LA ENTREVISTA | Maria del Mar Griera: “Entender la complejidad del hecho religioso no es fácil, y desde los ámbitos políticos se discute muy poco”

LA ENTREVISTA | Maria del Mar Griera: “Entender la complejidad del hecho religioso no es fácil, y desde los ámbitos políticos se discute muy poco”

La Doctora Maria del Mar Griera es una de las principales investigadoras sobre la pluralidad religiosa en Cataluña, especializada en el campo de la sociología de la religión, la diversidad religiosa y las nuevas formas de espiritualidad. Es profesora de la Universidad Autónoma de Barcelona y directora del grupo de investigación ISOR (Investigaciones en Sociología de la Religión).

Entrevistamos a la Doctora Maria del Mar Griera con motivo de la celebración de la jornada “Libertad religiosa en Barcelona: estado de la cuestión”, en la que, a principios de febrero del año pasado, ofreció la conferencia “La gestión de la diversidad religiosa en el ámbito local: marco jurídico y políticas públicas”. Griera habló sobre el hecho religioso en el mundo local y la singularidad de Barcelona en este ámbito, describió el paisaje religioso en un mundo globalizado y expuso los dilemas y retos a los que se enfrentan las administraciones a la hora de gestionar la diversidad religiosa. Una diversidad que añade complejidad a esta cuestión y que, según Griera, hay que tratar con calma y diálogo, huyendo de la polémica incendiaria a la que a menudo se ve abocada.

El encuentro lo organizó la Oficina de Asuntos Religiosos del Ayuntamiento de Barcelona. Además de personas del ámbito de la investigación universitaria, como Griera, participaron numerosas entidades y comunidades religiosas que representan la pluralidad de creencias en la ciudad.

En su intervención habló sobre el mapa religioso de Cataluña y el Estado español. Para entender el paisaje religioso en nuestro territorio, debemos tener en cuenta el marco legal existente en este ámbito. ¿Qué particularidades tiene y sobre qué pilares se ha construido?

Según se afirma en el artículo 16 de la Constitución española, vivimos en un Estado aconfesional. Eso significa que, en teoría, ninguna confesión debe tener una posición de privilegio. Al mismo tiempo, sin embargo, la Constitución también insta a los poderes públicos a mantener relaciones de cooperación con las confesiones y hace mención explícita a la Iglesia católica. El artículo es fruto de un acuerdo negociado con la voluntad de conseguir el visto bueno de la Iglesia católica en un momento convulso políticamente. El artículo garantizaba la libertad religiosa pero, al mismo tiempo, atribuía un cierto “privilegio” a la Iglesia.

Meses más tarde, el Estado firmó unos acuerdos de cooperación con la Iglesia católica que profundizan en las formas de cooperación entre el Estado y la Iglesia. Son unos acuerdos que, teóricamente, se tenían que ir revisando periódicamente, pero no se ha hecho. Además, tienen un rango de tratado internacional (porque se firmaron con el Vaticano), lo que hace muy difícil modificarlos.

¿Así, pues, podemos decir que la aconfesionalidad es más un término cosmético que una realidad que se traduce en la práctica?

Es importante saber que partimos de un marco legal que atribuye un rol privilegiado a la Iglesia católica respecto a otras religiones. Eso, en la práctica, se traduce en aspectos como la financiación, el papel de la Iglesia en el marco educativo y en hechos como que en todos los equipamientos sanitarios tenga que haber una capilla, por ejemplo.

¿Desde entonces ha habido algún avance en el ámbito estatal para paliar las desigualdades hacia las religiones minoritarias?

Aunque, sobre todo en el ámbito estatal, el trato de las religiones minoritarias es sumamente desigual, se ha intentado equilibrar. En el año 1992 se firmaron unos acuerdos de cooperación del Estado con representantes de iglesias evangélicas, del islam y judíos. Se les reconocieron derechos como la enseñanza de su religión en la escuela, el entierro según su creencia y la asistencia religiosa en las prisiones, entre otros. Sin embargo, hay otros grupos religiosos que no se incluyeron en estos acuerdos, como los mormones, los budistas o los hinduistas. Sí tienen reconocido un estatus especial, pero no los mismos derechos que los demás.

También es muy importante tener en cuenta que, en el ámbito catalán, el Estatuto de autonomía del 2006 regula la gestión de la diversidad religiosa (artículo 161) con una aproximación más pluralista y, al mismo tiempo, de fomento de la libertad religiosa.

Ante esta realidad, ¿cómo se puede construir un marco de convivencia laico donde la existencia de una iglesia católica históricamente dominante no implique desigualdades hacia las minorías religiosas?

El hecho de partir de este marco legal desigual dificulta el impulso de políticas públicas que favorezcan la diversidad religiosa. En Barcelona, por ejemplo, algunas propuestas de políticas laicas chocan con la realidad existente, lo que genera una situación compleja. Ahora bien, a pesar de las dificultades, en el ámbito local se ha avanzado mucho y se sigue trabajando para garantizar el derecho de las minorías religiosas. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Barcelona ha publicado un protocolo para garantizar el trato igualitario entre confesiones para actos en la vía pública, o se vela por que las personas puedan ser enterradas, o hacer el luto, según los criterios de sus propias confesiones.

De todos modos, hay muchos aspectos que todavía deben mejorarse, como la diversidad de menús en las escuelas, que sean respetuosos con las diferentes religiones, o los problemas que tienen algunas chicas que llevan hiyab para hacer prácticas de enfermería. Todavía no todas las religiones tienen la misma situación pública para que se pueda vivir con normalidad la afiliación religiosa.

Para generar un contexto de libertad religiosa es necesario que la diversidad de creencias se pueda expresar en el espacio público con igualdad de condiciones. ¿Cómo se construye un espacio público laico donde se represente toda la diversidad?

El espacio público debe construirse como un espacio de coexistencia común y de convivencia entre personas de creencias y opciones de conciencia muy diferentes. Las religiones son sistemas morales y culturales que tienen peticiones específicas en relación con el espacio público, pero este es un espacio cuyos usos están en permanente negociación entre los diferentes actores. Eso genera múltiples dilemas en muchos sentidos. En Barcelona, por ejemplo, se abordan aspectos como: ¿se tiene que instalar un belén en la plaza de Sant Jaume? ¿Qué símbolos son religiosos y cuáles son culturales? ¿Es pertinente que la alcaldesa asista a una misa en la Sagrada Familia o participe en una celebración de la ruptura del ayuno del Ramadán?

En definitiva, hay un debate muy complejo y poliédrico a la hora de definir cómo se tienen que gestionar los usos del espacio público en una sociedad laica. Para algunas personas, laico quiere decir que la alcaldesa tendría que participar en las fiestas religiosas de todas las confesiones, otros creen que no tendría que asistir a ningún acto con connotaciones religiosas y hay gente que tiene posiciones intermedias.

Para abordar esta complejidad se requiere, como en muchos otros ámbitos, un espacio de debate donde se llegue a consensos. ¿Dónde se habla y se decide sobre la gestión de la diversidad religiosa en nuestro país?

En el Estado español hay una secretaría específica de asuntos religiosos y la Fundación Puralismo y Convivencia. En Cataluña tenemos la Dirección General de Asuntos Religiosos, y en el Ayuntamiento de Barcelona, la Oficina de Asuntos Religiosos y el comisionado de Diálogo Intercultural y Pluralismo Religioso. Ahora bien, estos son espacios de gestión y no de diálogo. De hecho, hay pocos espacios u oportunidades para discutir la cuestión religiosa de una manera abierta, razonada, pausada. Es una cuestión que denota el problema principal: se trata de un debate que incomoda en el ámbito político y la mayoría de actores prefieren no hablar o intentar resolver los conflictos “sin hacer ruido”. Entender la complejidad del hecho religioso no es fácil y desde los ámbitos políticos se discute muy poco.

¿Por qué cree que incomoda abrir un debate sobre la diversidad religiosa en el entorno político?

Es un debate que puede estallar de algunas maneras que pueden inquietar. Por una parte, por la presencia de la extrema derecha y el uso que hace del ataque al islam o a las confesiones minoritarias, y por la presencia de sectores religiosos cristianos que en determinados momentos pueden articular y movilizar un cierto malestar. Por otra, en general, la izquierda se siente incómoda hablando de asuntos religiosos. Le cuesta entender que la religión es muy importante para algunos sectores de la sociedad. Esta incomodidad de la izquierda para afrontar la cuestión religiosa ha hecho mucho más difícil su gestión.

¿Hay, pues, un clima de crispación cuando se tratan cuestiones religiosas?

Sí, muchas veces hay temas que generan un gran revuelo en Twitter o en otras redes sociales. Por ejemplo, cuando se empezó a implementar la prueba piloto de la enseñanza islámica en la escuela, parecía el fin del mundo. Surgen pequeñas polémicas que estallan de manera desmesurada en las redes. En lugar de eso, habría que discutirlas de manera pausada y generar espacios de diálogo reales. Tendríamos que poder discutir con calma sobre qué papel debe tener la religión en la escuela, si hay que hacer del Ramadán una fiesta nacional o qué papel tenemos que otorgar al patrimonio judío, musulmán y católico, por ejemplo. A pesar de ello, en los últimos años se ha avanzado en muchos aspectos.

Para poder dialogar y debatir sobre la diversidad religiosa hacen falta interlocutoras. ¿Cómo se alcanza un diálogo interreligioso equitativo?

En este sentido, ha sido muy importante el papel que han tenido activistas de las minorías y de la Iglesia católica para generar redes de conocimiento y de contacto entre las religiones. Una entidad clave ha sido la Asociación Unesco para el Diálogo Interreligioso (AUDIR). En Cataluña hay una tradición muy importante de diálogo interreligioso. Desde la base y con pocos recursos, se han ido tejiendo redes que han sido claves para articular demandas e implementar políticas. Eso, a la larga, favorece la implementación de políticas más igualitarias y una aceptación social más amplia.

¿Cómo se escoge a las personas que representan esta diversidad religiosa?

A la hora de fomentar el diálogo, debe tenerse en cuenta que las personas portavoces no sean solo los líderes religiosos, que suelen ser hombres de edad avanzada con una posición privilegiada. Lo que piensa el imán quizás no tiene nada que ver con lo que piensa una chica joven que va a la mezquita, ni lo que afirma el obispo responde exactamente a la realidad de todas las personas católicas de la zona. Tenemos que evitar tomar el discurso de las autoridades religiosas como referencia.

En Barcelona, en este sentido, se hizo muy bien después de los atentados de La Rambla. Se celebró un acto interreligioso para recordar a las víctimas donde había jóvenes representantes de cada comunidad. Fue el intento oficial para mostrar a Barcelona como una ciudad con diversidad religiosa y se puso la primera piedra para generar un nuevo tipo de rituales. Ahora bien, también se celebró un funeral en la Sagrada Familia, que tenía la apariencia de funeral de Estado, lo que generó polémica.

Otra fuente de polémica es la difícil compatibilidad entre el derecho a la libertad religiosa y algunos derechos fundamentales que pueden ser confrontados, como los relacionados con la igualdad de género. ¿Cómo habría que abordar este aspecto?

Es el aspecto más difícil. ¿Cuál es el derecho que prima? No hay una solución. La mejor opción es estudiar el contexto de cada caso y negociarlo individualmente. Los derechos en abstracto son una cosa y, caso por caso, otra. No los podemos poner todos en el mismo saco, ni hacer grandes afirmaciones como eslóganes, porque cuando te acercas a la realidad cotidiana, no te sirven.

Según datos de la Generalitat extraídos del Barómetro sobre la religiosidad y la gestión de su diversidad (2016), la juventud de hoy en día es cada vez menos creyente. De los jóvenes de entre 16 y 34 años, solo un 35 % se considera católico. ¿Es una amenaza para la aceptación de las distintas creencias?

No, todo lo contrario. Los y las jóvenes de Cataluña tienen bastante conocimiento de las demás religiones, mucho más que las personas mayores. Son datos esperanzadores y más favorables para la diversidad religiosa. La juventud es más respetuosa con las diferentes opciones. Las personas mayores crecieron en un contexto donde la Iglesia católica era la única. Ahora, cuando hay una protesta contra la construcción de una mezquita, encontramos a más personas mayores manifestándose.

¿Cuál es el mapa religioso actual en nuestro territorio?

La globalización ha generado un nuevo escenario con mucha diversidad. El individualismo y un cierto cuestionamiento a la autoridad impuesta han hecho que cada vez haya más religiones, y que las maneras de vivirlas sean más individualizadas. Hay un cuestionamiento de las instituciones tradicionales. Ahora hay mucha gente que no es religiosa, pero que celebra rituales espirituales. Crece el porcentaje de jóvenes que creen en la reencarnación, por ejemplo. El budismo es la cuarta religión en Barcelona, que llegó con los hippies en los años setenta y ha seguido creciendo a raíz de la inmigración de personas desde el Tíbet, China y la India, y también con jóvenes que se aproximan a partir del interés por la meditación. Sin embargo, las afiliaciones cada vez son más débiles y más variables. Antes eras católica o atea; ahora hay infinidad de religiones y de maneras de vivir estas religiones.

¿La globalización, pues, tiene un efecto democratizador en el ámbito religioso? ¿Es un fenómeno positivo para alcanzar la igualdad en la gestión de la diversidad de creencias?

La globalización es muy desigual en términos sociales y económicos. Las personas migrantes con otras religiones han llegado acompañadas de situaciones de mucha precariedad. Eso hace muy difícil que puedan abrir un espacio de culto o celebrar un entierro en buenas condiciones. La precariedad hace difícil vivir la religión de manera digna en un espacio que no es el tuyo. Para que haya coexistencia pacífica y enriquecedora debe tenerse esto en cuenta y dar soluciones. Mucha gente dice que la religión genera conflictos, pero yo creo que no es la religión, sino la desigualdad.

¿Cuáles son los retos principales a los que se enfrenta nuestra sociedad para alcanzar la igualdad en la gestión de la diversidad religiosa?

En primer lugar, hay que romper la relación entre desigualdad económica y diversidad religiosa. Hay que dignificar todas las religiones y generar espacios de encuentro. Otro reto es cómo responder desde nuestra casa a los conflictos internacionales vinculados a la religión para que afecten el mínimo posible y podamos reducir el riesgo de violencia y de discriminación. En tercer lugar, es primordial empezar el debate sobre las cuestiones religiosas de manera calmada y contextualizada para construir un Estado laico donde todas las personas, independientemente de su religión u opción de conciencia, puedan convivir pacíficamente.

Artículo resumen de la jornada.

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