La Barceloneta es el barrio marinero por excelencia. Las calles estrechas y cerradas y el estilo de vida familiar lo resguardan del trasiego de la gran ciudad. Las fachadas oscurecidas por la sal del mar, los barcos que descargan al atardecer y el olor inconfundible evidencian el carácter mediterráneo, muy parecido al de cualquier pueblo pesquero de la costa catalana.

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Paseo Marítim con vistas al monumento La estrella herida

Este núcleo limita con diferentes playas, el Port Vell, la Ribera, la estación de França y el Puerto Olímpico. “No es un barrio periférico, pero sí queda un poco cerrado porque limita con el mar”, explica Tina Sainz, presidenta del Casal de la Gent Gran (centro social de personas mayores). “Es una zona con un entorno privilegiado”.

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“Hay mucha red asociativa y está muy conectada a la ciudad.”

Tina Sainz, directora del Casal de la Gent Gran

De barrio pesquero a balneario de Barcelona

Prácticamente nadie vivía en este núcleo hasta que a mediados del siglo XVIII los habitantes del barrio de la Ribera se trasladaron allí a causa de la construcción de la ciudadela. La Casa de la Barceloneta es testigo de aquella época, en la que las viviendas se alineaban en islas rectangulares alargadas y estrechas.

Lo que era un barrio de pescadores se industrializó en el siglo XIX, con especial presencia de la metalurgia, el gas y las construcciones navales.

Se levantaron talleres como la Nova Vulcano y fábricas como la Marítima o la Maquinista Terrestre, los restos de la cual todavía están en el parque de la Barceloneta.

A mediados del siglo XX, la creación de dos líneas de tranvía que conectaban con el centro propició que el barrio se convirtiera en el balneario de Barcelona. Las playas se recuperaron y tuvieron una nueva vida a partir de 1992, a raíz de los Juegos Olímpicos. Zonas como el paseo Marítim y el puerto se remodelaron y se creó la Villa Olímpica, repleta de restaurantes y espacios dedicados al ocio.

A pesar de la modernidad que comportaron estas reformas, el interior del núcleo no se remodeló: “El hecho de renovar la 'fachada' del barrio comportó una revalorización del interior y, por lo tanto, una subida del precio de los alquileres”, explica la geógrafa Mercè Tatjer.

“Se convirtió en un barrio más moderno y abierto, pero también se suprimieron espacios como los merenderos o los comercios tradicionales para dar lugar a restaurantes y pubs para turistas”.

Entonces, la Barceloneta se abrió al mundo y eso comportó un cambio en el modus vivendi: “Pasamos de un barrio obrero y de pescadores a un barrio que vive del turismo”, explica Manel Martínez, vicepresidente de la Asociación de Vecinos.

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“La Barceloneta siempre ha sido un barrio abierto al mar.”

Mercè Tatjer, geógrafa

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“Es un barrio con mucha historia y una esencia que intentamos salvaguardar.”

Manel Martínez, vicepresidente de la Asociación de Vecinos

Una fiesta napoleónica

Por Sant Miquel —el patrón del barrio—, la comisión de fiestas y otras entidades vecinales no solo organizan audiciones de sardanas, correfocs (pasacalle de personas disfrazadas de diablos que persiguen a los asistentes con luces de bengala) o conciertos de habaneras delante del mar; también impulsan el pasacalle del Canó (Cañón): un vecino se disfraza de general napoleónico y dispara caramelos para los más pequeños. Cada vez que detona el arma, los asistentes simulan que caen muertos y aprovechan para recoger los dulces del suelo.

De entre las celebraciones del barrio, sin embargo, no se puede obviar la fiesta de los Cors Muts (Coros Mudos). Durante la Pascua, algunas agrupaciones corales se marchan unos días y organizan un pasacalle en la ida y en la vuelta. La colla portadora de gigantes también está muy arraigada. Los gigantes representan personajes del barrio: “Hay un pescador, una pescadera, un cocinero, un estibador...”, explica Carme Tomás, presidenta de la colla portadora de gigantes.

“¿Eres de Barcelona o del barrio?”

La Barceloneta comparte con el resto de barrios de Ciutat Vella  algunas preocupaciones, pero su entorno privilegiado las agrava. La especulación inmobiliaria y el turismo masivo son dos ejemplos de ello.

“De las aproximadamente 9.000 viviendas, 1.500 están destinadas a actividades turísticas o similares”, señala Martínez.

Y es que el barrio acoge, especialmente desde Semana Santa y hasta octubre, a una gran cantidad de turistas.

Muchos vecinos y vecinas cuestionan las conductas incívicas de algunos de los visitantes jóvenes y aseguran que esta actividad económica no da trabajo al pequeño comercio. “Se tiene que intentar ver la parte positiva porque la Barceloneta nunca dejará de ser un barrio turístico. Debemos procurar gestionarlo bien”, opina Sainz.

 Esto, sumado al incremento del precio de los alquileres, que provoca que muchas personas se vean obligadas a marcharse, ha cambiado el estilo de vida. "Antes, era como un pueblo: en las tiendas te preguntaban si eras de Barcelona o del barrio”, recuerda Martínez. Carme Tomás, en cambio, cree que la localización de la Barceloneta, céntrica pero al mismo tiempo aislada, hace perdurar su calor: “Todo el vecindario se conoce; somos una gran familia”.

 Avanzar sin dejar de ser

El barrio afronta el futuro con diferentes retos: arreglar calles, mejorar el alumbrado y poner fin a la especulación inmobiliaria, el turismo masivo y las desigualdades. El puerto es la mejor prueba del contraste económico que se vive allí: “Llegan yates de lujo mientras algunos vecinos son desahuciados”, lamenta Carme Tomás.

En las últimas décadas, sin embargo, se han rehabilitado muchas viviendas y se han mejorado los equipamientos, especialmente con respecto a la educación y las personas mayores. No obstante, el vecindario es consciente de que todavía hay mucho trabajo por hacer para mejorar el barrio y, sobre todo, para mantener su esencia.

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Parque de la Barceloneta

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Bloque de los Pescadores