“Los menores extranjeros no acompañados no generan solidaridad”

“Los menores extranjeros no acompañados no generan solidaridad”

Entrevista. Hablamos con Rosa Bada, directora estratégica de la Fundación Bayt al-Thaqafa.

Fundada en 1974, la entidad Bayt al-Thaqafa trabaja en Barcelona y en Sant Vicenç dels Horts dando apoyo a población inmigrada de origen árabe-musulmán. Uno de los colectivos que atiende es el de niños y jóvenes que han realizado solos el trayecto migratorio hacia Europa, un fenómeno en crecimiento que ya se conoce con un nombre que es un acrónimo, MENA (menores extranjeros no acompañados). Bayt al-Thaqafa colabora con la Dirección General de Atención a la Infancia y la Adolescencia (DGAIA) mientras la Generalitat tiene su tutela, y los sigue atendiendo cuando cumplen 18 años y de la noche a la mañana se convierten en mayores de edad y deben emanciparse. La fundación se ha incorporado recientemente al programa estatal de atención de solicitantes de protección internacional, que el Gobierno central delega en las entidades. Licenciada en Filología Semítica, Rosa Bada es la directora estratégica de la fundación desde el año 2011.

A España llegaron en el 2015 más de 3.300 menores solos, el último dato disponible. ¿Cada vez son más?

En Bayt al-Thaqafa siempre hemos trabajado con este colectivo. Hace muchos años que llegan menores extranjeros no acompañados, desde principios de la década del 2000 y, sobre todo, a partir del 2008 o 2009. Tenemos unos números muy similares desde hace muchos años, atendemos de 80 a 100 casos cada año. Casi todos son chicos, y la mayoría son marroquíes. Este fenómeno no es nuevo y es muy poco visible. Socialmente nos tendría que hacer replantear muchas cosas…

¿Como qué?

Como qué respuesta estamos dando, porque acoger también significa acogerlos a ellos…

¿No se los acoge? ¿Cómo valoras la respuesta?

Insuficiente. Es como si los recursos que tenemos no se adaptaran a las necesidades que ellos tienen. Y no es, además, un colectivo fácil de “vender”, no genera una gran solidaridad. Así como en el tema del refugio todo el mundo se apunta, con estos críos todo el mundo sale corriendo en la dirección contraria. La gente siempre piensa: “Uy, problemas sociales, enredos en la calle…”. Abordamos este tema a golpe de titular, se problematiza, se criminaliza, sale en prensa y después todo desaparece.

¿Te refieres a la sociedad en general?

La sociedad en general no es acogedora con estas personas, en absoluto. Se las ve como problemáticas. Y seré sincera: lo son, claro está, generan un problema social muy concreto. Si tienes críos en la calle y sin posibilidad de nada, algunos enganchados a sustancias, pues evidentemente no son colectivos fácilmente asumibles. Pero es cierto que hace mucho que están aquí y que hace mucho que, un poco, disimulamos que están aquí.

Mientras son menores, la Generalitat tiene su tutela. ¿Cuál es su situación cuándo cumplen 18 años?

En principio, tienen permiso de residencia pero no tienen permiso de trabajo. Este es uno de los dramas. La Administración considera que es una edad en la que tienen que estudiar. Además, para tener un permiso de trabajo les tendrían que hacer una oferta laboral, y estos niños no tienen ninguna formación. No son críos que vengan para seguir procesos de formación larguísimos, son gente que necesita trabajar. Si tienen una oferta de trabajo de jornada completa como mínimo de un año, les cambian el permiso de residencia por un permiso de trabajo, como a todos los inmigrantes. Si no, tiene que hacer cinco años que tienen la residencia legal en España sin antecedentes penales para conseguir la tarjeta de larga duración, que ya incluye el permiso de trabajo. Es un circuito muy complicado y en ningún momento reciben un mensaje de “¡qué bien que estés aquí, cómo te ayudaremos!”, no, se necesita mucha moral. Nuestro servicio jurídico está prácticamente dedicado a estos casos, que son los más vulnerables.

¿La Administración no se preocupa lo suficiente?

Está el Plan de Mayores y ayudas de entre seis meses y tres años. A partir de los 21 años se acaba todo. Se considera que estos chicos están más preparados que los nuestros. ¿A cuántos jóvenes de 21 años conoces en un entorno digamos normalizado que estén trabajando y viviendo de forma independiente?

Diría que ninguno.

Pues se presupone que estos chicos tendrán esta capacidad. Si la sociedad no se implica, no hay posibilidades de integración. Es muy difícil. Hay que replanteárselo, aunque solo sea por un razonamiento económico egoísta: los tienes dos años en un centro tutelado y después se quedan aquí sin posibilidades de futuro. Y al final serán nuestros yernos, los padres de nuestros nietos o nuestros compañeros de trabajo.

¿Qué habría que hacer?

Lo que sería lógico es que los protocolos favorecieran el éxito de la integración. En una sociedad en la que quisiéramos ser realmente acogedores, esto tendría que formar parte de nuestra manera de organizarnos. Con todo, hay muchos casos de éxito y de gente que es muy fuerte, que tiene mucha resistencia y pone la directa y que después se encuentra con otra persona que se implica para que su vida pueda funcionar. Son gente muy potente. Si lo piensas bien, son críos que estaban en la calle en Marruecos, que viajan, que vienen… Es una pena que la sociedad y la normativa no lo faciliten, porque perdemos un montón de talento.

Solo 25 menores no acompañados solicitaron asilo en España en el 2015. ¿No hay entre estos chicos más candidatos potenciales a obtener protección?

No se la dan. Ellos ya son conscientes desde el país de origen de que no tendrán esta posibilidad. Aquí ningún africano tiene esta posibilidad, a no ser que no sean casos de persecución política o LGBTI. Nuestro sistema de refugio es anecdótico.

Para Europa es un problema grave que llegue un millón de personas, y en cambio Turquía puede gestionar tres millones. La lógica es absurda.

Bayt al-Thaqafa participa desde hace poco en el programa estatal de acogida de refugiados. ¿Cuál ha sido el proceso para entrar en este programa?

Nosotros formamos parte de la Red Acoge, una red estatal que agrupa a entidades de todo el Estado y a través de la cual solicitamos subvenciones del Ministerio. Ante esta llamada crisis, el Estado tiene la necesidad de ampliar su programa, que siempre ha sido restringido a entidades expertas, y propone una convocatoria para abrir plazas a las cuales todo el mundo puede acceder. Nosotros atendimos a personas refugiadas de las guerras de Bosnia y de Kosovo, acoger es nuestra razón de ser y sabemos hacer nuestro trabajo. Nos presentamos y nos otorgaron veinte plazas. El programa estatal se ha rediseñado y se está construyendo, lo vemos cada día, porque se supone que tenemos que dar respuesta a muchas solicitudes de gente que no llega. Es un poco como Esperando a Godot, está anunciado, está anunciado, pero no parece que se produzca. Esta llamada crisis es ridícula de números: para Europa es un problema grave que llegue un millón de personas, y en cambio Turquía puede gestionar a tres millones. La lógica es absurda.

¿Cómo está siendo la experiencia?

Nos empezamos a poner en marcha antes del verano y el primer gran problema fue encontrar pisos. Tenemos cinco pisos, pero nos costó mucho encontrarlos. Es un problema grave, porque si bien es cierto que se ha generado un ambiente aparente de muy buena acogida, cuando decíamos para qué queríamos los pisos, dejaban de estar disponibles. La Administración tampoco nos ha dado cobertura con respecto a facilitarnos recursos asistenciales, ni el Ayuntamiento ni la Generalitat. Han tenido muy buenas palabras y han creado sus programas de cara a fases futuras de la salida del programa estatal, pero no han tenido la capacidad de ofrecer pisos. Entramos en el mercado libre, y es durísimo: tenemos garantía total de pago, porque tenemos dinero, el Estado nos los da, pero nos costó muchísimo. Y fue una experiencia desagradable, ver qué fáciles son los tópicos y el discurso de odio.

¿Tenéis las plazas ocupadas?

A partir de septiembre empezaron a venir personas. Están todas ocupadas, menos tres de las cinco plazas de salud mental que tenemos asignadas. Lo que nos llama la atención es el perfil de las personas que nos envían. Nosotros somos una entidad especializada en población árabe-musulmana y, de hecho, la oferta que hacemos es para trabajar con personas que llegan de países musulmanes. Pero eso el programa no lo tiene en cuenta; el programa tiene en cuenta la necesidad del momento y dónde hay una plaza disponible. No nos están llegando ni sirios, ni afganos, ni somalíes, ni eritreos, sino hondureños, venezolanos y salvadoreños.

Un porcentaje muy alto de personas refugiadas son niños. ¿Está adaptado el programa para atenderlos?

Específicamente, no. Creo que ni siquiera se ha reflexionado al respecto. Presuponemos que el hecho de tener a un menor a cargo hará que la situación de la familia se mire con más generosidad, y que tendrá un trato más adecuado cuando se acaben las fases del programa, pero es lo mismo que habrían tenido: ningún ayuntamiento dejará a una familia con criaturas en la calle, así que tampoco es un cambio cualitativo. Tenemos seis o siete menores en los pisos. No tienen un tratamiento específico como ciudadanos futuros, pero sí que podemos imputar gastos específicos vinculados a sus necesidades. Más allá de garantizar que estén escolarizados, si les toca, y de la protección obvia de sus derechos, no tenemos ninguna directriz.

¿Haría falta? ¿Es una carencia?

Es que el programa es café para todos, y esta es la carencia. Trata igual todos los casos. Es más fácil hacer cosas homogéneas, obviamente, pero es un programa en el que faltan matices. No es lo mismo una familia venezolana en la que el padre es ingeniero, que una familia con problemas de salud mental que viene de Siria.

¿Qué valoración haces en general?

Es un programa excesivamente burocrático. Somos los primeros interesados en cuidar del dinero público, porque vivimos de eso, pero hay tanta burocracia, tanta cantidad de información diaria que tienes que recoger cada día de cada una de las personas que casi es absurdo y perjudica la atención. Hace que al final te conviertas en un fiscalizador de la persona en lugar de ser un acompañante. Otro problema grave del programa es lo que decía antes, que intenta tratar a todo el mundo por igual y es poco flexible. Nosotros todavía lo tenemos que ver, pero lo que conocemos por experiencia de otras entidades es que las fases son muy rígidas y artificiales. Si llevas a cabo un proceso, la gente necesita estabilidad, vienen de situaciones muy duras, hazlo fácil. Es como si en el fondo les dijéramos: “Eres muy bienvenido, pero relativamente.” Aparentemente damos facilidades pero lo hacemos todo muy difícil.

Me sabe mal decirlo, pero hay un punto de paternalismo en la forma como nos planteamos la cuestión de los refugiados.

¿Qué faltaría?

Una política real de asilo y de acogida. Corremos el peligro real de crear dos categorías de personas, estamos cayendo en la diferenciación de que una cosa es el refugiado y la otra es el inmigrante. Obviamente, son situaciones diferentes, pero para la persona que las viven, no tendrían que serlo para quien acoge. Hemos tenido casos de gente que nos llega a Bayt como voluntarios, pero quieren trabajar solo con refugiados sirios y no con inmigrantes marroquíes. La acogida es algo mucho más amplio. Somos una sociedad que acogimos muy bien en los momentos en que hubo un gran flujo migratorio. No tuvimos conflictos importantes, aunque no todo ha sido fácil, pero no tenemos una cultura política y de normas de acogida. Es al revés, es una carrera de obstáculos. El miedo que tenemos a perder lo poco que tenemos nos hace ser muy duros.

Me sabe mal decirlo, pero hay un punto de paternalismo en la forma como nos planteamos la cuestión de los refugiados: “Venid, necesitáis que os acojamos.” No, la gente viene a construir su futuro aquí, a compartir y a enseñarnos muchas cosas, y eso ya es más difícil: mientras sentimos que somos buenas personas porque hay alguien que nos necesita, funciona, pero cuando el otro se te pone en igualdad de condiciones, ya molesta un poco más y no es tan fácil de asumir. Y la gente viene a hacer un futuro y a ser un ciudadano de aquí.

¿Es una crítica de ahora o de siempre?

De siempre. Siempre hemos vivido las migraciones como “ay, pobrecitos, es que en su país todavía están peor”. Este discurso es muy general. En el fondo tendemos una cierta condescendencia. O sea, como sociedad que ya está aquí y que lleva más tiempo, dejamos unos espacios que ya nos parece bien que el otro ocupe. Es aquello de “que vengan, pero que no se casen con mi hija”. Los cambios de valores culturales cuestan mucho, son procesos muy largos y se tienen que hacer entre todos, entre los que vienen y los que ya estaban, de forma más compartida.

Denunciabas antes los discursos de odio hacia al extranjero. ¿Es especialmente así con la población musulmana?

Yo diría que hay más información que hace unos años sobre el islam, hay mucho ruido sobre el islam y hay un aumento de la islamofobia, pero no quiere decir que antes la comunidad musulmana se pudiera integrar con más facilidad. El islam siempre ha sido el otro para nosotros; tenemos la idea de que es poco moderno, excesivamente religioso, inadaptado, que no acepta nuestros valores. Es una relación que siempre ha tenido una tensión, y ahora con todo el tema del terrorismo internacional de tipo islamista se ha incrementado.