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"En Diàlegs de Dona reforzamos los vínculos con el vecindario"

06/06/2022 - 12:20 h

Acción comunitaria. Hablamos con Mercè Amor, que recibió la Medalla de Oro del Plenario del Distrito de Ciutat Vella en el mes de mayo.

Mercè Amor recibió a finales del mes de mayo la Medalla de Honor del Plenario del Consejo del Distrito de Ciutat Vella por unanimidad y en julio leerá el pregón de la fiesta mayor con Fátima Ahmed. Juntas coordinan, desde hace más de veinte años, Diàlegs de Dona, donde empezaron como voluntarias a jornada completa y sin ningún tipo de recurso a enseñar catalán y castellano a mujeres de todas partes.

Ahora por el edificio de la antigua Escuela Massana pasan cada semana unas 230 mujeres de diferentes procedencias que quieren aprender el idioma y que, muchas veces, cuentan sus problemas a Mercè. Militante de izquierda, torturada durante la transición y profesora de historia del arte durante muchos años, es una apasionada del trabajo que hace y sobre todo de las personas. Le costará desvincularse de todo cuando, a finales de año, se jubile.

¿Quién trabaja en Diàlegs de Dona y qué se hace?

Somos cinco personas en plantilla y, además, profesoras; todas somos mujeres voluntarias. Además de la lengua, explicamos a unas 230 mujeres, de muchas procedencias y que se acercan cada semana, cómo funciona el país, la sanidad, la educación o cuestiones de situaciones cotidianas para que tengan un conocimiento del entorno, porque son de culturas muy diferentes.

¿Cuántas clases hay y cómo lo concilian con su vida?

Todas tienen dos días de clase. Hay grupos de lunes y miércoles por la mañana, y otros de lunes y miércoles por la tarde. Hemos creado un casalet para que puedan venir con los niños pequeños antes de que empiecen en la escuela. Hay que tener en cuenta que es otra cultura y no les pasa por la cabeza dejar a un hijo tan pequeño en un jardín de infancia. Tenemos lista de espera y una matrícula viva. Si vemos que una mujer deja de venir, damos entrada a las personas que esperan.

Muchas veces las mujeres vienen con su marido, que está desesperado porque la mujer está triste

Esta lista de espera significa que hay una necesidad.

Sí, hay una gran necesidad y pocos recursos que le den respuesta. Yo no conozco ningún otro recurso que, como nosotros, dé clases durante todo el curso escolar, muchas veces lo hacen un semestre. Y sin el idioma no se puede romper ninguna otra barrera. A veces quieren hacer cursos laborales, pero sin el idioma no podemos. A menudo las mujeres vienen con su marido, que está desesperado porque la mujer está triste, y hay que hacer algo. Ellos trabajan, hacen actividades; ellas se quedan en casa. A veces se enfadan porque no hay plazas, hacen falta más recursos de este tipo.

En la entrada del local hay fotos de talleres de cerámica, fiestas… Las actividades van más allá de las clases.

Sí, hacemos muchas salidas culturales e intervenimos bastante en la relación con el vecindario. Queremos que estas mujeres no sean invisibles y que el vecindario, una parte del cual a veces rechaza los cambios que se producen en el barrio, se acerque a las mujeres migradas y al revés. Buscamos espacios comunes de contacto, como, por ejemplo, una salida que organizamos con las Catifaires del Raval, la mayoría de las cuales son mujeres mayores del barrio de toda la vida. Se relacionan, pero hay una cierta distancia.

¿Por qué solo hay mujeres?

Bien, cuando empecé a dar clases de castellano en la entidad Ibn Battuta solo había clases para mujeres porque ellas no querían dar clase con hombres, no están acostumbradas. Era el año 2002 y nos preguntaban: “¿Por qué segregáis?”. Yo les decía que lo que quería era que salieran de casa y que si dábamos clases solo con mujeres vendrían.

Entonces, ¿el proyecto nació de Ibn Battuta? ¿De dónde viene esta vocación?

Creo que fue por los cinco años que pasé en Marruecos. Fui voluntaria en un centro de menores tutelados y eso me cambió la mirada, coincidiendo también con los encierros de migrantes en las iglesias de Barcelona: me sensibilicé más con los temas migratorios. Cuando volví, quería apuntar a mi hija, que había nacido en Marruecos, a árabe. Entonces vi que buscaban profesora en Ibn Battuta y me apunté.

¿Y cómo se pasa de aquí a Diàlegs de Dona?

En el año 2008, con la crisis, Ibn Battuta se quedó sin subvenciones y tuvo que cerrar. Recuerdo que tomé un café con Fátima, que ahora está en su despacho, aquí, y le dije: “No podemos dejar sin clase a las mujeres”. Y lo montamos para hacerlo nosotras por nuestra cuenta.

¿Y cómo lo financiabais?

Durante los primeros meses cobrábamos el paro, un paro muy bajo, y trabajábamos ocho horas al día, cinco días a la semana, sin cobrar. Y si había que comprar un rotulador o papel, decíamos: “¿A quién le toca?”. El Ayuntamiento nos cedió un espacio, eso sí. Hasta que llegó una fundación privada, Nando y Elsa Peretti, de la diseñadora de joyas, y nos ayudó a financiarnos. Seguimos vivas gracias a esta fundación extranjera. Más adelante, el Ayuntamiento nos subvencionó, pero al principio tuvimos que pasar un periodo de prueba.

Los adolescentes, por ejemplo, viven situaciones muy complicadas, entre los valores de su familia y los de los jóvenes de aquí

¿Cómo es la relación con las alumnas?

Muy próxima, me implico mucho, a veces demasiado. A veces vienen mujeres que todavía no conozco a hablar conmigo y me cuentan sus problemas. A veces acabo conociendo a toda la familia. Los adolescentes, por ejemplo, viven situaciones muy complicadas, entre los valores de su familia y los de los jóvenes de aquí. Me han dicho que ahora que me jubilo costará encontrar a alguien que empatice tanto, y creo que quizás me reservaré los miércoles para no hacer ninguna actividad de jubilada y vendré a hablar con las mujeres.

¿Cómo habéis recibido esta medalla?

Pues, sinceramente, lo primero que dije es que tenía que ser más bien para la entidad que para mí. Me lo confirmaron, pero que también era un reconocimiento a mi trayectoria. Es posible que también se enteraran de mi testimonio sobre la tortura durante la transición y reunieran un poco los reconocimientos.

¿Qué testimonio?

En febrero di testimonio en Vía Laietana, donde hay un movimiento que quiere cerrar la comisaría porque hubo torturas. Yo militaba en la extrema izquierda y los últimos años del franquismo fueron muy duros. En el año 1978 acusaron al que entonces era mi compañero de un robo de armas y, cuando lo liberaron, me detuvieron a mí. Entonces yo no lo veía como una tortura, pero me escupieron, me dieron patadas… Me preocupaba dar testimonio porque me había provocado mucha angustia otras veces que lo había recordado.