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(Fotografia: Pritiranjan Maharana)
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Y, para continuar, un reproductor del 1370. Es necesario imaginar el deseo para inventar el artefacto, y 2

A algunos os gustó la grabación del año 1350, con las campanas de Salomón dentro de una ‘ampoletta’ relicario. Hoy hago la continuación. Siguiendo lectures medievales en estos días de semi desconfinamiento, he topado con un reproductor de sonido del siglo XIV. Ese tipo de artefactes que en el Museu de la Música son descritos como ‘instrumentos programados de timbre fijo’, y que Sara Guasteví nos ha ilustrado des de los tiempos de la Grecia clásica y la China imperial hasta antes de ayer (leedlo, si todavía no lo habéis hecho, en este mismo blog en Escuchamos los discos de cartón perforado del Museu de la Música). Es otro ejemplo, en definitiva, de cómo el deseo y la imaginación preceden al invento del ingenio.

La cosa sucede así. Guillem de Torroella (c. 1348- c. 1375), tercera generación mallorquina de una de las grandes famílias ampurdanesas en la conquista de la isla, hacia el 1370 escribió el libre La faula: un viaje imaginario y mágico que él habría hecho a lomos de una ballena desde Sóller hasta la Isla Encantada, donde viven escondidos el Rey Arturo y el hada Morgana, su hermana (el santo Grial slos mantiene jóvenes durante siglos). La intención del libro es alertar a los nobles de la pérdida de los valores caballerescos en este largo  languidecer de la Edad Media, y hacerlo por boca del referente ideal: el rey Arturo. El libro es, entonces, una llamada a recuperar –si es que alguna vez existieron— los ideales caballerescos.

Pues bien, son 1269 versos en forma de las denominadas ‘nuevas rimas’, que nos conducen por un mundo mágico y sorprendente. Cuando Guillem llega a la isla, se le presenta un caballo (un palafrén) que sobrepasa cualquier cosa imaginada en bellesa, ornamentación y valores. Dedica páginas a describir la maravilla. Y en una de las páginas, describe el petral, o sea, la pieza que el caballo lleva en el pecho (cuidado, que sigui el catalán de la época!):

            Pitral non vis anch per a ell,
            Car fayt fo ab encantamén;
            Cent cascavells hi hac d’argén
            Asauts e de bella faysó,
            Que no eron semblant de so
            la un a l’altre ne de vots,
            Más acordar los vírets tots
            Al pas del palafrè amblan,
            A notar un lays de Tristan,
            Que molt és plasent per ausir.

Que quiere decir: “En el petral del caballo había cien cascabeles de plata de sonido diferente, que con diversas voces concordaban cantando un lai de Tristán” tal y como nos explica Pere Bohigas y Jaume Vidal Alcover en la edición que hicieron (La faula en Edicions Tàrraco, Tarragona, 1984, p. XVIII i 12).

No hay duda: es presentado como un encantamiento que, con el movimiento del palafrén cuando camina a buen paso –‘amblar’—, nos hace escuchar el famoso lai (canción) de Tristán. Un efecto inimaginable, por mucho que en la época ya hubieran las primeres cajas de música, como el órgano automático de activación hidràulica de los hermanos Banū Mūsā (sigle IX) o los artilugios de los campaneros de Flandes, ya activos en el siglo XIV. El ingenio descrito era como son ahora los efectos especiales de las pel·lícules futuristes. O sea, como pasaba con la grabación de Boccaccio, una imaginación sonora que describe un deseo de artefacto sonoro. Justo la lleva porque, tres siglos más allà, en la obra Musurgia Universalis (1650) de Athanasius Kircher (1602–1680) ya aparecían los planos para construir diversos instrumentos automáticos, o sea, reproductores de sonidos programados.

La obra de Guillem de Torroella, justo después de la peste negra, nos presenta a la vez el ideal caballeresco –entonces tan conservador!— juntamente con un imaginario futurista y maravilloso... (quizás  todavía hoy no hemos salido del siglo XIV?).​