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Carmina Pérez Soriano: “Existía una norma básica, el silencio, y yo la he roto”

¿Y si el silencio tuviera traducción? ¿Y si en los rostros que habitan este silencio pudieran leerse las historias de estas personas como cartografía viva?

Conversamos con la creadora e intérprete de la pieza teatral íntima y personal que narra la historia de la Guerra Civil española, ‘Rostros del silencio’.

Nos encontramos con Carmina en su rincón dentro del Espacio de Educación Artística y Creación Contemporánea, para descubrir el viaje de una familia que empieza con el impacto de la Guerra Civil española, quizás antes. Las ramas de un árbol ascienden en un rincón, para hacernos recordar que los árboles guardan historias, escondidas bajo tierra entre sus raíces. Y, es precisamente desde esta herencia silenciosa, que conversamos con Carmina.

¿Como nació ‘Rostros del silencio’?

Esta obra surgió de mi necesidad de entender por qué soy como soy, mi identidad. Oía que había ciertas identidades que convivían en mí y que iban acompañadas de una especie de sentimiento de culpa, como si fuera infiel a cierta parte de la familia, pero no sabía el motivo. Entonces, empecé a dibujar y a pintar rostros, y a relacionar cada rostro con un personaje de mi familia. Y de golpe, me choqué con la Guerra Civil española.

¿De qué manera se materializaba este sentimiento de culpa?

A través de las creencias, los mensajes y los valores. Ante una acción, tenía un conflicto, porque existían dos valores contradictorios y no sabía hacia dónde tirar. Sin ser consciente, cada creencia la podía hacer corresponder con un personaje de la familia en concreto.

Para averiguar cuáles eran estos personajes antepasados, has tenido que realizar una investigación familiar abrupta y meticulosa. ¿Cómo ha estado el proceso y que te ha aportado?

Ha sido como elaborar un tapiz, con un montón de hilos, de trabajo de muchos años. Sin embargo, para mí el descubrimiento que estaba haciendo era tan importante, que lo tenía que compartir. ¿Como se transmiten los traumas de una generación a otra y, cómo los traumas de la Guerra Civil han marcado unas identidades actuales? Eso me ha permitido por una parte, enriquecer mi identidad. No puedo definirme como catalana pura y dura. Aunque he nacido aquí, tengo una parte de Canarias, de Alicante, de Castilla, mucha relación con el mundo árabe y cierta relación con los guanches (aborígenes de Canarias).

Paralelamente, todas estas identidades estaban muy oprimidas por un hecho que había pasado y yo desconocía, la Guerra Civil. Poder librarme de estas creencias, herederas de un sistema dictatorial y de terror, me ha servido para poder recuperar estas raíces y darlas aire. Me ha ayudado a posicionar y, a ser fiel no al miedo, que ellos me han intentando transmitir por precaución, sino a la vida que comportaban estas raíces. A sentirme parte de todo un patrimonio muy diverso.

Así pues, ha marcado un antes y un después en ti.

Sí. Por ejemplo, antes no me implicaba políticamente porque en mí, existía cierta prohibición por miedo a ciertas represalias y para no radicalizarme. Cualquier cosa de puertas afuera era un peligro. Hay una frase que digo en la obra: “Crecer hacia afuera cómo un árbol crea peligros y, por lo tanto, tenemos que vivir en pequeño y en miniatura, hacia dentro.” Y eso es una creencia que no está superada pero al menos ahora, sé de dónde viene.

La obra es fruto de un proceso de 6 años. Los rostros también. ¿Si ahora, con toda la información que has ido recopilando a lo largo de los años, tuvieras que dibujar estos rostros, como serían?

No serían tan amenazantes. Creo que los endulzaría un poco. Tienen su dureza y su malestar, pero hay más amor que años atrás. Todo eso es fruto de la comprensión, de sentirme parte de una familia, y parte de alguna cosa mayor que mi presente.

Tendemos a crear una identidad con el fin de estructurar nuestra vida. Y supongo que romper con eso cuesta.

Nos la creamos y nos la creemos. Pero es totalmente arbitraria y ficticia. Creo más en la memoria corporal, genética, ancestral. Ésta es la que nos aporta toda la información y las creencias es el lenguaje que se pone por encima de esta información. Pero nuestro cuerpo tiene un bagaje: el color de los ojos, el color de la piel… y es una manera de relacionarnos con el entorno. Y si averiguáramos de dónde venimos, podríamos relacionarnos de otra manera con las diferentes culturas.

Los personajes de la obra se inspiran en tu familia. ¿Cuál ha sido su reacción al verse representados en un escenario?

Existía una norma básica, el silencio, y yo la he roto. A partir de aquí, ha habido muchas reacciones. Por una parte, la gente más próxima, como mi tía o mi madre, se han sentido muy desnudas, muy expuestas, porque según ellas: ‘los trapos sucios se lavan en casa’. Yo les he intentado explicar que es necesario, ya que esta historia no sólo les pertenece a ellas, sino que también me pertenece a mí y, no sólo a mí, es parte de un contexto y de una injusticia a nivel estatal.

Por otra parte y, gracias a la obra, ha habido cierta reconciliación entre dos partes de la familia que estaban enfrentadas. Por casualidad, el hijo de la cuñada de mi abuela vino a ver la obra y quedó muy agradecido y contento, porque pudo comprender qué es lo que había vivido la familia y porque los personajes adultos de su infancia actuaban como actuaban y porque se enfrentaron.

De alguna manera, el público forma parte de la obra, ya que los invitas a participar en el espacio de diálogo. ¿Hasta ahora, como lo han recibido?

En general, los espectadores se emocionan al ver que he podido poner palabras a algo que ellos no pueden o que tienen prohibido decir. Como yo soy la primera en desnudarme en la obra, automáticamente se genera un clima de confianza. Oyen una gran necesidad de hablar y empiezan a narrar historias que quizás nunca habían explicado…

Por ejemplo…

Recuerdo el caso de una chica que habló sobre su bisabuela y de cómo tuvo que huir embarazada y con una criatura de dos años, montaña a través, con el fin de llegar a la frontera con Francia. La mujer dio a luz en medio de la montaña, y estuvo a punto de abandonarla, porque si lloraba, la podían descubrir… Se trata de una cuarta generación quien narraba la historia y, a pesar del tiempo, la chica lo explicaba llorando, como si fuera ahora mismo que estuviera pasando.

Se rompió el silencio…

Es necesario. El silencio crea un vacío con la emoción. Es pura emoción. Y como hay un agujero, no se puede entender hasta que no se pone la información dentro.

¿Qué pasa si no se rompe el silencio?

Que el trauma se hereda. Los traumas que no se pudieron resolver, porque hubo una represión brutal, no reconocida todavía, marcan la identidad de un pueblo. En el contexto de la obra, estamos hablando de una represión de 15 años y una dictadura de 40. Eso quiere decir que hubo dos generaciones en silencio. Y aquí está la herencia. Creo que somos menos manipulables cuando somos conscientes de nuestra historia emocional y familiar.

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