Deseo poscapitalista
DESHACER EL FINAL: EL CURSO QUE FISHER NO IMPARTIÓ
Con Clara Serra, Laure Vega, David Caño, Núria Gómez Gabriel, Antonio Gómez Villar, Amador Fernández-Savater, Joan Yago, Alberto Santamaría, Carolina Yuste, Marta Echaves, Alicia Valdés, Laura Llevadot y Marcelo Expósito.
James Graham Ballard escribía que lo que teníamos que temer del futuro no era que ocurriera algo terrible, sino que no ocurriera nada, que viviéramos en un mundo aburrido y se nos atrofiara la imaginación.
Agotamiento por repetición. Si en el fordismo se instauraba el sueño de un esquema clásico de trabajo, conformación de la familia y aspiracionalismo a mayores cuotas de propiedad en aquello necesario para reproducir la vida, en el posfordismo parecería que solo podemos aspirar a una nostalgia y mirada regresiva a un pasado que no existió o al tedio acompañado de formas de anestesia a través del consumo compulsivo que nunca sacia —desde el scroll en el teléfono móvil hasta las series de televisión, pasando por los estupefacientes—, mientras se transita entre ruinas y reliquias espectrales en una indistinción entre presente y futuro.
Dentro de un sistema en el que el valor se encuentra en el intercambio y no en el uso, que trata de capturar y subsumir como mercancía cada forma de posibilidad, parece que la potencia de una imaginación capaz de romper con el tiempo rectilíneo simplemente se ha rendido. No se desea el capitalismo en sí mismo, pero gana por incomparecencia y a través de formas de hiperstición. Se da paso así a un zeitgeist que trata de imponerse, pastiche y remake, repetición como farsa de productos, desde lo político a lo cultural, que no son ya inocuos por ser capturados, sino que se definen desde la propia captura y se castran de antemano para todo aquello que suponga romper con una realidad preestablecida que se autodefine como inmutable.
Mark Fisher diagnosticó como realismo capitalista la enfermedad fundamental de unas sociedades posfordistas en las que ya no cabía aguardar ningún tipo de esperanza de cambio, sino tan solo sostener la languidez de lo existente como natural y sempiterno, cancelando así el futuro. No habría alternativa ya no solo en el plano físico, sino tampoco en el de la imaginación y el deseo. A cada forma de producción le correspondería una estructura afectiva y una sintomatología, y Fisher estaba dispuesto a tratar la fenomenología de la incertidumbre y la precariedad aprehendidas. Para ello se sirvió del análisis social desde el cultural. No como un ejercicio estético o como un mero relator externo del estado de las cosas, sino entendiendo cada texto como un artefacto que, en su propia forma de devenir, en su impacto en el individuo y en la conformación de su subjetividad, era también capaz de provocar un principio de llamada al movimiento.
En su disección de la realidad contemporánea encontró la forma de poner nombre a los síntomas que la definen: desde el hedonismo depresivo que impide cualquier otra acción que no sea la búsqueda sin consecución de placer, hasta la impotencia reflexiva a través de la que se configuran las profecías autocumplidas de imposibilidad de cambio. Pero no solo.
Analizó las formas que había tomado la cultura y la contracultura, lo social y lo simbólico, sus promesas y sus abandonos, desde una perspectiva popular y sin concesiones, lejos de la melancolía y centrada en la hauntología como ontología fantasmal de los futuros perdidos, aquello que nunca sucedió y que, sin embargo, podría haber sido realizable. De esta manera, Fisher integra lo real para ir más allá de lo real.
Fisher comprendía que, tal y como postula Horkheimer, lo estético puede suponer una forma de represión interna en la cual el poder social se introduce en los mismos cuerpos que domina, operando así como una modalidad efectiva de disciplinamiento libidinal. Sin embargo, como nos recuerda Eagleton, lo estético, si se configura como sentimiento o impulso, puede correr a la par que la dominación política, pero, en cuanto estos fenómenos se aproximen a la pasión, la imaginación y la sensualidad, no son tan sencillamente incorporables. La subjetividad profunda —en tanto que solipsista— puede ser rastreada y promovida por la forma del orden dominante, pero en lo estético como artefacto se juega también la posibilidad de un impulso no limitado que no se pueda extirpar sin extirpar con él la capacidad de autenticación del mismo poder.
Son dos los proyectos de Fisher que pretenden recorrer el camino para dar con el reverso del realismo capitalista. Por un lado, su inacabado trabajo titulado Acid Comunism, y, por el otro, su también inacabado curso Postcapitalist Desire. El diálogo entre ambos es evidente y revelador, no tan solo por las temáticas escogidas, sino por el camino que tratan de trazar desde la pregunta y la búsqueda de aquello que podría ser.
Es desde esta hauntología de lo que fuera posible desde la que se presenta un nuevo recorrido por su pensamiento y metodología, por sus preguntas e intuiciones, que pretende revisitarlo. No con ánimo de homenaje que cristaliza y deviene inoperante más que para ser mirado, sino desde la comprensión de que un artefacto político abierto puede sumar aquello que ya contenía con nuevas aportaciones situadas.
