasando a considerarlas, por el contrario, responsables de sus elecciones. Los problemas económicos son reducidos a problemas de “libre elección” personal: por eso en vez de llenarse los sindicatos ante el paro y la precariedad, están llenas las consultas psiquiátricas y se triplica el consumo de psicofármacos y manuales de autoayuda. Esta “filosofía de la libertad”, hace recaer la responsabilidad del cumplimiento de los objetivos vitales únicamente en la persona.

 

Has escrito mucho sobre la relación entre la globalización neoliberal y la educación: ¿de qué manera ha impactado el discurso neoliberal en la educación? ¿A través de qué medios se ha trasmitido este discurso?

El neoliberalismo se ha convertido en el “telón de fondo” de los ajustes de la política educativa a nivel mundial, que no se limitan ya al mero recorte en la asignación de recursos o a su privatización, sino que afectan, además, a los núcleos centrales del ideario educativo y a las políticas pedagógicas.

Con el argumento de que la educación debe atender a las demandas sociales, se acepta que las inversiones en educación, así como los currículos, deban ajustarse a las exigencias del mercado de trabajo. El papel público de la educación como campo de entrenamiento para la democracia y para la ciudadanía democrática ha pasado a considerarse como un despilfarro del gasto público. Ahora vemos como los contenidos “estrella” ya no son la educación para la igualdad o para la ciudadanía, sino el emprendimiento, el bilingüismo, el coaching educacional o las evaluaciones estandarizadas para conseguir estar en lo alto de los rankings educativos.

Todo ello viene reforzado mediante estrategias de selección y segregación, como el endurecimiento de las exigencias para aprobar, la consolidación de itinerarios o ramas paralelas según “capacidades” a edades cada vez más tempranas, la creación de “centros de excelencia” diferenciados, etc. Sin olvidar, por supuesto, la extensión de los conciertos o subvenciones a la enseñanza privada; la ampliación de los criterios de los centros concertados para seleccionar a su alumnado; el establecimiento de mecanismos para financiar públicamente más tramos de la enseñanza privada como la educación no obligatoria; o las desgravaciones fiscales para quienes lleven a sus hijos e hijas a colegios privados.

En conjunto, todos estos cambios están suponiendo una mutación en la concepción del derecho a la educación que pasa de ser entendida como una causa social, a concebirse como un imperativo económico al servicio de la economía y de su competitividad. Las nociones de igualdad, emancipación y democracia han sido remplazadas por un discurso de excelencia, autonomía financiera y reducción de costes.

 

Por lo tanto, ¿crees que la irrupción de este discurso ha impactado también en los valores sociales, por ejemplo, dando más importancia a elementos como el individualismo en vez de la solidaridad?

Efectivamente. Nos están enseñando a concebir la educación fundamentalmente como una inversión que asegure un mejor futuro laboral y mejores puestos en la escala social, no como un derecho social que la comunidad debe asegurar. Es lo que se conoce como la “pedagogía del egoísmo”, y es el eje educativo del neoliberalismo.

Se está produciendo así una suerte de revolución individualista que “normaliza”, naturaliza e incluso exalta las posiciones ideológicas del “egoísmo” como una virtud. Entroniza el interés propio, la competitividad y el triunfo como pasaporte hacia el bienestar y la felicidad individual, en un contexto que define las relaciones humanas como una jungla de lucha constante y selección darwinista. Toda posibilidad de proyecto comunitario, basado en los derechos humanos, la equidad y la justicia, queda desplazado o arrinconado en el imaginario de lo utópico o hipotético.

 

En línea con tu anterior argumento ¿dirías que, debido a esta integración de la ideología neoliberal en nuestro imaginario social, la sociedad civil española es, hoy por hoy, menos solidaria y empática que antes?

A pesar de este proceso de “socialización” constante y omnipresente que nos bombardea a través de todos los medios, la verdad es que no, no creo que seamos menos solidarios. Hoy, resistirse al capitalismo neoliberal se ha convertido en algo casi revolucionario y son muchas las personas y colectivos solidarios, que luchan por un mundo más justo y mejor: hay todo un movimiento de solidaridad, apoyo, cuidado, atención y capacidad de compartir, que alienta y da vida a este tipo de relaciones sociales.

Desde las pensiones que ayudan a las familias y a generaciones de nietas y nietos en paro o los colectivos sociales que paran desahucios, hasta las y los jóvenes que se manifiestan en defensa del feminismo o contra el cambio climático. Son cientos los proyectos alternativos agroecológicos, comunitarios, de economía social y solidaria, anticapitalistas y antipatriarcales, que están emergiendo y generando propuestas en muchísimos rincones del planeta. Pero eso no es noticia.

El problema es que los modelos asfixiantes que se difunden no dejan apenas espacio para que se conozcan y se “viralicen” otras formas de concebir y vivir el mundo que no sean las establecidas por ese pensamiento único. Al fin y al cabo, no podemos olvidar que los grandes “educadores” de nuestros días, son los medios de comunicación (la televisión, la radio, la prensa, los videojuegos, YouTube, el Reggaeton, etc).

 

Volviendo de nuevo al discurso de odio ¿crees que existe alguna relación entre la penetración del discurso neoliberal con el auge actual del neofascismo en Europa y el mundo?

Totalmente: el fascismo radicaliza los valores conservadores y neoliberales para atraer y canalizar el enfado de clases medias, trabajadoras y populares que se sienten abandonadas e indefensas ante las políticas europeas de austeridad.  Creo que este fascismo -que está volviendo a asentarse en Europa y en todo el mundo- no tiene nada de antisistema; es, en realidad, un tipo de discurso autoritario, antielitista y profundamente neoliberal, teñido de aspectos y elementos conservadores (banderas, himnos, símbolos, etc.).

Además, estos movimientos rechazan, por supuesto, toda forma de organización colectiva (organizaciones sociales, sindicatos, partidos políticos, etc.) que demande derechos sociales y justicia. Y contra estas, se alienta el mesianismo de los “líderes autoritarios”, como salvadores en quien confiar ciegamente.

En el tablero diseñado por el neoliberalismo, el fascismo cumple una función clave: la de ocultar las raíces reales de la injusticia social y la crisis para, de esta forma, neutralizar la posibilidad de que se cuestione la responsabilidad en la misma de las élites económicas y financieras. Lo que hace la extrema derecha es sembrar la discordia entre los perdedores del modelo neoliberal, fomentando, por una parte, el orgullo de sentirse superior y, por otra, canalizando la ira popular hacia los colectivos más vulnerables.

Esto está llevándonos, además, a la derechización táctica del centro, como podemos ver en el hecho de que gran parte de los postulados de la extrema derecha están siendo asumidos por la derecha y los liberales, e incluso por la socialdemocracia, especialmente en cuanto a las políticas migratorias y represivas en materia de derechos y libertades. Este hecho está viniendo acompañado de la construcción de un imaginario colectivo, amplificado por los medios de comunicación, que sitúa a todo movimiento progresista de izquierdas -como si fuera el otro extremo de la ecuación- en la “extrema izquierda”.

El objetivo es, en definitiva, que el centro del tablero político quede redefinido por el conservadurismo y el neoliberalismo, convirtiéndose estas, automáticamente, en las opciones de centro supuestamente “moderadas y responsables”.

 

Teniendo en cuenta la relación entre el discurso aporófobo y los discursos anti-migración ¿cuáles crees que pueden ser las consecuencias del aumento de estos discursos para las personas migrantes, demandantes de asilo y refugiadas que llegan a nuestro país?

Muchas. Actualmente, de hecho, estamos asistiendo a un resurgimiento del racismo institucional que apunta al inmigrante como chivo expiatorio de la crisis económica que vivimos. El fantasma de la xenofobia resurge por toda la geografía europea, no solo entre los gobiernos conservadores, sino también entre los partidos socialdemócratas y liberales, que compiten hoy por blindar fronteras (con alambradas, cámaras térmicas, sensores de movimiento, muros y concertinas) e incrementar políticas de rechazo a la migración.

En España, por ejemplo, la ultraderecha ha cosechado sus mejores resultados electorales y accedido al parlamento nacional con un discurso abiertamente racista. En Europa, se ha consolidado también la presencia de estos discursos en el Parlamento Europeo, a través de reivindicaciones de derechos para los nuestros o para recuperar nuestros “estilos de vida”. Es decir, la defensa de la identidad cultural propia supuestamente amenazada por “los otros”. Y, mientras tanto, de los migrantes del “Sur” lo único que debe esperarse es que acepten trabajos en aquellos sectores laborales tediosos, agotadores o con connotación de inferioridad social, rechazados con frecuencia por los residentes locales.

En resumen: la gestión de la migración se ha centrado en el reclutamiento de las personas migrantes necesarias y convenientes, lo que implica el rechazo o la devolución de quienes no entran en esa categoría. Se construye así un imaginario colectivo y social del migrante como mano de obra barata.

 

¿Por qué crees que estos discursos calan en la sociedad civil?

Creo que el discurso neoliberal cala en la sociedad porque, como señalaba antes, ha ganado la batalla ideológica: se ha presentado como la elección “más racional”, “la más eficaz”, la “más neutral”. De hecho, se niega a sí misma como una ideología, defendiendo que es un modelo “que no es ni de derechas ni de izquierdas”.

Por otra parte, también creo que lo tenemos tan interiorizado, que se nos hace muy difícil romper con esta supuesta “racionalidad neoliberal, supuestamente elegida libremente”. Como dice Howard Zinn, nuestro problema no es la desobediencia civil sino la obediencia y la sumisión e interiorización del modelo. Gracias a esta, multitud de personas en todo el mundo han obedecido los dictados de los y las líderes de sus gobiernos, y han aceptado políticas de ajuste y tratados de comercio que nos han saqueado nuestros recursos y nos han conducido a la pobreza, al hambre, a la guerra, e incluso, como está sucediendo ahora mismo con nuestras políticas de migración, a la crueldad. Por eso, la eficiencia de este sistema reposa fundamentalmente en el proceso de interiorización colectiva que asume ampliamente la lógica del sistema, que se adhiere “libremente” a lo que se le induce a creer.

 

¿Cómo crees que podemos, entonces, desactivar estos discursos?

Si queremos superar la ideología neoliberal debemos combatir la pedagogía del egoísmo que la nutre, no solo en la escuela sino a través de todos los medios de educación formal y no formal a nuestro alcance. Igualmente, hemos de fortalecer la autonomía del pensamiento y de la crítica, para combatir la posverdad y la política emocional característica de la ideología neoliberal.

A la vez, claro está, se han de frenar las políticas de recortes sociales, poner coto a los beneficios y a los paraísos fiscales, y pedir cuentas del rescate de los bancos y fondos financieros; con el fin de establecer medidas que realmente conduzcan a un Estado Social y de Bienestar a escala global, que tenga en cuenta los límites de nuestro planeta.

No podemos seguir siendo indiferentes ni “obedientes” ante la pobreza y el hambre, ante la guerra y la crueldad, ante la insolidaridad y el egoísmo brutal, ante el saqueo del bien común ni ante la intolerancia. La verdadera munición del capitalismo no son las balas de goma o el gas lacrimógeno: es nuestro silencio y complicidad con el modelo.

 

¿Qué papel juega la educación en la prevención y la difusión y afianzamiento de estos discursos?

Hemos de deconstruir el pernicioso y nefasto modelo educativo neoliberal que se está infiltrando en la escuela. Replantearnos cuáles son las finalidades fundamentales de la educación: ¿para qué queremos educar a las futuras generaciones? ¿Para que sean felices y construyan un mundo más justo y mejor, y aprendan a convivir con los demás y a respetar la naturaleza? ¿O para que sean “triunfadoras” en la especulación financiera y acumulen dividendos en paraísos fiscales?

Al “neoliberalismo desigualitario” que nos inunda hay que ponerle freno ya, y para ello, hemos de seguir reclamando una red pública educativa única, inclusiva, laica y feminista, que garantice el derecho a la educación de todos y todas, que cubra las necesidades de plazas escolares públicas de todo el conjunto de la población (y con la suficiente calidad), para que toda la población pueda recibir el máximo posible de oportunidades en su aprendizaje y desarrollo personal y profesional. Nos jugamos el futuro de nuestros hijos e hijas, y el de la sociedad en su conjunto.

 

Entrevista realizada por Almudena Díaz Pagès el 11 de octubre de 2019

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