Xavier Fina: «En Catalunya, la cultura no se entiende como una parte de la economía».

Xavier Fina es gestor cultural y filósofo. Desde 2005 es profesor de Producción y Gestión en la Escuela Superior de Música de Catalunya, donde fue jefe de departamento de 2007 a 2017. También ha impartido políticas culturales en la Universidad Autónoma de Barcelona y fue coordinador del máster de gestión cultural de la Universidad de Barcelona. Junto a Josep Maria Bricall, promovió y desarrolló la primera versión del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes (CoNCA), en 2009.

A parte, Xavier Fina ha trabajado desde 1989 en la investigación y la consultoría cultural, hasta que en 1998 crea su propia empresa, ICC Consultores. Desde su creación, ICC ha realizado cerca de 200 estudios y servicios de asesoramiento, fundamentalmente para administraciones públicas.

Durante la crisis del coronavirus, diferentes voces del sector artístico y cultural han coincidido en que la gestión política les ha dejado en la estacada. Cuando la cultura empezaba a remontar tras un periodo de recortes y de la crisis del 2008, una nueva crisis ha obligado a cerrar cines, teatros y salas de conciertos, precarizando, aún más, el trabajo de este sector.

Xavier Fina, que participa en el Foro de debate 'Ciudad, turismo y cultura' organizado por el Disseny Hub, nos da su visión sobre la gestión de la cultura en nuestro país. Según él, la falta de priorización, junto con un planteamiento económico que no tiene en cuenta la viabilidad y que quiere contentar a todos, nos han llevado a mantener un sector cultural deficiente, exageradamente desigual dentro de sí mismo, y sin recursos para generar propuestas sólidas.

¿Cuál es el transcurso de la gestión de la cultura y las políticas culturales en Catalunya en los últimos años?

La gestión de la cultura y de las políticas culturales en Catalunya en los últimos 40 años es muy decepcionante, básicamente porque no ha habido un proyecto cultural de país bien definido, bien planteado, que considerara la cultura como una prioridad, y que tuviera en cuenta las necesidades de la ciudadanía. No ha habido proyecto de política y de gestión cultural.

¿Indistintamente de quien gobernara?

Durante los 23 años de CiU, la cultura no formaba parte de las prioridades del gobierno, lo cual tiene un punto paradójico ya que, en un proyecto nacionalista basado en la identidad, debería haber un proyecto cultural. Durante los siete años de tripartito hubo un pequeño paréntesis, sobre todo en los tres primeros cuando gobernaba Pasqual Maragall, que hizo un buen equipo con Xavier Marcé y Gemma Sendra, entre otros. Los siguientes años, con Montilla, Cultura era de ERC y se hicieron propuestas interesantes, pero nunca se dio la vuelta completamente a la tortilla.

¿Y después?

Entre 2010 y 2020 ha habido seis consejeros de Cultura. Contando que Ferran Mascarell estuvo seis años, hemos ido a consejero por meses, casi. Y los hay que no esperaban serlo, otros que lo eran pero que querían hacer otra cosa... No ha habido liderazgo y no se han priorizado nunca las políticas culturales.

¿A qué se debe esto?

Con los gobiernos de centro-derecha, ha habido una cierta percepción de la cultura como "algo de la gente de izquierdas". Y con los gobiernos de izquierdas, la política cultural ha estado excesivamente al servicio de los sectores culturales, haciendo que no haya habido masa crítica entre la ciudadanía que permitiera decir que la cultura era importante. Se dirigen las políticas culturales a los sectores culturales en lugar de hacerlo hacia la gente. Cuando el presidente Mas recortó en Sanidad, salieron a la calle los médicos y la gente. Cuando recortó en Educación, salieron a la calle los maestros y la gente. Cuando recortó en Cultura, ¿quien salió a protestar? Solo los trabajadores de la cultura. Es un círculo vicioso: nos hemos olvidado de la gente, y por lo tanto la gente se ha olvidado de nosotros.

¿Quizás porque la cultura es restrictiva económicamente?

Creo que es más restrictiva socialmente y psicológica. Evidentemente todo se replica en la realidad económica de las personas, pero pienso que no es tan grave el problema de las entradas como la incapacidad de transmitir que lo que se ofrece desde la cultura es de interés general y que todo el mundo está llamado. Muchos equipamientos culturales importantes se convierten en templos que se elitizan: se puede ir gratis muchos días al MACBA, pero quizás el arte contemporáneo se comunica de una manera que aleja a muchas personas, que acaban pensando que aquello no es para ellas, a parte de que a una parte importante de barceloneses y barcelonesas ni siquiera le llega que se puede ir gratis a los museos.

¿Debería haber, pues, un cambio en el discurso?

En el discurso y también en la práctica. La liturgia de gran parte de la oferta cultural está más hecha para expulsar que para acoger. Por ejemplo, en un concierto de música clásica verás gente que se enfada si alguien del público aplaude entre movimientos. Esta ritualización es relativamente nueva y totalmente construida: en algún momento hemos decidido que esto sea así, y ni siquiera porque la actividad lo precise sino para sentirnos singulares viviendo aquello (de hecho, en origen, a la ópera y los conciertos de música clásica, la gente hacía ruido y hablaba). En estas situaciones, la cultura deja de actuar como elemento integrador y hace de elemento disgregador. Y, en esta dinámica, es cierto que a quien se acoge menos es a las clases populares, por lo tanto sí, al final termina habiendo una correlación socioeconómica.

¿El modelo turístico de Barcelona hasta la crisis del coronavirus ha fomentado la elitización de la cultura?

Los consumos culturales de los turistas entran en otra lógica: la de que, cuando salimos de casa, hacemos cosas distintas a las que hacemos cuando estamos en casa. Si las visitas a los museos han caído en picado desde la pandemia es que la gente va a los museos cuando viaja, pero no lo hace a su propia ciudad. Por lo tanto, me cuesta ver la elitización de la cultura como consecuencia del turismo. De hecho, la mirada de rechazo que comentábamos antes, también se hace hacia los turistas que "nos invaden" cuando, finalmente, estos turistas no dejan de ser ciudadanos del mundo a los que les gusta nuestra ciudad o nuestro país y vienen a disfrutar.

Barcelona ha dependido en exceso de un turismo masificado, pero el coronavirus le ha dado la vuelta a todo. ¿Debemos replantear algo?

Partiendo de la base de que todo, ahora mismo, es un desastre, te diría que un primer elemento positivo, para mí, es que gracias al coronavirus se ha despolarizado el debate. Tanto los enemigos del turismo han visto que sin turismo nos podemos arruinar, como los que ya estaban bien con el modelo han moderado su discurso, y ahora hay una especie de consenso al respeto: estamos de acuerdo en que hay una vida económica que sin el turismo no se sostiene, y también en que no podemos ser tan dependientes de él.

¿Debemos buscar un modelo más sostenible?

La típica frase de convertir las crisis en oportunidades me genera cierta urticaria, pero en este caso, es impresionante hasta qué punto algunos de los sectores más afectados están viviendo esta crisis como una oportunidad para exigir un replanteamiento sistémico. A través del Instituto de Cultura he podido intercambiar con personas del mundo turístico y cultural, y son muy conscientes de que, si bien lo que están sufriendo es consecuencia inmediata del Covid-19, también lo es de la crisis anterior, que nos dejó muy tocados. Piden ir más allá de resolver las urgencias y no volver donde estábamos sino construir otro modelo.

¿Tenemos margen económico para replantear? Tanto la cultura como el turismo están ahogados.

Es cuestión de voluntad política. La administración pública, aliada cuando sea necesario con el sector privado, tiene margen de maniobra. La Generalitat y el Gobierno pueden endeudarse más de lo que están, pueden decidir adónde van los fondos europeos, que tienen una lógica estratégica lejos de tapar agujeros. Este dinero es para generar actividad y cambiar la estructura productiva, con los valores clave de la creatividad y la sostenibilidad. Deben servir para hacernos líderes y permitir este giro que decíamos, no para contratar médicos ni para poner más camas en los hospitales. Tenemos déficits indignantes, pero estos deben estar cubiertos por la administración porque son servicios básicos.

Si ahora le nombraran consejero de Cultura, ¿cuáles serían las primeras medidas que implementaría para alcanzar un modelo de gestión cultural mejor?

En primer lugar, dedicando más recursos a Cultura se llegaría de manera rápida y fácil al 2% sobre el total del gasto de la Generalitat. Dos: haría red de verdad con los municipios. Los pueblos y las ciudades tienen una vida cultural fantástica, por lo tanto hay que priorizarlos en diálogo y recursos. En tercer lugar: la educación. Establecería vínculos reales y estrategias conjuntas, y recuperaría la sexta hora de la escuela pública para dedicarla a contenidos artísticos y culturales. Cuatro: potenciaría la creación y la experimentación para construir un sector cultural económicamente viable y sólido. Uno de los grandes problemas que tiene la política cultural en Catalunya es que no entiende la cultura como parte de la economía. Necesitamos empresas culturales potentes, que pueden estar ligadas en mayor o menor medida a la Consejería o al Instituto Catalán de Empresas Culturales, pero está claro que deben tener cierta autonomía. Necesitamos proyectos serios para promocionar empresas e industrias culturales catalanas, en lugar de seguir haciendo pequeñas compañías de danza y de teatro que no son rentables y en las que se va dando los recursos justos para que sobrevivan.

¿El problema, pues, es que todo acaba dependiendo de la administración?

El problema es que la cultura no es una prioridad. Y el otro problema es que la relación que establece la administración con el sector es excesivamente clientelar: está más pensada para dar recursos y tener a la gente ni muy contenta ni muy enfadada, en lugar de hacer política, que significa arriesgar y tomar decisiones. Una de las personas que considero mi maestro, Josep Maria Bricall, que había sido rector de la Universidad de Barcelona y consejero con Tarradellas, y con quien hicimos el proyecto del CoNCA por encargo del presidente Maragall, siempre decía que, más que mandar y controlar, en este país lo que a la gente le gusta es meter mano en todas partes, pero casi nadie toma decisiones arriesgadas.

¿Cuál sería una "decisión arriesgada"?

Con la crisis que estamos viviendo, una decisión arriesgada pero con sentido sería hacer un mapa de qué es lo que tenemos que salvar a toda costa: preguntar, a escala local, qué cree la gente que de ninguna manera se puede dejar morir en su municipio. Decir "lo salvaremos todo" no es realista, aparte de que intentando salvarlo todo estás destinando recursos a proyectos sin viabilidad. Todavía estamos jugando a la repartidora para que todo el mundo vaya tirando precariamente y nadie se enfade. Y yo me pregunto: ¿somos capaces de corresponsabilizarnos, preguntar a la gente qué quiere y construir algo a partir de lo que cada municipio decida priorizar? Porque hacer política es eso; no es tirar dinero y esperar a que las cosas caigan.

¿Podrías decirnos algún buen modelo de gestión cultural?

Francia tiene clarísimo lo importante que es la cultura, y aunque hay un centralismo bestial y todo acaba dependiendo de París, también es cierto que el Teatro de Perpiñán tiene más recursos que el Teatro Nacional de Catalunya. En Holanda aplican muy bien el modelo mixto de cooperación público-privada, integrando en la gestión pública fundaciones para conseguir recursos, y tienen muy en cuenta la vertiente educativa, de proximidad y de base. Y en el Reino Unido existe el Arts Council –que es el modelo en el que nos basamos para hacer el CoNCA–, que es un organismo público pero autónomo de las luchas partidistas.

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