El cristianismo protestante y Cataluña

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La historia del protestantismo, así como la historia del protestantismo catalán, forma parte de nuestra historia compartida. Sin embargo, hasta hace poco, ha sido una historia desconocida en nuestro entorno para la inmensa mayoría. Tal como nos recuerda el Dr. Justo L. González, “la primera razón para estudiar la historia es que sin ella el presente nos resulta incomprensible”(1).

La primera característica que hay que remarcar es que la Reforma protestante no ha llegado nunca a Cataluña, si entendemos por Reforma lo que significó en su origen: la voluntad de reformar espiritualmente la Iglesia cristiana occidental. Pocos fueron, entre nosotros, los seguidores de este movimiento que podamos identificar actualmente, lo que se explica fácilmente porque, en palabras del historiador y teólogo reformado holandés Bernard Coster, “armada con el apoyo político y cultural de todas las fuerzas conservadoras de los siglos XVI y XVII, la Contrarreforma se sirvió de todo tipo de presión social y religiosa, incluso de persecución y guerras, para contener el protestantismo”.

La Inquisición fue determinante para poner fin al incipiente luteranismo que surgía entre nosotros y para evitar la entrada de las demás reformas históricas. Y es evidente que en nuestro territorio lo consiguió rápidamente y con muy pequeñas excepciones que fueron duramente reprimidas. Tal es el caso del primer auto de fe, de 1539, en que occitanos y franceses fueron acusados de ser protestantes, o también el hecho de que pocos años más tarde, en 1542, se tuviera constancia de la presencia de luteranos en la ciudad, o de los ocho “herejes luteranos” que, el 12 de julio de 1562, fueron sentenciados en la plaza del Rei de Barcelona.

Muchos años más tarde, concretamente el 30 de setiembre de 1868, “triunfaba la Gloriosa (encabezada por el general Prim, hijo de la ciudad de Reus). Isabel II y su familia tuvieron que cruzar la frontera hacia el exilio. Así acababa el reinado de la soberanía de los ‘tristes destinos’, después de veinticinco años de duración”. La situación cambió. Con las palabras que se acaban de reproducir, Joan González i Pastor, querido amigo y pastor que fue miembro de mi comunidad local, explica los inicios de la llegada del protestantismo a Cataluña, llamada, románticamente, Segunda Reforma —en clara alusión a la primera y con voluntad de ser su continuidad—.

Pero nada más lejos de la realidad, ya que “a diferencia de los protestantes del siglo XVI, los convertidos ya no tienen como objetivo la reforma de la iglesia de Roma, desde dentro, sino la adhesión a una nueva fe cristiana, que tiene el papismo o el romanismo (la Iglesia católica) como principal adversario”. Por esta razón, hay quien prefiere referirse a estos acontecimientos como recuperación protestante, porque expresa, con mucho más rigor, la realidad histórica.

Pero el triunfo de la Gloriosa fue una oportunidad que los dirigentes de la época supieron aprovechar: “Cabrera, Alhama y otros protestantes exiliados en Gibraltar se marcharon a Algeciras. Al saber que en esta ciudad se encontraba el general Prim, le pidieron audiencia y el caudillo de la Septembrina no se hizo de rogar. Los recibió con muchas muestras de simpatía y, al despedirlos, les dijo la famosa frase: ‘Ya pueden ustedes recorrer España entera con la Biblia bajo el brazo’”.

La segunda característica de la recuperación protestante la identifica acertadamente el profesor Federico Vázquez Osuna, del Centro de Estudios Históricos Internacionales de la Universidad de Barcelona, cuando escribe: “Los primeros protestantes catalanes, después de que el Tribunal de la Inquisición fuera suprimido (1834), se sitúan en el primer tercio del siglo XIX. Las denominaciones protestantes que se establecen en Cataluña son fruto de la Reforma del siglo XVI, pero también del resurgimiento o las vivificaciones de los siglos posteriores: el protestantismo ha estado históricamente en un dinamismo constante de reformulación teológica, de forma de vida y de culto...”.  

Vemos, pues, que el protestantismo catalán no es producto de la Reforma histórica, sino de las reformas o despertares posteriores. Son fruto de las denominadas iglesias libres, que asumen la misión de encarnar el testimonio protestante en Cataluña, tanto con nombres propios como gracias a la generosa colaboración de destacados pastores y misioneros extranjeros de las principales familias denominacionales.

Cronológicamente, son las siguientes: los anglicanos (Barcelona, 1868), las asambleas de hermanos (Barcelona, 1869), los presbiterianos (Barcelona, 1870), los metodistas (Barcelona, 1871), los baptistas (L’Hospitalet de Llobregat, 1875) y, finalmente, los adventistas (Barcelona, 1912), por mencionar las de raigambre más antigua.

Poco duró la alegría en casa de los protestantes. Tal como escribe Joan González i Pastor, “la novedad más destacable (de la Constitución de 1869) y sin precedentes en la historia de España, fue la garantía del ejercicio público y privado de todos los cultos religiosos. La Constitución llamada de Cánovas del Castillo, la de la Restauración, de 1876, decía literalmente: ‘No se permiten otras ceremonias ni manifestaciones públicas que la de la religión del Estado’”.

Aunque las puertas de la libertad religiosa se cerraron, y se entró en una época en que se alternó la represión con la tolerancia —según la arbitrariedad política, religiosa y funcionarial de cada momento—, el protestantismo, con más o menos empuje, ha mantenido su continuidad histórica desde su recuperación de 1868 hasta hoy.

El modelo catalán de protestantismo. El protestantismo catalán siempre se ha caracterizado por una manera nuestra de hacer las cosas que hicieron suya los primeros pastores y misioneros que emprendieron esta iglesia en nuestro hogar.

El comienzo de este modelo lo encontramos en 1879, cuando tres pastores, Alexandre Lluís Empaitaz, reformado, Enric Payne, de Asambleas de Hermanos, y Robert Simpson, metodista, impulsaron la Enfermería Evangélica para atender a los protestantes sin recursos que no eran admitidos, por su fe, en los hospitales públicos.

Con esta unidad por la acción, como posteriormente se ha llamado, se recuperó poco a poco, después de la derrota de la Guerra Civil, la identidad de pueblo protestante. Inicialmente fue con el pastor Samuel Vila, que volvió en 1939 de los Estados Unidos, donde había ido a estudiar teología. En 1948, este pastor impulsó la creación de la entidad Juventud para Cristo, como una plataforma unitaria donde los representantes de las diversas comunidades locales evangélicas se reunían para organizar su testimonio unido. Pocos años más tarde, concretamente en 1956, otros dos pastores, Antonio Martínez Conesa y Pere Bonet i Such, crearon la primera Asociación de Pastores de todo el Estado.

Como resultado del nuevo marco democrático, el 30 de junio de 1979 se constituyó el Consejo de las Iglesias Evangélicas de Cataluña. Su nacimiento resultó incierto porque arrastraba las heridas abiertas por las dos cuestiones que se acaban de mencionar.

Un año más tarde, el elegido secretario general dimitió. Se escogió a un joven laico para sustituirlo. Este joven creyó que lo mejor para superar aquella situación era refundar la federación protestante, e impulsó la creación del actual Consejo Evangélico de Cataluña, que se constituyó formalmente el día 12 de diciembre de 1981.

El Consejo Evangélico de Cataluña, hasta hoy, reúne a la mayoría de protestantes de nuestro territorio y los representa en su totalidad ante las diversas administraciones y la sociedad civil organizada.    

Cabe añadir, además, que la comunidad protestante es la segunda confesión religiosa en Cataluña por número de templos, además de las instituciones propias y de la presencia territorial.

(1) González, Justo L. Introducción a la historia de la Iglesia. Abinngdon Press. Nashville. 2011. Pág. 10.

 

Guillem Correa y Caballé

Sercretario general de El Consell Evangèlic de Catalunya

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