Las mujeres que cuidan en dos tierras

Cadena de cuidados. Entrevista a las creadoras del webdocumental 'Cuidar entre tierras'. Un fenómeno transnacional y urbanizado, que evidencia la tensión entre las necesidades de las personas y las necesidades de los mercados para acumular capital.

‘Cuidar entre tierras. ¿Quien sostiene la vida cuando las mujeres migran?’ es un documental producido por La Directa y CooperAcció que aborda la fuga de cuidados asociada a la migración de las mujeres del Sur Global y como ésta traspasa el entorno familiar, afecta a la comunidad y el territorio. La defensa de los bienes naturales, muy feminizada, también sufre que las mujeres tengan que alejarse. La entrevista ha sido contestada coralmente por las guionistas Anna Celma, Berta Camprubí, Núria Gebellí, Estel·la Marcos y Meritxell Rigol.

¿A quien da voz ‘Cuidar entre tierras’?

Más que dar voz, podríamos decir que pone voces a un fenómeno. Las que recoge el documental son voces de mujeres migradas y sus entornos, a través de las cuales procuramos explicar qué es eso que suena más bien poco de las cadenas de cuidados.

“Hay casos en que migrar no es una opción, sino la única”.

¿Cuáles son las causas principales de su migración?

Lo que motiva la decisión de migrar es diverso. Pero sí es cierto que es habitual que detrás de la decisión de alejarse de su país o territorio de origen haya la aspiración de conseguir mejorar la calidad de vida de sus familias (niños y ancianos), y no sólo pensando en que es mejor para una misma. Tener familiares a cargo en el país de origen, que dependen total o parcial de las remesas que les envían es, de hecho, una de las piezas de la exposición a abusos laborales que viven muchas mujeres migradas. También es cierto que, además de la migración llamada ‘económica’ (migración que tanto puede observarse de una ciudad del Sur global hacia el Norte global, como del campo a la ciudad dentro de un mismo país) hay casos en que migrar no es una opción, sino la única. Es el caso de mujeres desplazadas, por ejemplo, a raíz de conflictos o raíz de la presencia de actividades económicas de empresas transnacionales que rompen el tejido productivo tradicional del territorio y que dinamitan las formas de subsistencia allí donde se instalan. Y también encontramos mujeres que migran para preservar la vida, que son exiliadas, por su actividad social y política. Más allá de lo que las lleva a migrar, en devenir migradas, el lugar que se les reserva a las ciudades donde llegan a menudo es el trabajo del hogar y los cuidados. Un trabajo socialmente cuestionado como trabajo real y en que las mujeres, trabajando aisladas, dentro de las casas, quedan expuestas a múltiples formas de abusos.

A la hora de documentaros, ¿como organizastéis el camino inverso de las mujeres migradas latinas que llegan a tierras catalanas?

Cada día es fácil cruzarse por las calles de los barrios mujeres latinoamericanas acompañante personas mayores. Son miles las que podrían poner voz, experiencia propia, al fenómeno que queríamos contar. Lo que no teníamos tan claro era si nos abrirían la puerta de su casa en el país de origen, para poder ver qué pasa cuando ellas migran y poder dibujar así, a través de ella, algunos ejemplos de las formas que adoptan las cadenas de cuidados; las cadenas para sostener la vida que las migraciones de mujeres desencadenan. Desde Barcelona contactamos con espacios organizativos de las trabajadoras del hogar y los cuidados. Hablamos con algunas que nos compartieron sus experiencias y encontramos en él puntos en común. Por condiciones del proyecto, la cadena a recorrer debía ser Colombia-Catalunya. Preguntando por nuestros entornos, localizamos una mujer ocupada como cuidadora procedente de Colombia. Le explicamos el proyecto y nos puso en contacto con su familia, residente en un barrio muy humilde de Bogotá. Nos abrieron las puertas, en Tarragona y en Bogotá. La de María fue una historia central del documental. Una muestra de las mujeres que cuidan a ambos lados del Atlántico. Atendiendo pero el peso e impacto de las migraciones internas, del campo a la ciudad, teníamos que localizar y visibilizar historias de cadenas locales de cuidados. Unas migraciones internas que a veces suponen un primer paso de una posterior migración internacional (económicamente y emocional aún más costosa).

“La fuga de cuidados del Abya Yala se debe a una relación aún colonial entre los países del norte global y sus no tanto ex colonias”.

Existe una relación de dependencia entre la fuga de cuidados en los países de donde provienen las mujeres migradas y la imposición de un modelo económico que empobrece los territorios del Sur global?

Absolutamente. El modelo económico impuesto en el sur global, en este caso estamos hablando del Abya Yala o América Latina, es un modelo capitalista, neoliberal basado en una lógica colonial extractivista. Este modelo saquea los territorios y precariza la vida de los pueblos y las comunidades, sobre todo las rurales, que en las últimas décadas han seguido viviendo un proceso de éxodo rural que las desplaza de su origen, la mayoría de los casos a malvivir a los llamados ‘cordones miseria ‘de las ciudad: las periferias, las favelas de Brasil, los’ pueblos jóvenes ‘de Perú, las comunes de Colombia, las’ villas ‘de Argentina etc. Este empobrecimiento fuerza la migración, que en el caso de la mayoría de países de América Latina está claramente feminizada (70% de las migrantes de Honduras y El Salvador, por ejemplo, son mujeres), debido al efecto llamada que ha creado la crisis de cuidados en occidente. La entrada de la mujer al mercado laboral y el envejecimiento de la población han creado esta crisis que genera un vacío laboral que occidente todavía no está dispuesto a reconocer y dignificar. Finalmente, este desplazamiento masivo de mujeres del Abya Yala es leída como una fuga de cuidados, pues ellas también ejercían tareas imprescindibles desde el amor y el cariño en sus territorios, con sus familias. La fuga de cuidados del Abya Yala se debe a una relación aún colonial entre los países del norte global y sus no tanto excolonias.

¿Quién es responsable de los flujos migratorios de mujeres que han sido desplazadas de sus territorios?

Por dónde íbamos en la anterior pregunta, estos flujos son responsabilidad de un sistema global que explota la población y el territorio de la mayor parte del mundo para permitir el consumo, los privilegios y las comodidades de una minoría. Un sistema global que, desde un inicio, no permite la existencia de estilos de vida rurales y comunitarios que se basan en la autosuficiencia y la autonomía. Quién está detrás? Los poderes fácticos, unas pocas familias como los Rockefeller o los Rothschild que han creado mecanismos e instituciones para mantener el poder como son la Reserva Federal de Estados Unidos, el FMI o el Banco Mundial.

¿Cómo son las tramas transnacionales de cuidados y las relaciones entre países del Norte y del Sur global?

En los países industrializados del Norte global, especialmente en Europa y en Estados Unidos, se da una serie de factores que producen un déficit de cuidados: envejecimiento demográfico; entrada al mercado laboral de las mujeres; falta de respuestas de los Estados del Bienestar; modelo social familiarista: organización de los hogares y del ámbito privado basada en la familia nuclear, con una tendencia cada vez mayor a la atomización y el individualismo; falta de corresponsabilidad; etc. Asimismo, el Norte global y el sistema capitalista basan su riqueza en una economía extractivista. Se implementa un modelo desarrollista en los países del Sur Global, por ejemplo, en América Latina. Este ‘desarrollo’ se basa en la extracción de los recursos y de las materias primas -los bienes comunes- los territorios latinoamericanos. El extractivismo y el desarrollo son dos caras de la misma moneda que causan un enriquecimiento de los países industrializados del Norte y un empobrecimiento de los países no industrializados del Sur global. Para sostener el sistema hay una serie de estructuras racistas, sexistas, capacitistes, edatistas y coloniales que hacen de pilar del capitalismo globalizado.

Este modelo permite que cada año miles de empresas transnacionales hagan macroproyectos extractivista que expolian los bienes comunes en los territorios rurales. Agua, minerales, combustibles fósiles, monocultivos, alimentos, etc. son los recursos naturales que se extraen a gran escala. Esto genera unos efectos de alta violencia por la natural y por las personas: contaminación, alteración del territorio, inundaciones, desertificación, deforestación, sequía …
Asimismo, rompe los equilibrios de las economías y actividades locales, hasta el punto de impedir el abastecimiento y la autosuficiencia de las comunidades. Este impacto en los territorios rurales generan falta de oportunidades a las poblaciones y, en particular, fuerza la entrada de las mujeres al mercado laboral. Cuando no encuentran alternativas en sus territorios de origen se ven forzadas a una migración del ámbito rural al ámbito urbano. A su vez, al marchar se generan unos déficits de cuidados. Otras mujeres -familiares y personas cercanas, o bien trabajadoras remuneradas- deben asumir los cuidados que las mujeres migradas ya no pueden proveer. Sean cuidados a niños, personas mayores o enfermas … o bien el territorio, la comunidad y la naturaleza. Con este trasfondo se dan las tramas nacionales y transnacionales de los cuidados. Debido a un modelo socioeconómico capitalista, que no es sostenible ni responsable con la naturaleza, los países del Sur Global sufren un elevado flujo migratorio. Primero, del entorno rural en las zonas urbanas.

“Al migrar, la mayoría de veces las mujeres dejan el país de origen a familiares a los que cuidaban”.

El incremento de las poblaciones en las ciudades genera un estrés socioeconómico, ya que a menudo no se pueden asumir los volúmenes de personas desplazadas desde el campo a la ciudad.
La falta de oportunidades laborales y / o de subsistencia genera una mano de obra precarizada y barata. Las condiciones y los derechos laborales se recortan en muchas ocasiones, así que las poblaciones de origen urbano también sienten el impacto de un cambio demográfico causado por las migraciones. En este contexto, sin oportunidades en el campo o en la ciudad, las personas con más recursos económicos pero precarias se plantean la migración como una forma de salir del círculo vicioso. Desde los últimos treinta años el fenómeno migratorio del Sur al Norte global cada vez se ha feminizado más. En la última década, casi la mitad de las personas migrantes han sido mujeres. Hacen una migración transnacional, a países vecinos o en otros continentes, para encontrar mejores condiciones laborales y para ayudar al sostenimiento de la vida en sus hogares. En migrar, la mayoría de veces las mujeres dejan el país de origen a familiares a los que cuidaban. Hijos o hijas, padres y madres, personas enfermas, etc. con quienes no tienen la posibilidad o la voluntad de reagruparse. Cuando las mujeres migran al extranjero, se genera otro déficit de cuidados, este especialmente urbano. De nuevo, otras mujeres asumen los cuidados, sea de forma remunerada o no. En caso de que se remunere a la cuidadora en el país de origen, probablemente será precariamente y perpetuando una cadena de vulneración de derechos que empieza en los países del Norte global y llega hasta los parajes más remotos de los países del Sur global.

¿Defender la tierra es cuidar?

Sí, absolutamente. Entender que los cuidados van más allá de las personas y también incluyen los territorios, es un paso necesario a hacer desde el Norte global. Proteger los bienes comunes, la naturaleza, es preservar la vida en todas sus formas. Como se explica en el tercer capítulo del webdoc de Cuidar entre tierras la defensa de la tierra de la mano de una resistencia cultural basada en una relación de armonía con la naturaleza. Por ejemplo, comunidades ancestrales como el pueblo yanacona de Colombia, que desarrollan actividades agrícolas y pecuarias de baja intensidad, son primera línea de frente en el cuidado de la tierra, pero también en el cuidado hacia la propia comunidad. También es el caso de la Luz Myriam Restrepo, una de las protagonistas del documental que, antes de su desplazamiento forzado se dedicaba a la pesca artesanal en el río Magdalena. En 2009 se puso en marcha la lucha contra la construcción de una presa hidroeléctrica en este río, uno de los más importantes de Colombia. El proyecto transnacional es de la empresa italiana ENEL y de la española Endesa, bajo las siglas Emgesa. Restrepo es vicepresidenta de la Asociación de Afectados por el Proyecto Hidroeléctrico del Quimbo (ASOQUIMBO), integrada por cientos de habitantes del departamento del Huila. Sólo con la construcción de la presa se provocó el desplazamiento forzado de 28.000 personas que habitaban en la zona y que vivían en relación directa con el río Magdalena.

Desde esta plataforma autogestionada y asamblearia, Restrepo y el resto de miembros trabajan como defensores medioambientales y sociales. Reclaman recuperar su río, su modus vivendi, pero especialmente reclaman que se proteja el territorio del impacto de megaproyectos como el de la presa hidroeléctrica del Quimbo. La zona, de hecho, es doblemente afectada, porque a pocos kilómetros hay una segunda toma, la de Betania. Todas las tierras inundadas eran agrícolas, muy fértiles; con los pantanos artificiales que se han construido, se ha alterado absolutamente el ecosistema de la fauna y de la flora. También se han destruido varias comunidades, ya que algunos pueblos de la zona fueron inundados, perdiéndose la memoria histórica de aquel lugar y los vínculos relacionales. La migración forzada ha roto comunidades y ha separado familias.

En particular, la vida de la Luz Myriam Restrepo ha quedado totalmente afectada. Al perder su medio de vida, se vio forzada a migrar de la zona rural en la que vivía hasta la capital del departamento, Neiva. Allí hace de trabajadora del hogar, en condiciones precarias y dificultosas. Lo más complicado para ella, explica, es poder cuidar a sus dos hijas. Cuando vivían en la orilla del río Magdalena, aunque sus hijas debían desplazarse al pueblo más cercano, Hobo, para ir a la escuela cada día, Luz Myriam tenía la flexibilidad de decidir su horario de trabajo. Así pues, podían compartir más tiempo juntas. Actualmente, se ve obligada a trabajar de las seis de la mañana a las siete de la tarde. Para ella, se le ha robado su derecho a poder cuidar su familia, pero también poder cuidar su tierra, su río.

El Salvador encontramos testimonios similares. En el capítulo cuatro del webdoc de Cuidar entre tierras Sara García del colectivo feminista Kaqow, explica que las mujeres que protegen la tierra, están protegiendo las comunidades. “Nosotros somos mujeres violentadas, criminalizadas y desacreditadas. Esto hace que las mujeres lideresas no podamos caminar tranquilas, por todo lo que implica luchar por nuestros derechos “, señala Sara García. Denuncia que en El Salvador se priorizan los bienes financieros por delante del bienestar de la población: “Nos han vendido la idea de que habrá ‘desenvolupament’. Al final la gente no entiende que el ‘desenvolupament’ es para las empresas. Se da un expolio de los bienes naturales, una expropiación de las tierras … Y se genera una división de las comunidades y de los liderazgos “, además de la persecución y criminalización de las personas que defienden el derecho humano a los bienes naturales. Como el agua. “Estas tierras habían sido históricamente cafetales, fincas, bosques centenarios … era una zona de recarga hídrica, gracias a la masa boscosa. Después del reordenamiento, empresas e industrias se instalaron, acaparando el agua “, que se ha convertido escasa y preciada en El Salvador, relata García. Así, conjuntamente con su colectivo de mujeres, García está defendiendo la vida a través de proteger algunos de los bienes comunes que se han preservado. Tales como una cuenca hídrica de abastecimiento comunitario, a una finca que bebe del río Chacalapa. Las integrantes de Kawoq son parte de los miles de mujeres salvadoreñas que defienden la lluvia, el agua, la vida.

¿Cuál es el vínculo que une la lucha por los derechos laborales de las trabajadoras del hogar con la defensa de los ríos y de los bienes comunes naturales?

Estamos hablando de dos luchas que, en lo que hemos podido ver en la investigación del documental, están lideradas por mujeres. Y lo están porque son mujeres las personas que se ven directamente vinculadas con los dos temas. Por un lado, la lucha de las trabajadoras del hogar, está liderada por las mujeres en tanto que casi todas las tareas del hogar remuneradas están desarrolladas por mujeres. Sea el Norte global, como en los países de origen de muchas mujeres que vienen a trabajar en estas tareas.
Por la otra parte, la defensa del territorio en Latinoamérica está muy ligada a la mujer para que a efectos prácticos necesita los recursos naturales para desarrollar las tareas del día a día del hogar. Por ejemplo, el agua es un bien necesario para sostener la vida en una casa. Desde nutrir a todas las personas y animales que viven, hasta lavar los platos o cocinar. Así lo explica Sara García, una de las mujeres miembros del colectivo Kawoq, una organización salvadoreña de base, feminista y no-mixta, conformada por mujeres campesinas y defensoras del territorio. Es decir, las mujeres son el vínculo entre estas dos luchas, ya que son las principales afectadas y al mismo tiempo las que lideran los movimientos sociales.

Una vez en Cataluña, ¿quien cuida de las cuidadoras? ¿Y de los familiares que conviven con ellas mientras están trabajando en los cuidados a otros hogares?

Justamente, Sindihogar/Sindihogar ha utilizado este concepto, de cuidar a las que cuidan, a la pancarta de los dos 8M pasados. Reivindicaban su derecho a ser cuidadas, teniendo en cuenta que la mayor parte de su día cuidan a otras personas. Aparte, muchas veces, estas redes de lucha, acaban convirtiéndose también redes de apoyo y cuidados. A Sindihogar, además, utilizan el término de ‘mimopolítica’, en el que evidencian que cuidarse también es una forma de hacer política y una parte de la lucha.
Respecto quien cuida de los familiares mientras ellas trabajan, hemos visto que casi siempre estas tareas de cuidados acaban realizando por otras mujeres de su entorno próximo. La situación es más complicada cuando estas trabajadoras han migrado lejos de su casa o están trabajando en régimen de interna, donde la responsabilidad principal la asumen otras mujeres, normalmente familiares.
También es importante decir que quizás no cuidan directamente a las personas que tenían a cargo pero sí lo hacen de una manera indirecta y igual de necesaria. La María Osorio, una de las protagonistas del documental, valora su deseo de volver a Bogotá a cuidar a su padre, pero a la vez es consciente de que en España puede ganar más dinero para aportar a la familia. Se trata de una manera de cuidar desde la distancia, donde no se aporta un capital humano pero sí monetario.

Fotografía: Montse Giralt