Roberto Piqueras: «El Sustainable Challenge busca crear un espacio fuera de los marcos capitalistas donde se forman las diseñadoras»

El diseñador y pedagogo social Roberto Piqueras, en nombre de MODA-FAD, ha comisariado, junto con la directora creativa de la Manchester Design Week, Lucy-Isobel Bonner, la actividad Sustainable Challenge 2020: Gender Perspective in Fashion, dentro de la Barcelona Design Week.

El Challenge es un maratón de creatividad en la que han participado cuarenta estudiantes de diseño de escuelas de todo el país y del Reino Unido, que ha consistido en hacer propuestas de piezas y conceptos de moda que han buscado difuminar la división y contribuir a la eliminación de estereotipos y etiquetas. Organizado por MODA-FAD, Design Manchester y British Council, culmina el 21 de noviembre con las presentaciones de las propuestas de los 10 equipos de estudiantes.

Conversamos con Roberto Piqueras sobre sostenibilidad en la industria de la moda, así como sobre la responsabilidad que tienen diseñadoras y diseñadores para hacer propuestas que contemplen la perspectiva de género en todos los tramos de la cadena de producción.

¿Qué objetivos persigue el Sustainable Challenge?

Primordialmente, el objetivo es crear un espacio fuera de los marcos normativos o capitalistas en los que normalmente se forman las futuras diseñadoras. Buscamos crear un espacio fuera de las normas y que no dé respuesta solo al capital.

¿De qué inquietud nace?

A escala global, podríamos hablar de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Los datos que aparecen sobre la industria de la moda son alarmantes a nivel de impacto medioambiental, social y económico. Nuestra inquietud es crear conciencia sobre ello, sobre qué está moviendo la industria y el impacto que está teniendo en el mundo.

¿Cómo se materializa esto en el Challenge?

En la edición del año pasado, el tema era el upcycling en el tejido que genera la industria, así que nos focalizamos en toda la información que teníamos a nivel de residuos dentro de la industria y qué se hacía con ellos, dónde acababan –siempre van del Norte al Sur–, buscando la viabilidad del upcycling como vía hacia la economía circular. Trabajamos a partir de entender que el residuo sigue siendo un producto o una materia, y a partir de esa idea las participantes tenían que elaborar proyectos que usaran y dieran una nueva vida a esa materia.

¿Y en la edición 2020?

Este año es un poco más complejo porque, al hablar de perspectiva de género, parece que hablamos más de la parte social, pero obviamente no se puede desvincular de lo material. Todo está interconectado, y la perspectiva de género nos habla justamente de la interseccionalidad que existe en todos los procesos, en todos los mecanismos de la industrialización. En todos los tramos de esta, hay personas, así que en todos los tramos hay vinculación social, que afecta a toda la cadena. Este año, cada equipo ha trabajado dedicándose a una de las ramas de la industria de la moda como pueden ser el patronaje, el diseño, el casting...

¿Y cómo ligan eso las participantes con la perspectiva de género?

Bueno, es que la perspectiva de género no solo habla de género; también habla de raza, de clase, de edad, de corporalidades, funcionalidades, y de salud mental. Debemos tener en cuenta que las mismas expresiones que pueda sufrir alguien por su género, se pueden sufrir también a través de otros mecanismos. Si nos quedamos solo en el género, podemos perder una visión transversal de la desigualdad. Por eso el eslogan de este año es "no hay moda sostenible sin perspectiva de género". A menudo este tipo de proyectos se enfocan sólo en el diseño, sin dar la responsabilidad a la diseñadora.

¿De qué es responsable?

No sólo se trata de hacer camisetas que digan que eres feminista, como han hecho Zara o H&M o quien sea, que después tienen una mano de obra en condiciones prácticamente de esclavismo. Hay que tener cuidado con las luchas sociales porque en seguida se capitalizan y las marcas se apropian de discursos que pretenden ser críticos. Esto se denomina pinkwashing. La responsabilidad de la diseñadora es hacer una propuesta con perspectiva de género desde que diseña la pieza hasta que la pieza llega a la tienda.

¿Cómo choca eso con la realidad de la industria y el mercado, que funciona gracias a unos principios exactamente opuestos a lo que proponéis?

Para nosotras lo importante es generar una pedagogía crítica. El Challenge es un espacio pedagógico, y las participantes no van a solucionar el mundo. Ya que este tipo de pedagogía no es muy común en las escuelas de diseño –que mayoritariamente sno privadas y funcionan en beneficio de esa industria– nuestro granito de arena es darle otra mirada al asunto, ni que sea solo para que estas 40 participantes luego lleven estas ideas a sus empresas. No pretendemos destruir una industria capitalista, porque sería un objetivo utópico y quedan años luz para que el modelo económico y financiero cambie, pero sí que nos damos cuenta de que tenemos que ir hacia el decrecimiento, y adquirir esa conciencia ya es algo. Tenemos que empezar a plantearnos qué producimos, por qué, y cuánto.

¿Cómo ha sido el Challenge a distancia, en pandemia?

Hemos intentado crear una dinámica de grupo a partir de un perfil que tenían que crear, como un Facebook, y customizarlo. A mí me ha dado la sensación de que así se han ido conociendo. Es verdad que la presencialidad no tiene nada que ver con lo virtual, pero hemos intentado humanizar el Challenge al máximo, muy conectados a través de un grupo de Whatsapp. Y han salido cuestiones interesantes, preguntas, debates. Ha sido otra experiencia.

En síntesis, ¿qué significa para ti hacer moda sostenible?

Para mí, la moda sostenible significa que la razón por la que se crea no es solamente la acumulación de riqueza. La moda tiene que ser crítica y tiene que estar dando unos servicios esenciales, más allá de lo económico.

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