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El auge de los partidos de extrema derecha ha ido acompañado de un incremento de discursos de odio de carácter xenófobo que ponen en el punto de mira a la inmigración.

Alrededor de 70 millones de personas en todo el mundo habían abandonado forzosamente sus hogares en junio de 2017, según refleja el informe de tendencias globales del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados – ACNUR. Este fenómeno ha tenido un impacto especialmente evidente en Europa, que en especial desde 2015, vive la conocida “crisis migratoria en el Mediterráneo”, que cada día nos muestra imágenes de personas que arriesgan su vida para llegar a Europa en busca de refugio, asilo y/o una vida mejor.

Según el último informe de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado – CEAR, estos desplazamientos se realizan habitualmente en condiciones de grave riesgo para la vida e integridad de quienes se ven obligados a huir. Sólo en 2017, miles de personas fallecieron en las rutas migratorias; de ellas, al menos 3.139 murieron en el Mediterráneo.

Las personas que sí logran llegar a Europa, tampoco lo tienen fácil. “Las políticas de impermeabilización de fronteras adoptadas por los países y regiones enriquecidas, como la UE”, según denuncia CEAR en el informe antes mencionado, dificultan la acogida de personas refugiadas y solicitantes de asilo, que en muchos casos acaban en campos de refugiados de manera indefinida, a la espera de una solución. A ello se suman otras dificultades añadidas, como son, por ejemplo, el auge de un discurso de odio xenófobo (prejuicio, odio o miedo hacia personas de otros países o culturas) enfocado en la inmigración, que desde hace años crece en toda Europa.

 

La extrema derecha y el discurso xenófobo

El Informe 2016/17 de Amnistía Internacional sobre la situación de los derechos humanos en el mundo durante el 2016 –año posterior al repunte de la crisis de refugiados en Europa– ya alertaba que los mensajes y movimientos populistas habían irrumpido en el discurso dominante, que los políticos de toda la región estaban sacando provecho de un sentimiento generalizado de “marginación e inseguridad” entre la ciudadanía, y que pese a que los blancos de estos ataques dialécticos eran muy diversos –las élites políticas, la UE, la inmigración, los musulmanes, la prensa y la amenaza constante del terrorismo– el principal objetivo fueron las personas refugiadas.

El auge de los partidos de extrema derecha europeos –según afirma el politólogo Daniel Oesch en un estudio comparativo de los contextos de Austria, Bélgica, Francia, Noruega y Suiza– responde a tres factores principales: factores económicos, vinculados a la crisis económica pero canalizados hacia un discurso de competencia con las personas inmigrantes en el mercado de trabajo y también al temor a que este colectivo absorba las prestaciones del Estado del Bienestar; factores culturales, asociados a la percepción de la inmigración como una amenaza a la identidad del país de acogida; y, un tercer factor que Oesch asocia al debilitamiento de las lealtades políticas tradicionales ante la crisis de legitimidad democrática y hacia los partidos políticos tradicionales.

Una de las claves de este crecimiento, según opina el eurodiputado de Podemos, Miguel Urbán, en una entrevista en el diario Público, se debe a que los partidos de extrema derecha “han sabido readaptarse y reconvertirse en partido protesta, antiestablishment”.  Por otro lado, subraya las diferencias entre la extrema derecha europea, que clasifica en tres familias: la que se podría calificar como neofascista, y que incluiría partidos como Amanecer Dorado en Grecia o Jobbik en Hungría; la derecha radical-conservadora de partidos como Ley y Justicia de Polonia, que se caracteriza por el conservadurismo moral y religioso y, por último, los partidos nacional-populistas, que se caracterizan por un discurso marcadamente xenófobo, como puede ser el Frente Nacional francés de Le Pen, el Alternativ fuer Deutschland (AfD) en Alemania, el Partido Popular Danés (DF), los Demócratas Suecos o el FPÖ austríaco.

Urbán señala, en este sentido, a las políticas migratorias de la UE como “estímulo” del discurso xenófobo antiinmigración de la extrema derecha: “En los últimos 20 años la Unión Europea se ha dedicado a legislar contra la inmigración como un problema, de tal manera que ha estigmatizado a la población migrante provocando el siguiente hilo discursivo: si tengo que legislar para protegerme del inmigrante, es que muy bueno para mi sociedad no es”.

 

La “exterioridad” de la inmigración

Aitor Hernández-Carr, profesor asociado del departamento de Derecho Constitucional y Ciencia Política de la Universidad de Barcelona, sugiere en su artículo La derecha radical populista en Europa: discurso, electorado y explicaciones, que la clave de este discurso, y la base para su explotación política por parte de la extrema derecha, está en que proclama la “exterioridad” de los inmigrantes respecto al grupo mayoritario y no, como hacía el racismo biológico, a su inferioridad.

Una exterioridad que marca tanto la no pertenencia de esta población a la comunidad nacional como la supuesta existencia de “profundas diferencias (culturales) respecto a la población mayoritaria”. Asimismo, “el mantenimiento de las diferencias y la separación entre culturas se presentan como algo necesario (para evitar la homogeneización cultural y evitar conflictos) y propio de la naturaleza humana (los individuos tienden a ser más solidarios con los de su grupo y a mostrar más hostilidad con los otros grupos).”

  

Discurso de odio contra la inmigración en Internet y en los Medios

Según el 3r informe de monitoreo de la Comisión Europea sobre el Código de Conducta para la lucha contra el discurso de odio ilegal en la Red, la etnia, la religión y la nacionalidad son las principales razones que motivan el discurso de odio en internet en Europa; en concreto, según datos recogidos a finales de 2017, un 17 % de los mensajes van dirigidos contra minorías étnicas, seguido de cerca por los mensajes con contenido islamófobo, que suponen un 16 %, prácticamente la misma proporción que en el caso de los mensajes xenófobos, donde el foco se dirige directamente contra las personas migrantes y refugiadas, que asciende a un 16% de los mensajes.

Si nos fijamos en el estado español, y en este tipo de discursos en los medios de comunicación, según explicó la Red Acoge a #BCNvsOdi, a raíz de la crisis de migrantes en el Mediterráneo se evidenció una evolución del tipo de tratamiento que se daba a las noticias sobre este tema; inicialmente los medios de comunicación manifestaron empatía y preocupación por la situación de vulnerabilidad y de derechos humanos hacia el colectivo de personas solicitantes de asilo o refugiadas, que contrastaba fuertemente con el enfoque negativo que se daba a las noticias sobre personas migrantes en general. No obstante, con el paso de los años, esta empatía hacia las personas refugiadas no sólo desapareció de manera mayoritaria, sino que, a menudo, los medios de comunicación confunden los conceptos de personas migrantes y refugiadas.

 

Consecuencias del discurso de odio: de la realidad virtual a las tres dimensiones

En 2016, el proyecto An overview of hate crime and hate speech in 9 EU countries examinó las experiencias de las personas que habían sufrido delitos y agresiones motivadas por el odio y los prejuicios. Los resultados muestran que la percepción general registrada entre los encuestados, con pocas excepciones, es que la situación con respecto a la discriminación y los incidentes de odio está empeorando en toda Europa.

Según Anne Brasseur, embajadora del movimiento No Hate Speech del Consejo de Europa, el discurso de odio incrementa el sufrimiento de las personas refugiadas, pone en riesgo su integración e impide el debate alrededor de soluciones factibles en el interior de las comunidades. “Odiar y multiplicar las miserias y preocupaciones o simpatizar y tender una mano, esta es la decisión que todas las personas, como miembros de la sociedad y como seres humanos, debemos tomar”.

Así lo indica también la Segunda encuesta sobre minorías y discriminación de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), publicada en diciembre de 2017, que asegura que los inmigrantes, los descendientes de inmigrantes y los grupos étnicos minoritarios que han sido objeto de discriminación muestran niveles significativamente más bajos de confianza y se sienten menos apegados al país en el que viven. Por lo tanto, la incitación al odio es un obstáculo evidente a las políticas de integración e inclusión social, socavando así la cohesión social.

Otra consecuencia directa es el paso del discurso al delito de odio. Esta es la conclusión del informe Fanning the Flames of Hate: Social Media and Hate, donde se analizan 3.335 incidentes ocurridos en Alemania a lo largo de dos años, concluyendo que el discurso xenófobo de la extrema derecha alemana, liderada por el partido AfD, en su plataforma de Facebook, puede haber conducido a una serie de ataques violentos contra los refugiados en el país –los incidentes más comunes incluyen daños a viviendas de refugiados, asaltos, manifestaciones contra refugiados y ataques incendiarios.

En este sentido, según explica Carlo Schwartz, uno de los autores del informe, “las redes sociales se distinguen de otros tipos de tecnologías porque fomentan los compromisos activos y no pasivos. Fomentan un entorno en el que los usuarios se encuentran atrapados entre aquellos que comparten los mismos perfiles y perspectivas que los demás y permiten que se formen cámaras de eco de opiniones radicales, donde los comentarios y gustos ofrecen al usuario la oportunidad de recibir refuerzos positivos”.

 

Iniciativas para cambiar el rumbo

Martin Leng, coordinador de comunicaciones de la Quaker Council of European Affairs (QCEA), apunta en el artículo Blood and soil: How hate speech is destroying political discourse algunas de las medidas que se están tomando para combatir el discurso de odio y sus consecuencias.

 En este sentido, tal y como se ha mencionado más arriba, en mayo de 2016 la UE negoció el acuerdo de un Código de conducta sobre la lucha contra la incitación al odio en línea, firmado por Microsoft, Facebook, Twitter y YouTube. Desde entonces, otros gigantes digitales han añadido sus nombres, y la iniciativa ha visto algún progreso, dado que se ha logrado que estas plataformas eliminen un 70% del contenido de odio y revisen las denuncias en menos de 24 horas, en un 80% de los casos.

Sin embargo, figuras como David Kaye, Relator Especial de las Naciones Unidas sobre la promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y de expresión, opina que la solución no pasa por incrementar la “regulación” en Internet. En cambio, aboga por una mayor claridad sobre lo que es aceptable y lo que no lo es, y anima a la UE a seguir invirtiendo en organizaciones de la sociedad civil que apoyen el “desarrollo de narrativas positivas y del pensamiento crítico”.

Esta es también la apuesta de muchas iniciativas desde las instituciones y la sociedad civil, que combinan la denuncia de mensajes con contenidos de odio, con mensajes que desmontan los bulos y rumores que alimentan los prejuicios contra las personas migrantes y refugiadas. Un gran ejemplo de esto es el movimiento sueco #jagärhär (“I am here”), una red de miles de voluntarios que combaten el discurso de odio en las redes sociales con mensajes positivos y vínculos con hechos que refutan las declaraciones xenófobas. O las muchas iniciativas que encontramos a nivel catalán y estatal, como la campaña “Inmigracionalismo”, de la Red Acoge, que lucha por sensibilizar la población y los medios de comunicación ante los estereotipos, la discriminación y el odio que provocan los contenidos sensacionalistas sobre la inmigración.

 

Escrito por Iris Aviñoa Ordóñez