Pon a la abuela en línea

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soledad. En esta época de contactos virtuales sería bueno que las personas jóvenes ayudaran a sus mayores a socializarse mediante las nuevas tecnologías.

Las medidas de salud pública dirigidas a contener la pandemia de la covid-19 y la nueva manera de trabajar de los centros de atención primaria añaden más barreras a la socialización de las que ya sufren las personas que se sienten solas en Barcelona. En esta época de contactos virtuales sería bueno que las personas jóvenes ayudaran a sus mayores a socializarse mediante las nuevas tecnologías.

El Doctor en Medicina, profesor asociado de la UB y médico de familia Joan Gené reflexiona sobre nuevas necesidades de acompañamiento surgidas con la covid-19, y plantea la posibilidad de que las personas jóvenes ayuden a las mayores a socializarse mediante el uso de nuevas tecnologías.

PON A LA ABUELA EN LÍNEA

Las medidas de salud pública dirigidas a contener la pandemia de la COVID-19 y la nueva forma de trabajar de los centros de atención primaria añaden más barreras a la socialización de las que ya sufren las personas que se sienten solas en Barcelona. En esta época de contactos virtuales sería ideal que los jóvenes ayudaran a sus personas mayores a socializarse mediante las nuevas tecnologías.

Las normas sociales implantadas para evitar la progresión de la pandemia de la COVID-19 han cambiado radicalmente la manera de relacionarnos. No solo hemos reducido los contactos, sino que ahora procuramos hacerlos virtuales. El hecho de que actualmente la supervivencia esté relacionada con el aislamiento contradice el instinto humano de socialización que asegura la evolución de la especie. Nuestros mecanismos neuronales, hormonales, genéticos y moleculares nos llevan a construir unas estructuras sociales que nos ayudan a sobrevivir y a reproducirnos. Estos mismos mecanismos biológicos son los que nos hacen sentirnos mal cuando, sin desearlo, nos encontramos solos. Un malestar que solo podemos aliviar buscando compañía. Esta socialización es importante tanto para la especie como para el individuo. Está demostrado que la soledad se acompaña de una peor salud y una menor esperanza de vida.

Así, esta intranquilidad que hemos experimentado al estar confinados en nuestro domicilio durante la primera y la segunda ola de la pandemia agrava todavía más la que sienten las personas que la sufren habitualmente porque se encuentran solas, especialmente si no son muy avezados en el manejo de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Las personas mayores, las más cumplidoras de las recomendaciones sanitarias, a menudo también son las que se sienten más solas y las que tienen más dificultades para utilizar los dispositivos electrónicos. En un estudio reciente, observamos que en torno a un 35 % de las personas de más de 65 años de Barcelona sienten soledad. La mayoría son mujeres, no porque tengan más propensión a sentirse solas, sino porque, al tener más esperanza de vida, hace que sean mayoritarias en el grupo de las personas mayores.

Aunque cada caso de soledad es único y está relacionado con las circunstancias biográficas y específicas del entorno de cada individuo, hemos visto que hay dos grandes grupos de personas que presentan soledad. Casi la mitad muestran una soledad severa, una situación no explicable por su edad, su estado de salud o cualquier otra circunstancia. Posiblemente son personas que desean compañía, pero que no la consiguen porque presentan serias dificultades de socialización. La otra mitad se siente menos sola, seguramente porque acepta mejor una situación que le llega poco a poco.  Su soledad está relacionada con la edad y las barreras a la socialización que producen las enfermedades, las dificultades de la marcha, la sordera o la pérdida de visión que acompañan al envejecimiento.

Ante esta realidad que condiciona la salud de la población que atendemos, nuestro equipo de atención primaria procuró mejorar la socialización de las personas que se sienten solas, priorizando su incorporación a las actividades de educación sanitaria grupal, y organizó sesiones específicamente dirigidas a este colectivo. Los resultados fueron excelentes. Los participantes redujeron su sensación de soledad y de aislamiento social y mejoraron su percepción de salud subjetiva, tanto física como mental. Por otra parte, la evidencia científica nos señala que, cuando reducimos la soledad, aumentamos la esperanza de vida de estas personas. Debemos admitir, no obstante, que nos costó mucho implicar a las personas que presentaban una sensación de soledad más severa.

Desafortunadamente, la llegada de la pandemia no solo ha detenido este proyecto, sino que ha convertido a los centros de atención primaria en lugares menos accesibles para las personas mayores. La necesidad de reducir los riesgos de contagio por el SARS-CoV-2 ha llevado a minimizar las visitas presenciales en los centros sanitarios. Las vacunaciones y los cribados se hacen fuera de los CAP, y la mayor parte de la atención tiene lugar telefónicamente o por medios electrónicos.

Este cambio organizativo ha modificado el perfil de las personas que piden atención en el primer nivel asistencial. Los médicos de familia tenemos la sensación de que, aparte de visitar a los pacientes con COVID-19 y sus contactos, ahora atendemos a una población mucho más joven y, en consecuencia, con problemas de salud más banales. Seguramente, la posibilidad de enviar un SMS o un correo electrónico o de concertar una visita por internet en cualquier momento del día o de la noche ha favorecido este cambio del perfil de los usuarios de los centros de salud. Las personas mayores, mucho más prudentes a la hora de reclamar atención sanitaria y menos acostumbradas a las nuevas tecnologías, se han alejado del servicio.

Sabemos que las personas con más recursos económicos, y, por este motivo, también más sanas, utilizan más los servicios sanitarios que las más desfavorecidas y, por lo tanto, más enfermas. Ahora, a esta iniquidad por factores económicos denominada ley de los cuidados inversos, hemos añadido la producida por la brecha digital.

Las medidas actuales de salud pública dirigidas a contener la pandemia de la COVID-19, así como la nueva forma de trabajar de los centros de atención primaria obligada por el contexto epidemiológico, han añadido unas barreras a la socialización que aumentan las que ya sufren las personas que se sienten solas por su actitud ante la sociedad, la edad, la enfermedad o los problemas de la marcha, la visión o la audición.

Mientras vivamos esta situación de excepcionalidad sanitaria y los centros de atención primaria no encuentren la forma de mejorar el acceso a las personas más necesitadas por sus patologías crónicas, tenemos que ayudar a nuestras personas mayores a relacionarse en este nuevo contexto. Pienso que los jóvenes, en lugar de aprovechar su destreza informática para pedirles la visita al médico, podrían formarlos en la utilización de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Muchos estudios demuestran que estas herramientas aportan un método prometedor para reducir la soledad en este colectivo. Esta es una tarea muy difícil y que requiere mucha paciencia, pero a mi entender sería el mejor regalo que podrían hacer a los abuelos que tanto quieren. Aunque los mayores desean abrazar y tocar a las personas queridas, considero que estos contactos virtuales también pueden ser muy gratificantes emocionalmente y los pueden ayudar a sentirse próximos y conectados con las personas de su entorno familiar, de amistades o de cuidadores informales y formales.

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